Silencio y oración (IV)

Conferencia del Padre Diego de Jesús en la Basílica de Santo Domingo (Córdoba), 5 de Octubre de 2017

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4. El silencio como amplitud

En el Diario de un cura rural Bernanós alude a lo espacioso del ambiente interno cuando allí reina el silencio. Éste ensancha la vivienda interior. Al punto que la torna acogedora, exquisitamente hospitalaria del otro, de muchedumbre de otros. «Imagino el silencio de ciertas almas como inmensos lugares de asilo», dirá el novelista francés.

Hay grandeza en el silencio; hay amplitud en el silencioso.

Por eso «la caridad nace del silencio», como dice Sarah.

Pues el silencio es la retirada del yo, la negación de sí, lo que habilita justamente toda receptividad, toda hospitalidad, como ya dijimos al notar la “inclinación” del oído salido del eje del yo.

Si vivimos no sólo en un mundo ruidoso sino en una Iglesia ruidosa, esto se da por el asfixiante antropocentrismo con que el hombre de hoy (y el creyente de hoy) tiende a centrarse en sí. Y esa autoreferencia genera ruido, mete ruido y encoje el alma. No hay mayor enfermedad para la plegaria que el yo-me-mi-mismo.

Una Liturgia autoreferencial, circular como el ouroboros, padece inevitablemente la astringencia del ruido. El ruido siempre achica.

El silencio, en cambio, abre, mantiene abierto el Abismo divino, siempre en peligro de ahogarse en el derrumbe de las palabras, que lo limitan todo. El silencio hace de cuadrante de pozo, que lo mantiene amplio, abierto, hace de marco de ventana, con que otear la inmensidad de Dios.

El silencio dilata. De allí su vínculo con la esperanza. Pues dilata en el anhelo y deseo de lo que aún no llega. El silencio es, en tal caso, como la belleza, la inminencia de una revelación que aún no se produce… y que por eso mismo, ya se produce…

El silencio es lo abierto que hay dentro del habla misma. Así como un sólido madero, visto en microscopio, nos devela que no todo es sólido y macizo en él, sino que infinidad de subrealidades giran y danzan en torno a núcleos, así como nuestro cuerpo es más líquido que sólido… pues del mismo modo, dentro del habla hay más silencio del que imaginamos. Una página escrita entera, tiene más porcentaje de blanco que de negro… Lo mismo ocurre con nuestro hablar: está más hecho de silencio que de sonido. Y ve Dios que eso es bueno. El silencio es como la levadura en la masa, lo que le da pneuma y gracia al buen hablar…

Al rezar, por ejemplo, con la Palabra de Dios, en la Lectio divina, esta anchurosa inmensidad que se da por el adentro de cada dicción divina, es uno de los secretos y aventuras más fabulosas que se le otorguen al orante… caminar las espaciosas Escrituras por dentro, como los de Emaús. Caminarlas, pasearlas, en esa amplitud que le otorgan sus infinitos silencios interlineales, sus airosos interiores.

Por eso nos gusta tanto asociar la Lectio divina a esa imagen inventada por Lewis, en las Crónicas de Narnia, donde los adentros de un diminuto ropero hacen caer de bruces a los niños (sólo a los niños) en el país inmenso, inabordable, inconmensurable, en que acontecen cosas… Así nosotros, por las hendijas de un versículo bíblico, por los silencios inmensos de sus letras, accedemos al Narnia divino, al País ingrávido de Dios.

Las iluminaciones medievales de letras capitales son todo un símbolo y expresión patente de cuánto espacio hay en la Palabra…

Pero no sólo ante la Lectio divina… también a los pies de un Sagrario o de un ícono, o al comulgar en Misa: ese silencio que embarga el alma, no lo estorben, no lo apuren, no lo inquieten… es el amor sin palabras que dilata el corazón para hacerlo capaz de Dios. Como las pupilas crecen en la oscuridad…

Y también en la oración vocal, los silencios entre palabras, van ensanchando la plegaria: rezar, por ejemplo, un Padrenuestro, espaciando cada petición, le otorga garbo, hidalguía, gracilidad, inmensidad a mi oración…

Es el misterio (y la magia, por qué no) del poder amplificante del silencio. He ahí el silencio como amplitud.

Escucha, lenguaje, penumbra, amplitud: ya van 4 los modos de silencio.

Parte V

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