El alma del hombre humilde

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El alma del hombre humilde es como el mar; si se lanza una piedra en el mar, enturbia por un instante la superficie de las aguas, después se hunde en las profundidades.

Así quedan sepultadas las penas en el corazón del hombre humilde, pues la fuerza de Dios está en él.

¿Dónde habitas, alma humilde? ¿Quién vive en ti? ¿Con quién te puedo comparar?

Resplandeces, luminosa como el sol, pero ardiendo no te consumes, y calientas a todos los hombres con tu ardor.

A ti te pertenece la tierra de los mansos, según la palabra del Señor. Eres semejante a un jardín en flor, en el fondo del cual se encuentra una magnífica casa, en la que el Señor gusta habitar.

Es a ti a quien aman el cielo y la tierra.

Es a ti a quien aman los santos apóstoles, los profetas, los santos y los bienaventurados.

Es a ti a quien aman los ángeles, los serafines y los querubines.

Es a ti a quien ama, en tu humildad, la purísima Madre del Señor.

Es a ti a quien ama y es en ti en quien se complace el Señor.

Archimandrita Sophrony, Escritos de San Silouan el Athónita

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