Silencio y oración (VII)

Conferencia del Padre Diego de Jesús en la Basílica de Santo Domingo (Córdoba), 5 de Octubre de 2017

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7. El silencio como fortaleza

«In silentio et in spe erit fortitudo vestra» dice Isaías 30,15.

Será lindo destrabar y entretejer la analogía de “fortaleza” en, al menos, dos de sus acepciones: como coraje y como bastión. Y vincularlo a la espera…

«Es bueno esperar en el silencio» dice Jeremías.

La discreción es una forma de silencio: es el silencio que sabe resguardar, custodiar, celar un secreto. El alma discreta sabe blindar los tesoros recibidos. Y no dejar entrar a nadie. «Ni siquiera a sí mismo» dirá Merton.

Atender (y eso es hacer silencio, como ya dijimos) también alude a tender, a estar-tenso-hacia. Y allí es donde se vincula con la esperanza y la fortaleza (y se destilda de la falsa paz, que es esa calma tan anémica como burguesa).

Atender en silencio es esperar. Por eso, Silencio y Parusía se llaman mutuamente, como abismos que se requieren mutuamente.

Isaías 62 y tantos textos más nos hablan de los vigías que sobre los muros de la ciudad vigilan, atienden con brío, con tensión, urgidos por el custos, quid de nocte? con que se mantienen despiertos en la atención. Montan guardia, velan, con ojo vigilante… y este brío lo reciben del silencio. Este brío es una forma del silencio. Pues sólo el silencio sabe tensarse hacia un objeto ausente…

Este silencio como fortaleza tiene mucho que ver con el desierto: como ese espacio interior de despojo que mueve abruptamente a lo esencial… El silencio como desierto tiene la bella connotación de concentrar en intensidad todas las notas que venimos registrando… como un escenario ideal sobre el cual relucen todos estos silencios positivos y orantes, revestidos ahora por este rol del custodio fuerte y valeroso que espera y ora.

Esta pasión por una espera, es un silencio orante. Es un modo exquisito de rezar. ¿Qué hacés? Nada, Lo espero. Aguardo su manifestación gloriosa.

Es ésta la maravilla de los enamorados de la Parusía (como los llama Pablo): los fascinados porque el Señor vuelve. Y esa expectativa de Retorno, llena a sus vigías de fuerza y esperanza, expresadas ambas en este silencio oracional.

He ahí al silencio fuerte, al silencio brioso, al silencio expectante de ver al Señor regresar una aurora, asomando sobre el horizonte, para instaurar su Reino definitivo. Silencio feliz de quien ya está contento en ese rato previo que antecede a lo muy esperado.

Pero como dijimos, llamar a este silencio fortaleza no alude sólo a la virtud sino también a esa edificación blindada, que hace de baluarte y refugio, de alcázar. Entrar en el silencio (silencio del corazón), sumergirse allí, es protegerse, es resguardarse de las acechanzas que desde afuera pretenden saquear los tesoros del alma.

Como la Virgen, guardar en el corazón, es una forma más de entender y ejercer la positividad del silencio. De ese silencio que fortifica y custodia los secretos del Rey, hechos memoria y presencia.

Guarda el silencio y el silencio te guardará, dice un añoso aforismo monástico…

Hasta ahí, el séptimo sentido de silencio, como fortaleza.

Parte VIII

 

Pintura: Manuel Sosa, El Centinela, Oleo sobre lienzo (1996).

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