La Navidad ya es la primicia del «sacramentum-mysterium paschale»

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La Navidad ya es la primicia del «sacramentum-mysterium paschale», es decir, es el inicio del misterio central de la salvación, que culmina en la pasión, muerte y resurrección, porque Jesús comienza a ofrecerse a sí mismo por amor desde el primer instante de su existencia humana en el seno de la Virgen María. La noche de Navidad, por tanto, está profundamente vinculada a la gran vigilia nocturna de la Pascua, cuando la redención se realiza en el sacrificio glorioso del Señor muerto y resucitado. El belén mismo, como imagen de la encarnación del Verbo, a la luz del relato evangélico, ya alude a la Pascua y es interesante ver que en algunos iconos de la Navidad en la tradición oriental se representa al Niño Jesús envuelto en pañales y acostado en un pesebre que tiene la forma de un sepulcro; una alusión al momento en que lo descolgarán de la cruz, envuelto en una sábana, y lo pondrán en un sepulcro excavado en la roca (cf. Lc 2, 7; 23, 53). Encarnación y Pascua no están una al lado de la otra, sino que son dos puntos clave inseparables de la única fe en Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado y redentor. La cruz y la resurrección presuponen la encarnación. Sólo porque verdaderamente el Hijo, y en él Dios mismo, «bajó» y «se hizo carne», la muerte y la resurrección de Jesús son acontecimientos que nos resultan contemporáneos y nos atañen, nos arrancan de la muerte y nos abren a un futuro en el que esta «carne», la existencia terrena y transitoria, entrará en la eternidad de Dios. Desde esta perspectiva unitaria del Misterio de Cristo, la visita al belén orienta a la visita a la Eucaristía, donde encontramos presente de modo real a Cristo crucificado y resucitado, al Cristo vivo.

La celebración litúrgica de la Navidad, por tanto, no es sólo recuerdo, sino que es sobre todo misterio; no es sólo memoria, sino también presencia. Para captar el sentido de estos dos aspectos inseparables, es necesario vivir intensamente todo el tiempo de Navidad como la Iglesia lo presenta. Si lo consideramos en sentido lato, se extiende durante cuarenta días, del 25 de diciembre al 2 de febrero, de la celebración de la noche de Navidad a la Maternidad de María, a la Epifanía, al Bautismo de Jesús, a las bodas de Caná, a la Presentación en el templo, precisamente en analogía con el tiempo pascual, que forma una unidad de cincuenta días, hasta Pentecostés. La manifestación de Dios en la carne es el acontecimiento que ha revelado la Verdad en la historia. En efecto, la fecha del 25 de diciembre, vinculada a la idea de la manifestación solar —Dios que aparece como luz sin ocaso en el horizonte de la historia—, nos recuerda que no se trata sólo de una idea, la idea de que Dios es la plenitud de la luz, sino de una realidad para nosotros, los hombres, ya realizada y siempre actual: hoy, como entonces, Dios se revela en la carne, es decir, en el «cuerpo vivo» de la Iglesia peregrina en el tiempo, y en los sacramentos nos da hoy la salvación. (…)

Es preciso rescatar este tiempo navideño de un revestimiento demasiado moralista y sentimental. La celebración de la Navidad no nos propone sólo ejemplos a imitar, como la humildad y la pobreza del Señor, su benevolencia y amor a los hombres; sino que más bien es la invitación a dejarse transformar totalmente por Aquel que ha entrado en nuestra carne. San León Magno exclama: «El Hijo de Dios… se ha unido a nosotros y nos ha unido a él de tal modo que el rebajarse de Dios a la condición humana se convierte en un elevarse del hombre a las alturas de Dios» (Sermón sobre el Nacimiento del Señor 27, 2). La manifestación de Dios tiene como fin nuestra participación en la vida divina, la realización en nosotros del misterio de su encarnación. Ese misterio es el cumplimiento de la vocación del hombre. San León Magno explica también la importancia concreta y siempre actual para la vida cristiana del misterio de la Navidad: «Las palabras del Evangelio y de los profetas… inflaman nuestro espíritu y nos enseñan a comprender el nacimiento del Señor, este misterio del Verbo hecho carne, no tanto como un recuerdo de un acontecimiento pasado, cuanto como un hecho que tiene lugar ante nuestros ojos… Es como si se nos proclamara de nuevo en la solemnidad de hoy: “Os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, que es el Cristo Señor”» (Sermón sobre el Nacimiento del Señor 29, 1). Y añade: «Reconoce, cristiano, tu dignidad, y, hecho partícipe de la naturaleza divina, cuida de no recaer, con una conducta indigna, de esa grandeza en la primitiva bajeza» (Sermón 1 sobre el Nacimiento del Señor, 3).

Benedicto XVI, Audiencia General del 5 de enero de 2011

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