Silencio y oración (I)

Conferencia del Padre Diego de Jesús en la Basílica de Santo Domingo (Córdoba), 5 de Octubre de 2017

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Una exposición sobre el silencio parece una contradicción en términos. O al menos un desafío que arriesga abrumar con verborragia apabullante un asunto tan intenso como delicado, tan vasto como sutil.

Preguntarse si es silenciosa la palabra silencio puede parecer un alambicado juego.

Sería un tanto provocativo decir que la voz “silencio” es un tanto ruidosa. Pero es inevitable decir de entrada que es un asunto “voluminoso” y esto, en parte, por su amplia analogía, por su inmensa polisemia.

Todo ese ramillete de polivalencias del silencio se conjuga maravillosamente con otro colectivo abundante, como lo es la oración.

Lo promisorio (y es la magia que intentaremos ofrecer esta noche) es que silencio y oración, a su vez, son realidades convertibles entre sí… con lo cual, toda la potencia del silencio entra en sinergia con toda la potencia de la oración, en una explosión sinfónica de armónicos, maravillosa.

Arranquemos diciendo que si bien la palabra es característica de nuestra condición humana (el famoso homo loquens), tal vez más aún quepa decir que el hombre es el único animal capaz de silencio. Para demostrar esto, claro está, habrá que superar el concepto un tanto primitivo (y ramplón) del silencio como mera ausencia de voces o sonidos (también un zorro o un pez saben callar). Y en cambio dar con la positividad del silencio. Sólo un silencio positivo permite pensar su acto, posibilita que el “hacer silencio” (como se nos pedía en el colegio) sea una acción y no una mera omisión. Se nos irá la noche tratando de poner en relieve esta positividad del silencio, como uno de los rasgos más entrañables y propios del Hombre Orante.

No obstante, habrá que tener mucho cuidado para que esta acción (hacer silencio) sea genuina, auténtica y no una fabricación forzada… Digamos muy de entrada que “hacer silencio” en verdad más que un hacer es un “dejar ser”, y no un construir. Un destrabar, un habilitar lo que ya existe…

Por eso: el silencio que promovemos ni es el mero callar ni es un montaje ficticio y forzado.

Si el obrar sigue al ser, obrar silencio (más que hacerlo) sólo será factible si procede de las raíces del ser, de un orden ontológico silente.

Y hacia esas honduras raigales trataremos de bucear…

El silencio no se fabrica; se des-vela y habilita. Existe antes de la creación del mundo (pues es la atmósfera misma de la Vida de Dios) y subyace en nuestras honduras, por debajo de todo el lodo de nuestros ruidos materiales, psíquicos y espirituales. Y en este sentido sí cabe consignar una tarea negativa si se quiere, de remoción: hay que quitar ruido, más que poner silencio… Pues, como un bello cuadro tapado de hollín, el silencio primordial está (y acontece) por debajo del oscuro ruido, “está en todo”.

Alcanza con ver cómo crece un bosque en silencio, cómo viajan las estrellas en silencio, cómo germina la semilla bajo tierra en silencio, cómo danzan las ingrávidas motas de polvo atravesadas de sol, en silencio, cómo fluye la espesa sangre por las venas sin ruidos, cómo caen silentes las hojas otoñales… está en todo, diría Rilke. Tan completo es este Todo, que incluso, dicho del derecho, está en Dios. Porque Dios es silencio, hay silencio en todo lo salido de su Silencio.

Por eso, abordar el silencio implica cubrir un arco que va desde el silencio receptivo del hombre hasta el silencio divinizante de Dios. Y por la convertibilidad con la oración, notar cómo rezuma plegaria cada faceta de este majestuoso diamante.

Ese arco es el que queremos recorrer a vuelo de pájaro en esta noche.

La positividad del Silencio significa que el silencio es. No es mera ausencia de ruidos o palabras. Es una realidad sustantiva. El silencio es algo real que se da entre dos palabras. Al modo como un espacio se da entre dos muros. Imaginemos una inmensa catedral, contenida, flanqueada por inmensos muros: ellos son el límite del templo, que existe justamente de esos límites hacia dentro. Sería insólito a ese inmenso espacio llamarlo simplemente “ausencia de muros”. Es la positividad del espacio franco y libre, que existe, que está y se da entre dos palabras. A eso hemos de llamar “basílica del silencio”, como lo hace el cardenal Sarah.

Volvamos a decir que “silencio” alude a un abanico amplio de significaciones. O mejor dicho: el silencio está compuesto de diversos elementos. Si uno analiza una muestra de silencio, descubre diferentes capas, como podría notarse en una calicata de suelo.

La idea para esta noche es analizar como geólogos este suelo silente en sus variados estratos, y notar allí la fecundidad que cada composición geológica aporta en nutrientes para la germinación y crecimiento de la plegaria.

Propongo (por razón de tiempo) acotarnos a diez muestras o capas del silencio (diez positividades del silencio) y constatar, en cada uno, su riqueza oracional.

1. El silencio como escucha

Cuando Salomón le ruega a Dios por un solo don, no duda en cuál pedir: «dame, Señor, un corazón que escuche» (1Re 3,5-15). Al ser uno solo, está claro que se trata de pedir lo más sublime, el don más grande, el que haga posible todos los demás. Y él pide la gracia del silencio atento, del silencio oyente: la gracia de prestar atención.

Se trata de la receptividad como acto. Del “hacer” silencio como un modo de hacer espacio interior, de cavarse como recipiente.

Este silencio es lo contrario a la palabra, pero no como opuesto sino como su reverso y su soporte, o su envase. Tiene exactamente la misma forma de la palabra: y por eso puede alojarla.

El salmo 80 va a decir: «oigo una Voz misteriosa, desconocida, que dice: “abre tu Boca y la llenaré con mi Palabra”». Esa acción de apertura (que se recibe como consigna misteriosa, como moción interior), se llama silencio. Una Voz misteriosa que me susurra: ábrete, ábrete… Nunca más claro que no se trata de un mutismo, no es un cerrar la boca, sino todo lo contrario: ¡abrirla!, en ese gesto tan propio del asombro y de la nutrición.

No es un aperturismo vacuo, como el que se promueve en estos tiempos macilentos, donde el open-mind (como ya denunciaba Chesterton hace añares) no procura ampliar un espacio habitable sino que se dedica a desmontar techos, precarizando la vivienda. Creer que el que vive a la intemperie tiene una casa inmensa, es un poco estúpido o cínico… Por eso, la Voz misteriosa del salmo dice otra cosa: abre tu boca y ampliaré tu tienda interior con mi Presencia y mi Palabra.

El silencio dilata el corazón. El silencio es el acto más exquisito de hospitalidad, de abrigo y refugio de lo ajeno. Y tiene un nombre propio en su positividad que es atención.

Tal vez como pocos otros, fue Simone Weil quien percibió en el acto atencional la acción más enérgica y esforzada que pudiera realizar un ser humano. Es más: ella llamará a la atención “milagro”, pues excede las fuerzas humanas.

Esto aplica tanto al orden natural, como luego, al sobrenatural. Y es importante que sea en ese orden, con ese “luego”. La gracia supone la natura, y así, la contemplación mística supone la contemplación natural. La atención al logos que hay en todas las cosas precede en orden a la atención al divino Logos hecho Carne y Evangelio.

Inclina tu oído” dirán los salmos con frecuencia. Es el mandato de escuchar expresado magníficamente de un modo plástico en esta inclinación… que lo grafica tan bien.

La imagen nos permite entender mejor el arte de escuchar como una inclinación del sujeto entero sobre un objeto. Esa inclinación rompe el eje del sujeto muy plantado en sí. Lo saca de sí. Lo corre de su eje. Sólo quien se niega, quien se posterga, puede escuchar. Sólo quien se niega, quien se olvida de sí, puede acallar el ruidoso yo, que impide la atención al otro. La atención es una salida de sí, sin perder estribo en sí… al modo como quien balconea la exterioridad pero sin salir de su vivienda.

Así, la nepsis, la vida atenta (como la llamaban los antiguos), es uno de los orígenes más profundos de la raza de monjes, y uno de los primeros nombres con que se nos nombró: los atentos. Los guardianes atentos.

Es hermoso preguntarle a los niños, qué creen que se les pide “hacer” cuando la maestra les pide y ordena que “hagan” silencio. Y uno les aclara y subraya: no me digan qué NO hacer, sino qué sí hacer….¿cuál es la consigna positiva de hacer silencio? A los postres siempre hay algún niño despierto que termina diciendo: hacer silencio es escuchar, es atender.

Es ésta, sin duda, la primera positividad del silencio.

En un mundo sobre-informado, en una cultura que nos apabulla con datos, decrece la atención. Prestando o pagando o haciendo (según el uso de las diversas lenguas), el acto de atender siempre es una erogación, un gasto. Y si aumenta la demanda, inevitablemente se complica nuestra oferta atencional. Hay déficit atencional porque hay exceso de demanda atencional. Hay déficit atencional porque hay demasiado ruido.

La cuenta es fácil: ¿por qué un apotegma de los Padres del desierto se clava en el corazón como un dardo de fuego? Porque es “un monosílabo de dos renglones”. En cambio, ¿por qué nadie lee las 300 páginas de un documento eclesial actual? Por lo que demanda en atención…

Urge, al menos, una economía de la atención; un racionamiento de la escucha, una administración de mi silencio atencional. Todos y todo quieren “llamar la atención”. Nuestra libertad se ve seriamente dañada y comprometida si nosotros perdemos señorío y nos mostramos sumisos a todo “llamado” de atención (una noticia del diario, de la tele o la radio; una foto de Facebook, un link que me pasan por whatspapp).

Ante esta abrumadora catarata, urge poner un límite, un freno, un “muro y antemuro” como dice el Profeta, para detener el tráfico, llevarlo a cero, y desde esa plaza seca discernir mis préstamos de atención.

Valga de paso anotar cómo una persona hidalga, gallarda, portadora de ese señorío propio del caballero, es una persona “atenta”… bajo otra acepción, pero no tan otra. Es una persona atenta, porque es hospitalaria, acogedora, magnánima, delicada. Sólo desde un silencio que ha cortado en seco la avalancha indiscriminada de llamados de atención, uno puede responder atento a lo que merece atención, a lo que vale la pena, a lo importante.

Al señorío con que desatender lo superfluo, sigue la gallarda cortesía del hombre atento. Que atiende, con todo su ser, a lo que ha elegido atender.

Trata esta charla sobre nuestra atención y no sobre la de Dios… pero es inevitable aludir a ella, no sólo porque ésta fuera modelo para la nuestra, sino porque ella es el objeto de la nuestra: atender a un Dios atento; silenciarlo todo para atender a un Dios que lo silencia todo para atenderme a mí. Atiende que te atiende, valdría retraducir el videntem videre de Agustín.

No hay cumbre contemplativa más alta que esta silente certeza de estar ante un Dios atento.

Volvamos a Simone Weil:

«Las más de las veces se confunde la atención con una especie de esfuerzo muscular. Se les dice a los alumnos: “Ahora, debéis prestar atención” y uno los ve fruncir el ceño, contener la respiración, contraer los músculos. Si dos minutos después se les pregunta a qué estaban prestando atención, no sabrían decirlo. No han prestado atención a nada. No han prestado atención».

«La oración está hecha de atención. Consiste en la orientación del alma hacia Dios con toda la atención de que se es capaz. La calidad de la atención dice mucho de la calidad de la oración».

Quien conozca sus escritos sabe que esto está muy lejos de referirse a una suerte de racionalismo oracional. No refiere a la “concentración mental”. Es mucho más abarcativo. Es la aplicación de todo el ser sobre un solo punto. Es lo que santa Teresa llamaba “recogimiento” justamente como esto mismo: el agrupamiento de todas las potencias sobre un mismo foco. San Juan de la Cruz lo llamará “atención amorosa” anudando lo cognitivo y lo afectivo en un solo acto interior.

En definitiva, el primer Israel recibió casi como norma rectora el famoso Shemmá del Deuteronomio: escucha Israel. Y se ordenó repetirlo tres veces al día, para jamás olvidarse de cuál fuera la consigna esencial, la clave de todo. Evidentemente, lo que nos atañe, lo nuestro, lo único nuestro, es escuchar… the rest is not our business, diría Eliot (frase sobre la que volveremos).

Entender la oración, ante todo y eminentemente, como el arte de escuchar a Dios (más que hablarle a Dios), es un cambio de paradigma oracional tremendo. Casi un giro copernicano… Y ojo: escuchar a Dios no como presupuesto para rezar luego a partir de lo escuchado, sino como acto oracional en sí.

Orar es vincularse a Dios: y el vínculo se da tanto si el emisor es él y yo el receptor o al revés. Al escucharlo ¡ya estoy rezando!

«Elige, pues, una de dos: callar tú para que hable Dios o hablar tú para que Él calle (dice el inmenso fraile dominico, el beato Juan Taulero). Debes hacer silencio. Entonces será pronunciada la Palabra que tú podrás entender y nacerá Dios en el alma.

En cambio, ten por cierto que, si tú insistes en hablar, nunca oirás su voz.

Lograr nuestro silencio, aguardando la escucha del Verbo, es el mejor servicio que le podemos prestar. Si sales de ti completamente, Dios se te dará en plenitud, porque en la medida en que tú sales, Él entra. Ni más ni menos”.

Terminemos esta primera acepción del silencio positivo, como escucha, con la famosa sentencia de Juan de la Cruz: Una Palabra habló el Padre y es su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio y en silencio ha de ser escuchada.

Diego de Jesús. Silencio y Oración. 

Parte II

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