El Rey del Madero y su escudero

La Liturgia de coronación de nuestro Rey es de una belleza y esplendor que estremece. Como ante la Zarza ardiente, nadie ha de acercarse a esta escena sin descalzarse. Cristo, Nuestro Dios, sobre la cumbre del Gólgota, a los cuatro vientos del orbe, es ungido y coronado como Rey y Señor del Universo.

Todo es de una intensidad escalofriante. Solemnísima gravedad envuelve y sobrecoge el cielo y la tierra; ángeles, hombres y creaturas todas del orbe contienen el aliento, atónitos, ante el ritual de coronación a punto de celebrarse. Un ritual ensayado por siglos ha de consumarse en la plenitud de los tiempos.

Los maestresalas, ceremonieris y demás personal de protocolo corren ultimando detalles y recibiendo y ubicando a los incontables invitados, como se cuenta que ocurría en Reims cada vez que Francia coronaba un nuevo rey.

Presto ya está cada detalle: la guardia real, para escoltar al Heredero; la corona, engarzada en diamantes y piedras de zafiro; el manto real, de un profundo borravino; el cetro, el trono —de madera preciosa, de olivo antiquísimo—, el solemne estandarte en tres lenguas, el escabel de sus pies…

Y el ángel de la puerta septentrional mira de nuevo la luna: esperando el momento exacto en que complete su ser llena. Y con voz clara y firme anuncia al orbe el inicio de la majestuosa ceremonia:

—¡Puertas! ¡Levantan sus dinteles! ¡Levántense puertas eternas! Va a ser coronado el Rey de la Gloria.

Será Rey en este mundo, pero su Reino procede de otro mundo. Y todo el ritual de coronación pone en exquisito relieve lo uno y lo otro. Se tensa así la paradoja más tirante de toda nuestra Fe: el Rey reina desde un Madero.

La fuerza que ejerce la paradoja sobre ambos polos de sus coincidentes opuestos, hace desistir a muchos: o sueltan un cabo, o sueltan el otro. Unos, claudicando del “mi Reino no es de este mundo”, instando al divino Monarca a que lo haga al modo de los poderosos de este mundo; los otros, claudicando del “Sí, soy Rey”, insistiéndole en deponer su poder y reyecía para ser nomás “uno de tantos”, un simple obrero palestino.

Pero nuestro Rey desatiende a unos y otros y avanza resuelto para regir el orbe con firmeza… desde el oprobio del Madero.

No es un fláccido jefe burócrata que manda hacer. Nuestro Rey es conductor. Como el dux o el cónditor romano, ordena (en sus dos sentidos), conduce, lleva adelante, haciendo Él mismo de punta de lanza.

Como siempre: el gran desafío cristiano es sostener la tensa y afinada cuerda paradojal: Cristo Rey del Universo no es Rey de otro mundo: es Rey de este mundo, el nuestro. No es Rey de muertos ni fantasmas. Tiene por derecho propio un poderío real sobre nuestros corazones y sobre todas y cada una de nuestras acciones y opciones. Somos sus vasallos, sus súbditos, sus pajes y escuderos. Y Cristo tiene este derecho de reyecía sobre el corazón de todos los hombres: se le sometan o se le rebelen, el derecho está, lo tiene.

Y sin que se nos afloje esta clavija, habrá que estirar la cuerda desde la otra punta: nuestro Rey es Rey de este mundo, pero no al modo como son reyes los reyes de este mundo. Su modo de reinar no es de este mundo.

No reina bajo coerción sino sugestión; no reina buscando ser servido sino servir; no reina imponiéndose con ruidosa espada, sino que reina desde la sutilidad de la brisa suave, desde el susurro de su cautivante Evangelio, como el perfume de la diminuta violeta, o de la viña en flor.

Ni siquiera reina con la estridencia apologética, sino con la magia de su silente hermosura.

No reina para someter sino para liberar.

No reina con la violencia de hojalata de los domina-dores del mundo, pero en las llamas de Fuego de sus ojos hay más brío y autoridad de la que pudiera sumarse en este mundo despótico. Hay magia en su aljaba.

No domina, pero es Dominus.

No se impone, pero derriba; no vocifera pero es imposible resistirse a su Voz. No da órdenes histriónicas con gritos y ademanes, pero una sola y silente mirada suya alcanza para que sus vasallos acaten.

Es tan abisal e inmenso el Misterio de su reinado de Amor crucificado, que es casi imposible no obedecerle…

Su indefensa debilidad no es una alternativa sino una gramática de su Omnipotencia. Él es poderoso… así.

Reina el Rey desde el Madero, coronado de espinas, con un señorío absoluto, efectivo, contundente. Reina el Rey desde el Madero, con una mansedumbre, abyección y humildad esplendente y descendente… como cae hasta los abismos todos del orbe esa Sangre real que habla y dice la belleza increada del Hijo Eterno.

Y allí está Dimas, el ladrón malo, el orante bueno, el paje y escudero del Gran Rey nazareno. Se halla apenas unos metros a sus espaldas, como el acólito del Sacerdote ante el altar. Y en una sola línea, funda escuela de oración. Enseña a rezar como pocos otros en toda la Escritura. Emplea una expresión, un término, que nadie jamás había osado emplear en todos los Evangelios: por vez primera y única alguien llama al Señor por su nombre: Jesús.

Sólo es pronunciado su Nombre, por única vez, allí, sobre la cresta del monte, ungido en sangre y miedo: ¡Jesús!

Suspendido, como su Rey y Señor, entre el cielo y la tierra, escoltando la divina Agonía, desde el lacerante dolor en el cuerpo y en el alma, balbucea la palabra más bella que jamás haya sido pronunciada en el universo: Jesús. No te pido ni la vista del ciego, ni el andar del lisiado; no te pido el pan multiplicado ni la tormenta apaciguada: te pido el don más grande y atrevido: el estar contigo para siempre. Y no puedo como Zaqueo, prometerte devolver lo que he robado: te pido estar contigo para siempre con las manos vacías, sin paga alguna, desde mi nada y mi baldío.

Y el Rey soberano, guía y caudillo en esta avanzada sobre la Muerte, tornando apenas su inmenso cuello de Pantócrator sobre su propio hombro muy llagado, con voz clara y firme, le responde al moribundo orante, al noble escudero, la más pura y gallarda verdad: hoy mismo, hoy mismo hijo mío, inauguramos juntos el Paraíso.

Hay Sangre en su boca; hay Sangre caliente en su boca y en su voz. Es la Sangre del Rey de reyes y Señor de señores, tan roja como ningún pintor podría jamás pintar… tan profundamente roja como ningún armiño imperial podría igualar. Quien es alcanzado por su rojura, besa y bebe el Fuego y la Realeza y es transformado en ella.

Oh Verbo idéntico al Altísimo,
Oh Rey y Señor nuestro
Tú eres nuestra única esperanza,
Tú eres el día eterno, para el cielo y la tierra.
En la noche serena ajamos el silencio
para mendigarte, oh divino Rey y Salvador,
que vuelques tus ojos sobre nosotros.
Derrama, Rey de Gloria, tu gracia poderosa,
tu Sangre real y preciosa
sobre la macilenta palidez de mi muerte:
¡quedaré más rojo que la grana!
Y que, al son de tu Voz, se extinga mi infierno.
Disipa la penuria de mi alma extenuada,
que termina por olvidar tus mandatos.
Oh Cristo, Rey nuestro: sé favorable
a los que estamos crucificados a tu lado;
y recibe, oh buen Jesús,
nuestro agónico canto
que ofrecemos a tu gloria inmortal,
para estar hoy mismo en tu paraíso
colmados de tus dones.

Diego de Jesús

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