El orgullo

Mafalda - Humanidad

El orgullo es la admiración desmesurada por uno mismo. El último estadío del orgullo es darse sus propias leyes, ser su propio juez, su propia moral, su propio bien. El Espíritu Malvado primero prometió a Eva: “Seréis como dioses”. El hombre se hace a sí mismo dios por la exaltación de su propia voluntad contra la voluntad de Dios. De esta rebelión surge el desprecio por los derechos del otro, el excesivo amor por el progreso personal, el deseo de destacarse, y la intolerancia de las opiniones que difieren a las nuestras.

En el mundo moderno, el orgullo se disfraza bajo los nombres más bonitos de éxito y popularidad. Los psicoanalistas charlatanes nos animan a “confiar en nosotros” en vez de confiar en Dios. Se alienta la falsa confianza en la personalidad, aunque la verdadera dicha reside en decir a Dios: “Tú solo eres el Camino, la Verdad y la Vida”. El deseo del hombre moderno de servir las mejores bebidas, la ambición de su esposa de ser la mejor vestida, la esperanza del estudiante de segundo año de ser el más estudiadamente desaliñado, son todos síntomas de una vanidad egocéntrica que hace temer a sus dueños pasar inadvertidos. La crítica, la difamación, la calumnia, las palabras como dardos, el asesinato del carácter son actos del intento egoísta de elevar el ego sobre el cadáver de la reputación del otro. Cada disminución del ego del otro se transforma en elevación del propio. Cuanto más importante se siente el ególatra, más se irrita al no ser ensalzado. Los que lo adulan son llamados sabios, y los que lo critican son condenados como tontos.

(…)

El orgullo tiene siete frutos maléficos: el alarde, o la autoglorificación a través de las propias palabras; el amor a la publicidad, que es engreimiento por lo que otras personas dicen de uno; la hipocresía, que es la pretensión de ser lo que no se es; la testadurez, que es el rechazo a creer que la opinión de otro es mejor que la propia; el desacuerdo, o el rechazo a abandonar la voluntad propia; la pelea, toda vez que otros desafían los deseos del ego; y la desobediencia, o el rechazo a someter el propio ego a una ley superior.

Fulton J. Sheen, Eleva tu corazón.

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