Silencio y oración (III)

Conferencia del Padre Diego de Jesús en la Basílica de Santo Domingo (Córdoba), 5 de Octubre de 2017

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3. El silencio como penumbra

Si valiera la sinestesia: hay silencio en la noche. La noche, en su penumbra, en el aplacamiento de los ruidosos colores, cubiertos todos por la sedosa veladura de la sombra, es una forma sublime del silenciamiento.

El Libro de la Sabiduría (en su Cap. 18) hablará de que «cuando un sereno silencio lo envolvía todo y la noche estaba a mitad de su recorrido, la Palabra se lanzó del Cielo».

Noten la hermosura de la imagen, casi como una materialización del silencio, como de sedosos visillos que recubren, aplacan, sosiegan la estridencia…

Dirá el Maestro Eckhart (otro inmenso fraile dominico) que sólo en el silencio de Medianoche puede Dios Padre pronunciar su Palabra, puede nacer Dios en el alma.

Con esto apuntamos a decir que el ruido nos llega no sólo por lo sonoro sino por lo visual, por el ruido de la imagen.

La hospitalidad para con el Misterio tiene que ver con esto. Pues la estridencia lumínica es una ruidosa agresión hacia el inerme Misterio que como un albino, precisa de la penumbra para relacionarse, para ser acogido. Así como la oscuridad es hospitalaria con la luz, así el silencio absorbe la palabra.

Y aquí, silencio como penumbra, alude no sólo a un asunto óptico-físico, sino interior: la penumbra de la inteligencia, poner en penumbra la memoria, la imaginación, las pasiones todas… hasta velar al yo, es una clave fundamental del arte oracional. Penumbra, ojo, que no significa noche cerrada, sino esa media luz propia del alba o del ocaso, en que se insinúan cosas, que ni el día ni la noche sabrían expresar. La penumbra es el ethos, el ámbito del Misterio, es el humus en que germina y sólo accede a él quien se reconcilie con la sombra.

Dionisio, al inicio de su Mística Teología, habla del silencio como una suerte de velo que manifiesta y oculta a la vez los Misterios divinos. El silencio es, para él, la trabazón misma de todas las paradojas cognitivas con que el Hombre se acerca a lo divino. Lo dice así:

Trinidad supraesencial,
Sumo Dios, Suprema Bondad,
guardián de la sabiduría divina de los cristianos,
condúcenos a la más desconocida, a la más luminosa,
a la más alta cumbre de las Escrituras místicas;
allí están ocultos,
bajo la tiniebla luminosísima del silencio
que revela los secretos,
los simples, absolutos e inmutables
misterios de la teología.

Será Juan de la Cruz quien retome este asunto, identificando sin más “noche” con “silencio”. Hablará de la «sabiduría escondida y secreta de Dios, en la cual, sin ruido de palabras, como en silencio y quietud de la noche, a oscuras de todo lo sensitivo y natural, enseña Dios ocultísimas y secretísimas verdades al alma, sin ella saber cómo; lo cual algunos espirituales llaman entender no entendiendo». Pues este “entender-no-entendiendo” responde a un “decir-no-diciendo” de parte de Dios. Y no es otra cosa lo que aquí denominamos el lenguaje nocturno de su Silencio.

El salmista habla de un Mensaje que «la noche a la noche se lo susurra, sin palabras». Ese susurro, ese silbo suave, precisa del clímax preciso de la penumbra oracional: rezar a la lumbre delicada de una vela, de una lámpara de aceite, pero sobre todo, con el alma en penumbras, augura dar con el Dios escondido que se manifiesta en lo Secreto.

Ponerse en penumbras, en definitiva, para dar con el Dios que habita las penumbras.

Urge en estos tiempos eclesiales esta vindicación de la penumbra, este elogio de la sombra, mientras racionalismos y sentimentalismos (que son dos caras del mismo ruidoso iluminismo) intentan destrozar a esta delicada rosa que sólo florece a media sombra.

Cuánto bien haría una Iglesia en penumbras, una Iglesia reconciliada con la penumbra; hastiada, saturada, de iodines estridentes y carteles apabullantes, guiones redundantes y globos de colores, de las mil explicaciones y las diez mil interpretaciones de sus explicaciones. Sueño con una Iglesia penumbrosa para los penumbrosos. Que no pretendiera tener opinión para todo, juicio sobre todo, argumentación para todo… y se reencontrara con el silencio, que es una forma de pobreza. Una Iglesia que en su kénosis, abrazara convencida la debilidad del silencio.

Una Iglesia silenciosa para los silenciosos, donde se susurre el frágil Misterio y se lo aloje entre velos.

Paradójicamente, una Iglesia de la silenciosa penumbra, con su candor y pureza, reconquistaría el mundo…

Bien. Ese es el silencio como penumbra.

Parte IV

Foto: Eduardo Longoni, Luz y misterio. El secreto de los monjes.

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