Será de aurora

Mientras tanto, llegó el Esposo.

No podría ser ni más tremenda ni más fascinante la expresión y lo expresado. Incluso ese aire casual que le agrega el Señor, que lo dice con un tono neutro como si avisara que entonces salió el sol o que empezó a llover… incluso ese modo tan opaco de decir las cosas más sublimes, conmociona, descoloca, derriba.

Mientras tanto, llegó el Esposo.

No dice “después”, sino mientras tanto.

¿Qué tanto hay en ese mientras tanto? Evidentemente poco, muy poco. Su regreso está próximo y cada noviembre la Iglesia se esmera en refrescarnos esta inminencia… que para Navidad ya es una noticia vieja y olvidada mientras nos disponemos a programar minuciosamente el año siguiente, en sus cuatro estaciones.

Mientras tanto, llegó el Esposo.

Por mientras, dicen en el campo. ¿Mientras qué? Mientras planificamos las vacaciones, mientras vemos madurar las uvas en el viñedo y creemos inexorable la llegada de abril y su vendimia. A lo más nos permitimos preguntarnos: ¿habrá mucha uva para abril? Pero jamás se nos cae de la boca un: ¿habrá abril?

Mientras tanto, llegó el Esposo.

Pocos tópicos han sido tan descuidados como el del Retorno de Cristo. No tanto por reformado —al modo de otros anaqueles de la Doctrina— sino sencillamente descuidado, ninguneado, como se abandona una casa o un terreno dejando que los yuyos lo cubran.

Nos atañe —casi con urgencia— reacondicionar las abandonadas ruinas de lo que en otros siglos de nuestra Fe fuera el nudo más lumbroso e imantante de cuanto cree y moviliza la vida de un creyente: Cristo vuelve.

Un grito lo precede.

No una solicitada del diario, ni una bula papal ni un tratado teológico. No, no: un grito. ¿Quién grita? El vigía nocturno, desde su mangrullo. Es curiosa la situación, pues el custodio de la ciudadela suele cuidar el fortín y avisa de la llegada del enemigo. Y aquí es al revés: la casa está tomada, sometida, y el vigía, a voz en cuello, avisa que llega la liberación, que avanza desde el horizonte el rescatista, el Libertador. Es un grito de alerta y júbilo, de aviso y exultación.

Y me permito decir algo, que pueden creerme o no. Como dice san Pablo: esto corre por cuenta mía. Y es que podremos ignorar el día y la hora. La hora exacta, digamos. Pero a mí me embarga una certeza que ningún exégeta podrá desinstalarme. Y es que el Señor, mi Señor, volverá al amanecer. Podrán coincidir o no; no pido nada de eso. Sólo aviso que es imposible que me bajen de esa certeza.

Será de aurora; cómo dudarlo. Cabalgando sobre nubes de fuego Te veremos llegar, Señor. Y ahí quedará el pincel goteando (como la púa de un tocadisco levantada a mitad de la canción), con el ícono sin terminar, con la salmodia sin concluir, con la Lectio a medio andar, con el mate cargado, con la jornada programada intacta, por delante…. Un delante que no existirá.

Pues por mientras se hinchaba la yerba, llegó el Señor.

Cárgame tras de Ti, aunque me pilles con las manos tan vacías. Vacías de méritos (¡ya lo creo!), mas ciertamente no vacías del lacerante deseo de que pase este mundo y llegue tu Reino, Señor. Pasa por el alféizar de esta torre a vuelo rasante que a tu divino plumaje me aferraré para remontar vuelo contigo. No te tardes… que la ciudad sitiada no aguanta más.

Vivimos y oramos así, de cara a la Manifestación inminente, en par de los levantes de la Aurora. Es el centelleo que brama sobre el horizonte oriental. Desde nuestro Patmos interior, a ventanal abierto o grieta de ergástula, hay que instalarse con gusto y gracia en ese alféizar y umbral desde el cual otear el inminente Retorno. Casi espejando la Parábola del Hijo Pródigo…

Y me fue dado el umbral
sin más consigna que dejarlo ser en mí.
Como hontanar del abismo interior,
donde hambrear la Luz.

Oh Aurora del Mundo futuro:
fulgor y aureola de cuanto ocurre,
Tu sombra y penumbra
son el clemente respeto a mi ceguera;
Tus atados vientos,
la calma soberana que antecede a los Hechos;
Tu rojo y naranja,
la sacra impaciencia de un Dios amaneciendo.
Desde el sereno umbral percibí la inminencia,
toda la inminencia.
Sombras y rumores de cítara y trompeta,
copas y caballos,
sellos y perfumes;
estrépito de carros;
incensarios en danza
rumor de llaves…
y el inquieto aleteo de presurosos ángeles.

Y con el suave clarear y el sedoso levante de la bruma,
sin hablar, sin que se escuche Tu Voz,
como lento León de pesado y mudo andar
emerge tu cristalina figura, en blanco, dorado y fuego,
grácil y humilde como Pan de Cordero
grave y firme, como Rey y Señor.
Y viéndote a los ojos avanzar sobre mí,
lo entendí:
que la dicha del umbral no está en mirar,
sino en ser visto por Ti.

Diego de Jesús
Domingo XXXII del Tiempo durante el año – Ciclo A

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