Debemos rumiar la Palabra Divina

A muchos les oigo decir: Mientras estamos en la iglesia escuchando la palabra de Dios, nos sentimos recogidos; pero apenas salimos de allí, el fuego se apaga y nos volvemos otros. ¿Qué pudiéramos, pues, hacer para que esto no suceda?

Consideremos la causa por la que sucede. ¿De dónde, pues, nos viene tan grande cambio? Ese cambio nos viene porque no empleamos el tiempo en lo que conviene, porque fomentamos el trato de hombres perversos. Al retirarnos de la reunión litúrgica, no debiéramos arrojarnos inmediatamente a cosas que no dicen con ella, sino tomar, apenas llegados a casa, el Libro santo en nuestras manos y convidar a nuestras mujeres e hijos a tomar parte en el fruto de lo que se nos ha dicho. Sólo entonces debiéramos poner mano en los asuntos de la vida.

Cuando salís del baño, no os echáis inmediatamente por esas plazas, por miedo de perder en ellas el refrigerio que en el baño gozasteis. Lo mismo —y con mucha más razón— habría que hacer al salir de la iglesia. Pero la verdad es que hacemos lo contrario, y de ahí viene que lo perdamos todo.

Porque, no estando aún bien arraigado el fruto delo que hemos oído, viene el torrente impetuoso de las cosas exteriores y lo arrastra todo en su torbellino. Pues para que esto no suceda, al retiraros de la iglesia, ninguna ocupación tengáis por más necesaria que la meditación de lo que en ella habéis oído. 

¿No fuera suma incongruencia dedicar cinco o seis días a lo temporal y consagrar uno solo, mejor dicho, ni una pequeña parte de uno solo, a lo espiritual? ¿No veis a nuestros niños cómo durante todo el día estudian las lecciones que se les han dado? Lo mismo hemos de hacer también nosotros. De nada nos servirá venir la iglesia, si el día que venimos nos llevamos, como quien dice, el agua en un cántaro roto; de nada, si no ponemos en guardar lo que se nos dice el mismo cuidado que mostramos en la guarda del oro y de la plata.

Le dan a un hombre unos denarios, y se los mete luego en su bolsillo y se lo cierra muy bien cerrado; nosotros recibimos sentencias más preciosas que el oro y que las perlas, nosotros tenemos en la mano tesoros del Espíritu Santo, y no vamos a esconderlos en las recámaras de nuestra alma, sino que dejamos que sin más ni más se nos escurran de nuestra mente. ¿Quién se compadecerá de nosotros, si somos nosotros mismos nuestros peores enemigos, si nosotros mismos nos precipitamos en tamaña pobreza? Pues para que así no suceda, démonos a nosotros mismos, a nuestras mujeres e hijos, una ley irrevocable de consagrar un día entero de la semana a oír ymeditar la palabra de Dios. De este modo vendis mejor preparados para lo que queda por decir, y por una parte nuestro trabajo será menor y vuestro provecho mayor, si escucháis guardando en la memoria lo anteriormente dicho. Importa mucho para que entendáis lo que se os dice ver con precisión la trama de los pensamientos que yo os expongo. Por eso, como no es posible decirlo todo en un solo día, vosotros habéis de hacer una especie de cuerda e ir anudando en vuestra memoria lo que en muchos días se os expone, y de tal modo habéis de disponerlo en vuestra alma, que aparezca entero el horizonte de las Escrituras.

San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, 5.

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