El Eremitorio

II. IV. El monte de las bienaventuranzas. La alegría espiritual

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“Que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea perfecto” (Jn 5,11).

Si sigues a Cristo de cerca, bien pronto te llevará al monte de las Bienaventuranzas. Como discípulos suyos sólo quiere corazones dilatados y rostros sonrientes: “El reino de Dios es… gozo en el Espíritu Santo” (Rm 14,17). Dejó el desierto y, al poco tiempo, dice San Mateo, “subió al monte, se sentó y sus discípulos se le acercaron” (5,1). (…)

Relee las Bienaventuranzas; cada una es el premio de un renunciamiento. Florecen entre los escombros del egoísmo. En esta página evangélica Dios especifica su suprema voluntad sobre ti y te da a conocer lo que él entiende por la muerte a sí mismo. Cada bienaventuranza tendrá una recompensa enteramente personal. Sin nada de espectacular irá socavando en ti silenciosamente un vacío que podrá darte el vértigo si miras al abismo más que al amor de quien lo ahonda. En la vida interior el mayor desacierto consiste en objetivar su dolencia para analizarla curiosamente y en sopesar sus cruces. Óyelo de una vez: no se puede morir a fuego lento sin notarlo…

La POBREZA es la soledad, el silencio, el abandono. Es la virginidad del corazón, el expolio de toda posesión aun de los favores de Dios en lo que tienen de sabroso. Es la acogida cordial dispensada a la aridez, a la noche, a la desolación. Es sufrir todo eso, sin saberlo los hombres, por el Amado con una generosidad gratuita que sólo aspira a darle gusto.

La MANSEDUMBRE es la inalterable paciencia dentro y fuera, el amor apacible de los quereres contrariantes de Dios y de sus instrumentos: hombres y cosas. Es la sonrisa sincera que brota de un corazón roto pero sumiso.

El LLANTO es el gemido amoroso y benévolo a toda prueba del alma estrujada por la animadversión de los hombres, las magulladuras de la existencia, la acción purificadora de Dios, esa que nadie adivina, ni comprende, ni compadece…

La JUSTICIA es el deseo lacerante de Dios, que él mismo atiza y que obra frutos admirables de santidad. Es la “herida de amor” que no deja descansar, el tormento atroz del alma desterrada que muere de impaciencia por que se rasgue el velo que le oculta el rostro de su Dios.

La MISERICORDIA es la intuición perspicaz y entrañable de la indigencia humana, hecha necesidad de remediarla; la tierna compasión por la debilidad ajena, nacida del sentimiento agudo de la propia y de la actitud del Dios-Hombre para con los pecadores. Es la indulgencia que comprende, perdona todo y rehabilita con palabras y gestos de bondad…

La PUREZA es la aversión por el mal y la fealdad, el temor filial de ofender a Dios, el valeroso esfuerzo por expiar las propias faltas, la vigilancia heroica por evitar nuevas, la pasión por la gloria de Dios superior a toda otra intención, la oración instante por que sea lavada nuestra alma del polvo del camino.

La PAZ es, dentro de sí y fuera, la tranquilidad del orden en el respeto de la jerarquía de los valores, el cumplimiento, en la propia vida, de las tres primeras peticiones del Padrenuestro: que el Nombre de Dios sea santificado, que su reino venga, que su voluntad se haga.

Es el advenimiento en nuestra alma del Reino de Dios.

La PERSECUCIÓN santificada es el dolor por la incomprensión de los hombres, la más penosa de todas, la de los buenos, de los que más amamos, aceptada con un corazón generoso, con agradecimiento no fingido para con los que así nos ayudan a despegarnos de nosotros mismos.

Bien mirado es el programa de la santidad auténtica, del que las Bienaventuranzas emergen a manera de cumbres, no muchas veces alcanzadas, pero a las que es preciso aspirar. La gozosa serenidad de los santos ha admirado siempre a sus contemporáneos, prueba de que su alegría era de una esencia más fina que la de los cristianos medios. La alegría corre parejas con el desasimiento y sus quilates dependen del empeño desplegado.

Si se llora en el desierto, que sea de gozo. Como ya nada lo embaraza, el eremita que vive allende el espacio y el tiempo, participa de la inmutabilidad de Dios en su felicidad eterna. Está ya allí donde “no existirá ni duelo, ni gritos, ni fatiga”, pues Dios mismo habrá “enjugado todas las lágrimas de sus ojos” (Ap 21,4).

Sin embargo, ese ideal, aquí abajo, es raro que se realice en plenitud.

Tu alegría, de ordinario, se refugiará en el centro del alma, dejando que pese sobre tus espaldas, a veces abrumadoramente, la cargosa monotonía de los días. Sin duda no habrá anacoreta que no haya gemido por la atonía habitual de sus horizontes y la prolongación de su destierro.

Más que júbilo sentirás paz; más que empuje, serenidad. La alegría de los niños es expresiva y ruidosa, pero frágil e inconstante; no es una conquista ni se enraíza en el sacrificio. La serenidad del eremita es el descanso de un corazón desasido a punta de lanza, de una voluntad que tras el esfuerzo canta la victoria de su imperio, de una naturaleza calmada por el sufrimiento, de un espíritu penetrado de la vanidad de las cosas, de un alma avasallada enteramente por Dios y que ya nada espera fuera de él. No es el desencanto nacido de repetidos desengaños, antes, por el contrario, el consentimiento de un alma arrebatada por la gracia, después de haber bordeado los abismos, hasta los dominios de la fe desde los cuales descubre cada cosa en su verdad y ya no más en la ilusión de las apariencias…

Te causará admiración y envidia la tranquilidad dulce de los viejos ascetas a los que ningún acontecimiento de este mundo parecía conmover, como si hubieran emigrado del planeta.

Ellos han vivido su fe sin pedirle a la tierra lo que no puede dar. En ellos florece en todo su esplendor la esperanza cristiana, con su alegría discreta, presagio de la que esperan conforme al dicho de Jesús: “Alegraos y regocijaos, porque es grande vuestra recompensa en los cielos” (Mt 5,12).

Pero ¿acaso no es grande ya en la tierra misma la recompensa del eremita, colmado de las preferencias divinas? Olvida la pobreza y austeridad del marco y contempla a menudo las grandes cosas obradas por la gracia en tu alma. ¿Estaría bien que te mostrases malhumorado en la intimidad de un Dios que se encierra contigo en el secreto de la celda interior para descubrirte sus esplendores? El canto del eremita, escúchalo: “Yo me gozo en Yavé, mi alma salta de júbilo en mi Dios porque me ha vestido de vestiduras de salud, como esposo que se ciñe la frente con diadema, como esposa que se adorna con sus joyas…” (Is 61,10).

La llama del corazón canta en los ojos.

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