Adviento… en el corazón de la existencia

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«¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!» (Is 63,19). Somos habitados por una nostalgia de Dios, por un profundo anhelo de plenitud. La liturgia de Adviento aviva esta nostalgia, conectando muy bien con el imaginario de las más bellas utopías que permanece más o menos dormido en cada ser humano. Es verdad que estamos hechos para la tierra de la alegría, pero la puerta de acceso a ese territorio es nuestra vida, tal y como se nos presenta.
 
«Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. (…) No sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!» (Mc 13,33.36-37).
 
Mirad, vigilad, velad —nos exhorta Jesús en el evangelio— para que la vida no nos pase por al lado, para que abandonemos el ensimismamiento alimentado por el ruido mental de nuestras razones y certezas, para que nos abramos al don de la relación que Él nos ofrece a cada momento. Despertar es abrirse al don. Hay tesoros por todas partes en todo lo que tocamos. Nuestra escuela es el cotidiano. Nuestro estilo de vida, caracterizado por la monotonía del tiempo y del espacio, está en función de la atención del corazón —un modo de estar en la vida que capta todo desde dentro, que nos va enseñando a identificar todos los movimientos, incluso los más sutiles, y a asumirlos como materia de oración. Rezar es abrirse a la revelación de Dios en todas las cosas, es descubrirse a sí y al mundo bajo una mirada amorosa.
 
Solo en el silencio puede crecer una mirada, a la vez, penetrante y tierna, sensible al misterio. Hay que dar atención a lo ínfimo, a lo pequeño, a lo que es aparentemente despreciable, sin importancia. La llama del corazón se enciende con pocas ramitas; importa no despreciar la materia que la vida nos ofrece y no dejarnos dormir en sueños de grandeza.
 
«La creación entera está gimiendo con dolores de parto hasta el presente. Pero no sólo ella; también nosotros los que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior suspirando porque Dios nos haga sus hijos y libere nuestro cuerpo» (Rm 8,22-23). No nos olvidemos que vivimos tiempos últimos, y ésta no es una afirmación de contenido cronológico. Son tiempos últimos porque están bajo el signo de la Pascua. Esperamos en cada acontecimiento la última venida de Cristo, o sea, esperamos que en todo se nos revele el Cristo glorioso lleno de vida. No huyamos de las llagas de la vida, es ahí que él nos espera. Cuando los maestros de la ley y los fariseos pedían a Jesús signos y milagros, él les dijo que no tendrían otro signo que el de Jonás (Cf. Mt 12,38-39). Nuestra vida es pascual; vivimos en tránsito, porque nuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Cf. Col 3,3). ¡Este es el gran milagro!
 
El Espíritu de Dios, que es el artífice de los nuevos Cielos y de la nueva Tierra, siempre nos reenvía para el corazón de la existencia, para lo que somos y vivimos, destapando la indigencia que experimentamos, para enseñarnos el arte de la confianza. La confianza es una forma de distensión, de no dejarnos dominar por el miedo, por la voracidad y por tantos otros ruidos que nos ensordecen. Solo de la mano de la confianza podemos contemplar los cielos que se rasgan y el Verbo que se hace carne en el corazón de nuestra existencia.
 
Hay algunas cosas, pocas, que elegimos vivir. Pero hay también lo mucho que no elegimos y que, desde la confianza, se nos ofrece como una oportunidad para hacer el viaje. Un corazón atento y vigilante termina siempre por descubrir que somos arcilla en manos del alfarero. Y aprende a orar con gratitud: «Jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en él. (…) Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano» (Is 64,3.7).
 
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