En la plenitud del tiempo, vino el Amor

Cuando el primer hombre eligió espontáneamente experimentar el mal y comprometió su libertad con una ilusión, sumergió su luz en las tinieblas.

Su alma se convirtió en un vacío, un abismo, una nada, y la noche descendió sobre las profundidades de su espíritu. Pero en la tiniebla siguió con hambre de luz, en el caos su espíritu siguió con sed de orden y paz, y en su nulidad no podía menos de aspirar a ser, a la libertad espiritual, a una verdadera identidad. Y así el hombre clamó por la luz de la que había huido. Y el Espíritu de Dios volaba sobre él. Pero ¿Quién podía entender ese vuelo? ¿Eran las alas de un protector o de un vengador? ¿Dios era amigo o enemigo? Las leyes que dio a los hombres, emanadas del seno de su impenetrable ocultamiento, no ofrecían respuesta satisfactoria.

En la plenitud del tiempo, Dios quiso revelar Su respuesta a esa pregunta. Quiso mostrar Su benevolencia y misericordia a los hombres. Quiso probar que nunca había dejado de amar a Su hijo descarriado. Y para hacerlo evidente, vino Él mismo a buscar al hijo que era incapaz de regresar a él. Así, Dios envió Su propia luz, Su palabra, Su único hijo, al mundo creado por Él. Así, una vez mas, separó la luz de la tiniebla y recobró lo que era suyo.

Thomas Merton, Tiempos de Celebración, 210/211

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