Silencio y oración (V)

Conferencia del Padre Diego de Jesús en la Basílica de Santo Domingo (Córdoba), 5 de Octubre de 2017

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5. El silencio como resto

Este quinto punto es un poco más alambicado, si se quiere. Pero intentemos:

La última palabra de Hamlet es “silencio”. La famosa expresión de Shakespeare (the rest is silence), en una notable polivalencia, refiere entre otros matices, al silencio como un abandonarse en brazos de lo que ya no podemos dominar y controlar. Restar en silencio como una resignada claudicación, una rendición.

Las palabras dominan, los silencios nos someten (contrariamente a lo que presume el dicho popular). Uno no es dueño de lo que calla: al contrario, callando es que uno se somete, se rinde. Es la ya mencionada feliz debilidad del silencio. Es el silencio como irresistencia, como inerme receptividad, como santo abandono; el reposo de ser nada, como termina Ricardo III: nada conforma más que ser simplificado a la nada… (With nothing shall be pleased, with being nothing). El silencio nos torna dúctiles, nos desarma, nos vuelve inermes. Irresistentes.

Varios siglos después de Hamlet, la literatura inglesa amoneda otra expresión legendaria, por mano del inmenso Eliot en sus Cuartetos: Forus, there is only the trying. The rest is not our business.

La inevitable asociación de ambos restos (“the rest”) permite entender el silencio como lo que no nos atañe, como el abandono ante lo que no nos compete, porque nos supera. Es el umbral donde comienza el protagonismo y quehacer de Otro. Para nosotros es la palabra, ella es nuestro intentar; el resto es el no-trabajo, el ocio del silencio, la Acción de Dios.

Y esto aplica muy concretamente en nuestro ejercicio oracional: nuestro cotidiano “intentar” se rinde finalmente ante el «pero no sabemos orar como conviene» que nos silencia, rendidos, y nos abandona a los gemidos inefables del Espíritu.

El silencio en la oración (ahora como idioma nuestro) es un modo muy elocuente de decirle al Señor: me rindo. Se rinde mi inteligencia con su insoportable run-run; se rinde mi fatigosa memoria, se rinde mi ser entero. (Maravillosa coincidencia que el mismo verbo se emplee para el culto como para la claudicación).

Nace el silencio cuando el Hombre deja de pelear con Dios.

Este “restar” oracional es propio de tantos enfermos, de tantos abatidos, sin vigor (físico a veces, espiritual otras), sin fuerzas para la plegaria hablada, y se derraman como agua en la silente rendición de su nada hecha plegaria y ofrenda.

Este silencio como resto, como vacare, como aguas que finalmente se aquietan en el estuario del sereno lago, es a su vez una imagen célica, sobre la que volveremos: es el silencio del Cielo. Allí nuestro ser “los que no somos” (al decir de Catalina) será el gozoso deleite de ese being nothing, donde todo nuestro no-ser será puro silencio, traslúcida irresistencia adorante.

Es el restar como descanso, como reposo (el requiescat latino). Y este silencio tiene los rasgos propios de la tan deseada paz que nos otorga Cristo. Esa paz «que el mundo no puede dar». Esa paz que justamente no es la vacua y fláccida inanidad, sino todo lo contrario: la paz que reposa en el brío y porte del orden y la armonía. También hay silencio en ello, y con Shakespeare, nos gusta llamarlo así: resto.

O con el Profeta: resto fiel.

Arte: Theodore Jacques Ralli, 1876. “Praying In Greek Church”.
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