Silencio y oración (IX)

Conferencia del Padre Diego de Jesús en la Basílica de Santo Domingo (Córdoba), 5 de Octubre de 2017

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9. El silencio como kénosis

El silencio es, sin duda, un despojo que va de afuera hacia dentro y viceversa. El silencio nos abaja, nos va anonadando, nos va achicando. Es la más efectiva puesta a dieta del yo, con su maldita obsesión de obeso y obsceno protagonismo. Acallar opiniones, miradas, gestos, o lo que fuere, es un camino de ascesis que se recorre sobre la veloz cabalgadura del silencio. Del violento y derribante silencio.

Es la tacitúrnita de la Regla de San Benito, para quien todo este camino no es otro que la imitación del Verbo hecho Carne muda, hecho Cordero silente.

Los tres soportes y a la vez, los tres bastiones de la kénosis son la Cruz, la Hostia y la Virgen: tres baluartes del silencio.

Estos modelos nos permiten buscar con pasión el silencio con el movilizante deseo de imitar: quiero ser silencio porque hay silencio en la Cruz, quiero ser silencio porque hay silencio en la Eucaristía; y quiero ser silencio como es de silencio la Hermosura de María.

El silencio (según la famosa expresión de Kierkegaard) es curativo, es medicina que sana. En el orden natural y sobrenatural. Sana y salva. Es un revulsivo eficaz a la intoxicación de tanta palabrería… y de tanto “yo mismo”.

Por eso, el perfume de este silencio huele a humildad: nos hace poco, nos apoca… para tornarnos capaces de la Grandeza del Señor.

Hay una evidente ascética del silencio que no es gratis y que implica inversiones tremendas y batallas sangrientas que habrá que librar. Nadando, de un modo audaz y vigoroso, contracorriente: contra la televisión, contra la radio, contra internet, contra el whatsapp, y contra tantos frentes más que conspiran y acechan contra el silencio. En definitiva, nos atañe librar batalla (¡armamento en mano!) contra la dictadura del ruido (en feliz expresión de Sarah).

Y el silencio así entendido, hace de RUPTURA con lo antiguo, con lo carnal, con lo mundano, con el hombre viejo. Dios, para hacer nuevas todas las cosas en nosotros, debe pasarnos por el crisol del silencio y sumergirnos en el silencio primordial, donde no hay nada. Este silencio es crucial: es el que nos depura. Hay que aceptar y asumir que para desintoxicarnos de tanto ruido (externo e interno) precisamos de un potente revulsivo que se llama silencio. Hiriente silencio, ácido silencio, cáustico silencio, abrasivo silencio. Es un fuego mudo que nos bruñe y devuelve el resplandor original.

Sólo los valientes se le animan…

La extrema ambivalencia del silencio hace que el mismo término exprese tanto el ethos del Cielo como del infierno. En uno y otro lado, lo que prima es el silencio: uno, como colmo de Palabra; el otro, como su más escalofriante ausencia. Aislamiento y Comunión, cuando alcanzan su versión más radical, se expresan igual. Claro que de modos absolutamente opuestos.

Permanece en el infierno, se le decía a san Silvano. En parecida tónica cabe decir: permanece en el silencio y el silencio te lo enseñará todo. En este silencio, que inicialmente no es el celestial sino el infernal. El silencio poblado de aullidos y no el del cor ad corlóquitur, de Oseas y Newman.

Y entre ambos silencios, un tercer silencio, el del Sábado Santo. «Un grande silencio reina en toda la tierra; un gran silencio pues el Rey duerme» (dice un sermón antiquísimo). El cristiano ha de transitar, como su Maestro (y con su Maestro) los tres estadios de silencio, por la kénosis a la anástasis. Pero le atañe con peculiar intensidad este estadio intermedio del “ya pero todavía no”, de la inminencia expectante: el silencio intenso de la batuta suspendida a punto de bajar el compás inicial de Parusía.

Parte X

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Monica Mamani Sammorano dice:

    Mi gratitud por educar mi alma

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