Ángel de la guarda

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Has de saber, Raffaelina, que este buen ángel ruega por ti: ofrece a Dios todas las buenas obras que realizas, tus deseos santos y puros. En las horas en que te parece estar sola y abandonada, no te lamentes por no tener un alma amiga, a la que puedas abrirte y confiarle tus dolores. Por caridad, no olvides a este compañero invisible, siempre presente para escucharte, siempre dispuesto para consolarte.
 
¡Oh, deliciosa intimidad!, ¡oh, dichosa compañía! ¡Oh, si todos los hombres sin excepción supieran comprender y apreciar este gran don de Dios, quien, en el exceso de su amor por el hombre, nos asignó este espíritu celestial! Recuerda a menudo su presencia: es necesario contemplarlo con el ojo del alma, darle gracias, suplicarle. Él es tan delicado, tan sensible; respétalo. Teme constantemente ofender la pureza de su mirada.
 
Invoca con frecuencia a este ángel de la guarda, a este ángel bienhechor, repite con frecuencia la hermosa plegaria: «Ángel de Dios, custodio mío: a mí, que he sido confiada a ti por la bondad del Padre del cielo, ilumíname, protégeme, guíame ahora y siempre». ¿Qué grande, mi querida Raffaelina, será el consuelo cuando, en el momento de la muerte, tu alma vea a este ángel tan bueno, que te acompañó a lo largo de la vida y que fue tan generoso de cuidados maternos? ¡Oh!, ¡que este dulce pensamiento te haga y te vuelva cada vez más aficionada a la cruz de Jesús, ya que es precisamente esto lo que quiere ese buen ángel! El deseo de ver a este inseparable compañero de toda la vida encienda también en ti aquella caridad que te empuje a desear salir pronto de este cuerpo.
 
¡Oh, santo y saludable pensamiento el de querer ver a nuestro buen ángel! Lo es también el que debería hacernos salir antes de tiempo de esta cárcel tenebrosa en la que estamos desterrados. Raffaelina, ¿adónde me vuela ahora el pensamiento? ¡Cuántas veces, ay de mí, he hecho llorar a este buen ángel! ¡Cuántas veces he vivido sin miedo alguno a ofender la pureza de su mirada! ¡Oh!, ¡es tan delicado, tan sensible! Dios mío, ¡cuántas veces he correspondido a los generosos cuidados más que maternos de este ángel sin señal alguna de respeto, de afecto, de reconocimiento!
 
Padre Pío, 20 de abril de 1915, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 403
 
Gianluigi Pasquale, 365 días con el Padre Pío.
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