Mi único talento

el

Llevábamos ya un buen rato en silencio, sin más ruido que el roce de las túnicas y el crujir del ripio. La mañana estaba espléndida. Y el valle florido se derramaba delante de nosotros casi ostentando su hermosura. El amarillo rabioso de las retamas resaltaba entre las amapolas silvestres. Notable es que donde nadie ha sembrado pueda cosecharse semejante estallido de aromas y colores…

Andábamos los dos solos.

Siempre que recuerdo circunstancias en que quedábamos solos trato de hacer memoria del motivo por el que no estaban los demás. Y no lo hallo. Como si hubiéramos vivido siempre así y fuera eso lo más normal del mundo.

El silencio con el que caminábamos no era de los más gustosos. Muchas otras veces el andar silente era un derroche de mil palabras mudas que nimbaban la callada comunión.

No así hoy.

Es que habíamos tenido un pequeño “altercado” unos kilómetros más abajo, aunque no sea esa la palabra exacta para nombrar momentos de tensión que a veces se daban en el diálogo.

Ocurre que el Señor me increpó por ignorar no sé qué cosa. No recuerdo con precisión qué era, pero ciertamente no se trataba de un dato (jamás se molestaba porque uno ignorara datos) sino más bien porque no supiera leer tal o cual designio de Dios, tan elocuentemente manifiesto en coirones y estrellas, en collados tapizados en lino o en la lúdica alegría de un cordero a los saltos.

Se molestó. Pero serenamente.

Casi diría: afablemente.

Al menos, muy lejos de esos raptos de ira que le hemos conocido, donde podía patear mesas y ponerse violento. No, no. Aquí, con voz muy queda, me había recordado que no me era lícito pensar como hombre y que era mi deber pensar como Dios.

El punto es que no me gustó. Ni medio. Mala mía, lo sé. Pero bueno, convengamos en que ese tono calmo y afable con que reclamar imposibles, lejos de facilitar, tornaba más difícil todo.

Y me salió del alma la ironía: Ya sé que eres de los que pretenden cosechar donde no han sembrado y recaudar donde no han invertido.

Lo dije muy dispuesto a que abriera una discusión. Y estaba resuelto a eso, aun sabiendo que con Él siempre las perdía.

El caso es que tal disputa no se dio.

Apenas respondió un “así es” con el mismo tono sereno y afable. Y se sumió en el silencio.

De esto habían pasado ya tres cuartos de hora, y persistía el silencio, enrarecido por aquel minúsculo altercado.

Hasta que llegamos a una curva del angosto sendero donde un inmenso olmo con su frondosa copa acaparaba toda la escena. Y Tú dijiste: Paremos aquí un rato.

Estaba creciendo el calor del día. Te secaste el sudor de la frente con el dorso de tu mano, como hacías siempre. Nunca con las yemas de los dedos sino con el huesudo y venoso dorso. Y siempre: de izquierda a derecha.

Sea cual fuera el motivo, era un gesto muy tuyo. Y sintonizaba muy bien con la exuberancia de un cosmos que exuda gratuita sobreabundancia.

Suda tu Crisma el orbe, como sangra en resina el frutal.

Había alboroto en la luz. En esa hora en que la lumbre, inquieta, trepando en su carrera hacia el cenit parece hacer bullicio.

—Así es, volviste a decir, mientras te acomodabas en el suelo. Poco te importaba que pudiera costar la ilación con el diálogo interrumpido una hora antes. Sabías bien que lo entendería.

—¿Por qué? —dije, apoyado contra el rugoso olmo al igual que Tú.

No me contestaste. O tal vez lo fuera tu silencio. Que sabía más amigable que el del camino.

—¿Qué has hecho con los dones y gracias recibidas? ¿Qué hay de tus talentos?

El tono no sabía a interrogatorio; tenía la frescura y llaneza con que me podrías haber preguntado por el pan de la alforja o el puñado de sal que traíamos envuelto en un paño.

—Lo enterré —te dije muy suelto. Había un aire lúdico en todo el intercambio. Los intensos y cuantiosos años de convivencia, ya que no en mi conversión, al menos lucían en estos diálogos: sabía de memoria todas y cada una de tus parábolas, cuentos y relatos.

—Como un buen sembrador, lo enterré en un suelo negro y abierto para que no quedara al borde del camino ni entre piedras ni malezas…

—¿En qué campo? —me apuró.

—En el campo del tesoro del templo; como única moneda de cobre. Enterré de mi indigencia, todo cuanto tenía.

Como un padre conversando con un niño de seis años, parecía tu delicia estar allí, debajo del frondoso olmo, engarzando parábolas conmigo.

—¿Y por qué uno solo?, ¿los demás talentos? ¿O en la repartija ligaste uno solo?

—No. Se me dieron unos cuantos. Pero los vendí todos a un mercader de perlas finas, que me los compró para poder adquirir ese único talento que enterré.

No te veía la Cara, pues estábamos, hombro con hombro, mirando hacia el valle. Pero de reojo tuve la certeza de tu sonrisa. Era un viejo divertimento: conjugar parábolas y hacerlas danzar como el fulgor de cristales de un prado nevado.

La mañana seguía creciendo. Trinaban pájaros desde el interior de la redonda copa del olmo; balaban ovejas a lo lejos y zumbaban cerca las ingrávidas abejas.

—¿Y cuál es ese único talento?, soltaste al rato.

El pie era inmejorable. Y no pude dejar de ponerme serio. O solemne, mejor dicho.

Y, sin incorporarme, giré sobre mí mismo, quedando sentado sobre mis talones cabe Ti y ante Ti.

Sopló una ligera brisa que hizo parpadear la salpicada luz que se escurría por entre el tremolar de las hojas. Sobre tu cuerpo entero, echado contra el árbol, danzaba la moteada luz esmeralda.

Te miré, con ganas de que repitieras la pregunta. Pero no hubo redunde. Así que lo hice yo mismo:

—¿Que cuál es mi único talento? ¡Tú eres mi único Talento! Tú lo sabes todo, Señor, Tú sabes que no cuento con más talentos que ser Tuyo. Cosechas donde no has sembrado porque eres Tú el sembrado. Tú eres mi dracma, mi cobre, mi talento, mi perla, mi Tesoro escondido.

Pude decirte todo muy resuelto y sin que se me cayera la mirada de esos, tus ojos misericordiosos e inmensos.

Y Tú, recio como siempre, escapando de toda situación meliflua, sin despegar tu espalda del inmenso tronco, estiraste tu mano hasta mi cabeza, y te limitaste a suspirar mi nombre, Diego de Jesús… que era tu modo habitual de manifestarme afecto: nombrándome.

El aire estaba más límpido que nunca. Como si alguien lo hubiera lavado y atravesado de una blanquísima lumbre.

Y de inmediato te incorporaste, al son de —Retomemos el viaje, que aún queda mucho por andar…

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