Silencio y oración (II)

Conferencia del Padre Diego de Jesús en la Basílica de Santo Domingo (Córdoba), 5 de Octubre de 2017

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Escuchar el silencio… nos lleva al segundo sentido: el silencio como lenguaje, y lenguaje de Dios.

2. El silencio como lenguaje

Hablar “en” silencio (como dice el aforismo citado) puede entenderse en más de un sentido. Concédasenos la libertad para entender que, de algún modo, ese “en” de hablar en silencio, también alude a un idioma, como se dice: hablar en inglés o en mandarín.

Si bien el Silencio divino, como apropiación, parece más acorde al Padre que al Hijo (según una famosa expresión de san Ignacio de Antioquía), no pocas veces en los Padres y los Místicos, figura como propia del Hijo. Éste no sólo es Palabra del Padre, sino también Silencio ante el Padre, pues es su eterno Oyente. También al Espíritu de Ambos le cabe el nombre de Silencio: Él es Quien sondea los silencios abisales del interior divino.

Como fuere, el Silencio es no sólo el clima, sino el idioma intradivino, el idioma trinitario. Y por eso (sólo por eso) el silencio es el dialecto de nuestra aldea interior, la lengua de nuestra patria espiritual, el idioma más entrañable y originario de nuestro propio ser. El sello de marca de nuestra procedencia.

Lo más lógico es imaginar que, ante el silencio como receptiva escucha, con su figura cóncava, lo que le convenga en maridaje sea la filosa Palabra, como la irrupción de un Dios convexo, que avanza y aborda… No obstante, los Padres y los Místicos, prefieren antes proponernos el Silencio de Dios, abismo ante Abismo, lo cóncavo ante lo cóncavo, como un huevo de Pascua, como la catedral de Rodin… donde sí, finalmente, en esa cavidad infinita, resuene, con una acústica estremecedora, la Voz de Dios.

Por eso, antes de atender a su Palabra, cabe atender a su majestuoso Silencio. Percibirlo. Gustarlo. Paladearlo. No es agresivo; no es indiferente… es un silencio amoroso. «Prestar atención a su silencio» dice san Ignacio en la Carta a los Efesios. Y hablará del asombro que generan no sólo las Palabras de Jesús, sino sus conmovedores silencios, que tienen su propia elocuencia. Y su hermosura. Del Señor cabe decir: nunca más bello que cuando calla. El Verbo silente es sublime dicción, es elocuente. Hay gramática en su callar, como hay idioma en su belleza.

Cuando Dionisio habla de los ángeles como “Mensajeros del silencio divino” está diciendo algo curioso: que ellos transmiten, anuncian, declaman este mensaje divino, escrito en el idioma del silencio.

Como en aquel pasaje de la Pasión donde Cristo, callando convence. Callando, pareciera arrasar con la argumentación más elocuente y convincente; callando, deja atónito a Pilato, como admirado de lo que este Hombre le ha dicho en silencio.

Ya hablamos de la atención como gallardía. Valdrá retomarlo aquí, pues el silencio es también (en feliz expresión del Cardenal Sarah) una elegancia del alma. Y como lenguaje, es un dictum colmado de finura. Decir con el silencio, decir algo en el idioma del silencio, es decirlo con exquisitez, con hidalguía, con delicadeza.

Vale para los hombres y cuánto más para Dios. Para tratar con Dios ofreciéndole mi silencio, mi mirada silente, como para atender a Dios y recibir el Suyo, su silencio.

Cuando Dios nos habla en su Silencio nos dice no sólo mucho más sino incluso mucho mejor que cuando lo hace con palabras. Su silencio no es una disminución de su hablar sino un habla alternativo, donde los contenidos de lo dicho nos llegan envueltos en esta sedosa gramática. Su silencio como idioma no es indiferentismo, distancia, desentendimiento… sino todo lo contrario: es un exceso, un modo extremoso de darse y comunicarse en la lengua más sublime. A los pies de un Sagrario, o de una Biblia cerrada, o vueltos sobre ese centro interior donde Él nos habita, “sin palabras, sin que se escuche su Voz” Él nos dice “te amo”, “te perdono”, “te comprendo”, “mira que te miro”, “yo he orado por ti”. O en este mismo idioma silente, nos puede interpelar diciendo: ¿por qué me pegas? o ¿qué te hice, en qué te ofendí? o ¿por qué tomas a mal que yo sea bueno?

No es que lo dijo con palabras y ahora lo recuerdo en silencio; es más que eso: la positividad de su elocuente silencio le otorga dicción a esas letras puras y traslúcidas, con las que lo vuelve a decir con una connotación de inmensidad que el astringido decir conceptual no podría igualar. Su vocabulario puede ser una simple pulsión del alma, el grácil centellear de la lámpara del Santísimo, la sonrisa de un bebe, la bruma de aurora o la minuciosa lluvia. Este idioma revienta el corset conceptual y estalla en un decir sin límites…

Los niños conocen perfecto ese idioma, incluso antes que la lengua materna, que es, como decía Claudel, nuestra segunda lengua (pues la primera es la de Dios). Julien Green, hablando de estas cosas, dirá que «los niños son como un pueblo numeroso que ha recibido un secreto incomunicable que se va olvidando poco a poco…» por la acción del invasor.

El silencio de Cristo, insistamos, es la plenitud de su elocuencia, el más melodioso de sus discursos. Santa Teresita entiende que se trata de un lenguaje tal vez no apto para todos y reservado para los más fuertes. Le escribirá a Celina, su hermana: «Jesús cautivaba a las almas débiles con sus divinas palabras y trataba de hacerlas fuertes para el día de la prueba… ¡Pero qué pequeño fue el número de los amigos de Nuestro Señor cuando Él SE CALLABA delante de sus jueces…! ¡Y qué melodía es para mi corazón ese silencio de Jesús…!».

Por eso, atender al silencio de Dios no ha de ser una suerte de vigilancia porque en cualquier momento habla, una inminencia de revelación que aún no se produce… sino que atender al silencio de Dios es atender a que ese silencio ya nos está hablando, ya es lenguaje, ya es epifanía. Y en silencio ha de ser oída y recibida por el alma.

Es lícito que el hombre se queje ante el silencio de Dios… pero ha de ser honesto para decir que de lo que se queja es de ignorar su lenguaje, de ser analfabeto de esas letras.

Segunda acepción, entonces, del silencio orante: el silencio como lenguaje de Dios.

Diego de Jesús, Silencio y Oración.

Parte III

 

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