Pesebre Coram Deo

Es lindo y gratificante enseñar a rezar a los niños ante el Pesebre. Al menos es más promisorio que hacerlo con los adultos. Indudablemente, dada la pureza diáfana como un cristal con que los más pequeños reciben lo que uno les explica del Misterio, éste fluye como luz atravesando un vidrio, libre de todas esas retorcidas taras tan propias de nosotros, los complicados grandes que lo empañamos todo.

Por caso, les resulta muy natural cuando uno les explica que al llegar uno a un pesebre a rezar, ya se está rezando en ese pesebre. Que todos los que están ahí (María, José, pastores y magos, ángeles y burros), todos ya están rezando ahí antes de que uno llegue. Y que cuando nos hincamos ante un pesebre lo que se nos pide o propone no es tanto EMPEZAR un rezo sino más bien SUMARNOS a un rezo ya comenzado. Como quien llega a una conversación ya iniciada. A los niños no les molesta. Es más: les resulta lógico. Lo mismo les pasa cuando llegan a un grupo de adultos y se suman silenciosos a lo que allí se está tratando.

Los niños (cuando son educados) entienden bien que no son el ombligo del mundo y que no gira todo alrededor de ellos…

Por eso es fácil enseñarles a sumarse a la adoración de los magos, sumarse a los tranquilos “Jesús, Jesús” con que la Virgen Madre acuna a su Hijo, sumarse a la mirada de asombro y gozo del silencioso José, al igual que encuentran fácil empatía para plegarse al canto angélico, al rezo de los pastores o incluso a esa plegaria más inasible de la vaca, las ovejas y el buey.

Con poco esfuerzo aprenden que no hace falta PRODUCIR oración, construir plegaria: que ella ya está allí, aún encantada, ya empezada, manando de esa silente fontana.

Saben incluso que cuando se levanten y se vayan… el pesebre seguirá rezando. Sin ellos.
Les resulta tan normal como al realista el hecho de que las cosas sean más allá de que uno las piense o no.

Tampoco cuesta explicarles que de todas las figuras del Pesebre (salvando al Niño y su Madre) ninguna es tan importante como la estrella. Y que, según las circunstancias, en un pesebre pueden faltar burros o pastores pero que sin estrella no hay pesebre. Lo cuestionarán por supuesto, como corresponde, pero ante la explicación del caso, no sólo lo entienden sino que terminan poniendo cara de: ¡pero claro! ¡Es obvio! ¡Sin estrella no hay Pesebre!

También les resulta muy natural y lógico que las figuras del pesebre (o sea, los orantes del pesebre) no estén mirando hacia nosotros sino hacia el fondo del portal, hacia la cuna donde posará el divino Niño. Algunos, medio en diagonal, les notamos el perfil; otros directamente están adelante nuestro, volcados hacia la cuna al fondo del establo.

Suele ocurrir (en los pesebres familiares) que algún adulto pase y gire un poco las imágenes para que miren hacia afuera… les resulta más estético; lucen mejor la caras de las tallas, que no fueron nada baratas y hay que optimizar su usufructo. En definitiva (piensan los grandes) el pesebre está ahí para lucir… Por suerte, si no faltan niños en ese hogar, ellos mismos se encargarán de reorientar las imágenes hacia el fondo del portal, hacia la cuna y trono del Niño Dios. Son porfiados y, al igual que en sus juegos, tan llenos de rituales inviolables, no negocian en estos asuntos: vaca, buey, cabra y asno, pastores todos, reyes y dromedarios, y ¡por supuesto! María y José, todos tienen que mirar al Niño, ¿a dónde, si no?!, ¡lo sabe todo el mundo!, argumentan con impecable lógica.

Uno, cada tanto, con disimulada picardía, tratando de medir los índices de contaminación cultural, ha de preguntarle al infante: ¿pero no te parece que estos pastorcitos aquí nos están dando la espalda y tapan un poco al Niño?

Si el chico, de un modo inmediato, y hasta con un dejo de impaciencia, les responde: ¡pero no! ¡No nos dan la espalda: sólo están adelante nuestro! ¿no entendés que llegaron antes que nosotros? Si eso ocurre, pueden respirar aliviados: no hay indicios en sangre del síndrome de moderna adultez.

Si ese mismo niño, unos años después, no contesta de inmediato, cavila un rato en silencio, y recién luego dice: ¡para nada!, la cosa sigue bien.

Y si pasado otro par de años, con timbre ya adolescente, ante la misma pregunta de si los pastores no deberían mirarnos a nosotros, les espeta: qué rebuscado sos papá, hacete ver… pueden cantar victoria: el niño habrá crecido pero seguirá por siempre siendo niño y ya nadie podrá arrebatarle las certezas básicas de cómo sumarse a rezar con los orantes del Pesebre, en su misma dirección, de cara a la sagrada Cuna.

Otro ejemplo feliz de la ductilidad con que la pureza infantil sabe rezar ante el Pesebre es la cuna vacía. Los niños aprenden sin esfuerzo que eso es así, que debe ser así. Como los zapatos vacíos la noche de Reyes. ¿A quién se le ocurre poner el Niño antes de tiempo, antes de la exactísima Medianoche de Navidad? En su realismo mágico, los niños no renuncian ni a la magia ni a la realidad: su ingenio consiste justamente en conjugarlos en apretado maridaje. A las Doce en punto, cuando la Misa de Gallo entone su Gloria y los campanarios repiquen de júbilo, ellos mismos, los niños, se encargarán de colocar el Niño en su cuna o en el regazo de su Madre. Ni un minuto antes. ¿Cómo va a nacer a las 8 o las 9 o la hora que a mí se me cante porque me queda más cómodo? ¡Es absurdo! Nace a Medianoche y punto. Me quede cómodo o no coincida con mi agenda.

Y no les molesta que el Pesebre durante todo el Adviento carezca de Niño: ¡al contrario! Ubicarlos a todos los personajes, uno por uno, orientados expectantes hacia esa cuna vacía, hacia esa inminente Manifestación y rezar con ellos la feliz cuenta regresiva… es parte irrenunciable (e innegociable) de la Magia, del Rito, del Juego; de la Fe pura hecha magia, rito y juego.

También fluyen, como agua cristalina, cada una de las paradojas navideñas. Nada les resulta más normal que el del cumpleaños sea Jesús pero que los regalos sean para ellos; ni que sea un bebito y a la vez sea Dios; que nazca muy de verdad y que eso vuelva a repetirse todos los años; que el lugar sea inhóspito y sea el mejor lugar del mundo; ni que esa Noche sea tan a la vez inquietante y serena, grave y feliz, triste y alegre. Los niños no viven las paradojas como una tortuosa tensión bipolar: aprenden a anudarlas como aprenden en un rato a atarse los cordones.

Es lindo y gratificante enseñarle a rezar a los más pequeños ante el Pesebre. No dejen de intentarlo con sus niños. Para que así, puedan ellos, nuestro octavo sacramento, curarnos de nuestras modernosas y retorcidas taras adultas y devolvernos la inocencia perdida, la mirada limpia, la fe cristalina.

Diego de Jesús
22.XII.2016

 

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