Maqueronte

Un delgado hilo de luz rompe la lúgubre y espesa tiniebla del calabozo, escurriéndose por una diminuta hendija del inmenso e inexpugnable muro de piedra. Junto al silencioso haz de luz, se abre paso un suave murmullo: es el viento fresco de primavera soplando sobre el monte Moab —desde el Mar Muerto— contra el abrupto peñasco donde está enclavado el palacio de Maqueronte.

Y en su torre: el calabozo.

Acurrucado en un rincón, con los ojos fijos en la grieta de la ergástula, un hombre se consume de hambre, de sed, de tristeza… tal vez, de desesperanza.

La nítida columna de luz bañando serenamente el pedernal lo aguijoneaba como hiriente memorial de lo que pocos años atrás había visto y oído por sí mismo con el agua del Jordán a la cintura: «Este es mi Hijo amado; Este es mi Hijo amado…».

Como una lacerante letanía repetía desde hacía semanas esa misma frase.

Una luz inefable había visto descender y posarse sobre Jesús, el hijo de María… —¡él lo había visto: nadie se lo contó!— y cuando lo miró a los ojos entendió —o creyó entender— que sí, que ya no había que esperar más, que los tiempos mesiánicos habían llegado, que la liberación estaba a la puerta y el Libertador, allí ante él, para recibir la carga de todo el mal del mundo… y hacerla añicos, vaya a saber cómo.

«Este es; éste es el Cordero de Dios», se repetía una y mil veces, en un invisible forcejeo interior para que la frase no virara sutilmente su entonación final en pregunta, en duda, en infierno…

Los discípulos de Juan tenían permiso —según testimonia Josefo— para visitar a su maestro en prisión. Juan aguardaba con avidez ese momento. Y no por el trozo de pan que pudieran traerle: sus ansias estaban centradas en ese Jesús, con quien se había criado, con quien había rezado sus primeros Shemma’s, con quien había jugado, reído, conversado, debatido, crecido; a quien amaba y sobre todo, a quien, desde aquel acontecimiento en el Jordán, sospechaba fuera el Mesías de Dios. Los discípulos le contaban con detalle sobre los discursos y milagros de su primo. Pero no le ocultaban su desconfianza: todo ello era cierto; no había truco; pero no probaba del todo el mesianismo. «Si fuera el que ha de venir, se haría cargo de tu liberación»… le susurraban.

«Mi liberación…» mascullaba Juan, cuando de nuevo solo, quedaba hundido en el infierno de su celda. Las imágenes de Jesús se le agolpaban en su memoria, frescas, intactas, inmediatas: su risa, su mirada penetrante, su palabra firme y suave, sus silencios tan cargados de sentido… sus promesas.

En Betania Juan había insistido, ante sacerdotes y levitas: él viene después de mí… después de mí. ¿Por qué lo habría expresado tan espontáneamente “así”? ¿Qué era esa anterioridad que lo refería? Pero sobre todo, la duda de sus propios discípulos: ¿realmente debería librarlo para ser el Mesías? ¿O será que mi disminuida condición es posibilidad para que crezca Su misión?

Ya ha pasado casi un año de su hacinante encierro. Año en que imaginó cientos de veces —combinando imágenes de Isaías, de Daniel, del Salterio— la llegada de las tropas mesiánicas entrando a Maqueronte… y el mismo Señor —erguido, radiante como guerrero victorioso— abriéndole los grillos, al grito de “¡salgamos de aquí!”. Y luego: él, como Judith, con la cabeza de Herodes en mano, sobre las cumbres ventosas del Moab, entonando un cántico triunfal por Yahvé y su Mesías.

Pero se han sucedido las estaciones y vuelve a arrullar la tórtola, como en aquellos días en que fuera apresado… Y el Señor no viene.

Día a día crece su carencia. Juan se desmorona. Su celda es una inmundicia insoportable y los primeros calores auguran que el infierno de hedor y horror irá en aumento. Crece su tristeza. Y retardando el don, Dios ensancha el deseo… Con la ausencia de Jesús y sus promesas, crece su plegaria: ¡Ven Señor, no tardes más! gime Juan, como un niño desolado, mientras agoniza como un aborto encharcado en su propia sangre… Arrastrando su cuerpo llagado logra llegarse hasta el haz de luz, e incorporarse sobre sus vacilantes rodillas: la luz bañaba su rostro casi inerte. Juan llora. Extiende sus manos como intentando atrapar la luz y clama en un hilo de voz: no tardes más, Iéshuah, Señor y Dios mío; no tardes más…

Las fuerzas del Bautista se extinguen. Le deben quedar apenas días de vida. Muchas de las últimas veces en que fuera visitado estuvo a punto de hacerlo, pero se atajó. No estaba seguro de arriesgar. Al Maestro podría molestarle. Pero esa vez, sospechando pudiera ser la penúltima, ya no lo calló: vayan y pregúntenle sin vueltas de mi parte: «¿eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro? ¿Eres Tú, o sólo eres su imagen?»

Y no tardó la respuesta. Inmediata, candorosa: Juan, Juan, los ciegos están viendo, los sordos han empezado a escuchar, si vieras la piel de los leprosos… entre los pobres y marginados, entre los más débiles y desgraciados se ha iniciado la Fiesta… Quiero que te sumes a la bienaventuranza de toda debilidad. Nadie te ha engrillado tu libertad: opta por la vida y tendrás vida. Elige la pobreza de tu calabozo, y serás bienaventurado; elige la mansedumbre de tu impotencia y serás bienaventurado; elige tus lágrimas, elige, Juan, esta injuriosa persecución y tuyo será el Reino de los Cielos. Tuya es la tarea de cruzar del Antiguo al Nuevo Testamento; y es una secreta muchedumbre la que está asomada, con los ojos fijos en la torre de Maqueronte, aguardando tu “sí”… Juan, di que sí.

Acepta también tú ser un manso cordero de Dios que completa en su carne la expulsión del pecado del mundo. Sobre patena de plata, serás cordero ofrecido en banquete…
Salta de gozo en el seno de tu prisión ante mi velada cercanía: estamos juntos por dar a luz un mundo nuevo.

Esa noche había gran banquete en el Palacio de Maqueronte. Era el cumpleaños de Herodes… Uno de los comensales, sin quitarle la vista al esmerado contornearse de Salomé, le comenta a otro con aire culturoso: ¿Qué significará Maqueronte? ¿Acaso vendrá de Makarios, es decir Bienaventurado?

A Medianoche, un carro de fuego alado sobrevoló sereno la oscura noche palestina: el camino estaba allanado…y en seguida, el Señor buscado y deseado arrebató al cordero prisionero y lo remontó en vuelo de liberación.

Diego de Jesús

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