Mi Cristo Roto - Ramón Cue S. J

Mi Cristo Roto – Ramón Cue S. J. – Compraventa de Cristos (I)

Buenas noches, amigos:

Voy a hablaros, en estas meditaciones, de “Mi Cristo Roto”. Es una historia íntima, sencilla, insignificante.

Como para contarla a media voz, en esta hora propicia, de versos y de música a media noche, cuando va a cerrar su programa Televisión Española.

Ya duermen, soñando —o sin soñar, que es mejor— con ángeles, vuestros niños. Me alegro. No es todavía para ellos esta historia. La comprenderían muy mal.

Es para nosotros, los hombres, un poco cansados del día; y otro poco —o mucho— cansados de la vida.

Y ojalá esta historia, como un cuento sencillo, nos contagie el sueño bueno, sin sobresaltos ni insomnios, de vuestros niños.

***

El protagonista es “Mi Cristo Roto”.

Lo encontré en Sevilla. En la “Casa del Artista”, prolongación del “Jueves”; ese pintoresco doble sevillano del “Rastro” madrileño. A los domingos del “Rastro” opone Sevilla sus “Jueves”.

Y se dice: “Ir al Jueves”.

Pues yo fui al “Jueves”; y en el “Jueves” encontré mi Cristo.

Y lo compré en jueves.

(Judas también lo vendió en jueves.)

Pero antes de deciros cómo, permitidme en esta hora de intimidad, dos confidencias.

Una, que me encanta ir al “Rastro”; casi tanto como al teatro; y más que al cine. Es un sabrosísimo espectáculo vivo. Y cuando no hay “Rastro” me meto en un “Anticuario”. Aunque esto sea una dolorosa tentación para la vista, que no puede alcanzar el bolsillo. Yo salgo de los “Anticuarios” sin poder caer en la tentación de comprar nada. Y cada día menos …

La otra confidencia que, dentro del arte, me subyuga el tema de Cristo en la Cruz. Y que se llevan mis preferencias los Cristos barrocos españoles. Y si me urgís, más los andaluces; finos, elegantes, aristocráticos. Con menos músculo que los Cristos castellanos. Menos atletas fornidos; más esbeltos e intelectuales. No sé lo que daría por ser dueño absoluto de un Cristo de Mesa, Montañés, Cano, Mena o Ruiz Gijón …

Si fuera mío —¡mío!— el “Cristo de los Cálices”, de Montañés en Sevilla, me sentiría el más afortunado millonario del universo.

Todo esto es para explicaros por qué soy asiduo visitante del “Jueves” en Sevilla. Siempre pienso: Si yo encontrara en el “Jueves” un Cristo sevillano, pequeño, de buena talla, barato… Y me voy al “Jueves”. Nunca lo he encontrado en estas dificilísimas condiciones. Sé que es imposible. Pero a sabiendas de ello recaigo en la tentación.

La última vez fue el mes pasado, en compañía de un buen amigo mío, Pepe Zarazaga, un trianero que vive en San Jacinto, y que anda también en su vida detrás de un Cristo. Mejor dicho: detrás de Cristo.

Nos incorporamos primero al río alborotado que es el “Jueves”; torrente humano de oleajes encontrados, por el cauce central de la calle, entre las dos riberas de puestos callejeros, en que se exhiben, sobre la acera o sobre mesas y cajones, los más diversos e inverosímiles objetos. Todo revuelto.

Porque a Cristo —¡qué lección!— se le puede encontrar entre tuercas y clavos, chatarra oxidada, ropa vieja, zapatos y libros, muñecos rotos o litografías románticas. La cosa es saber buscarlo: porque Cristo anda y está entre todas las cosas de este revuelto e inverosímil “rastro” que es la vida.

Pero aquella mañana no lo encontramos en el “Jueves” de Sevilla. Y nos aventuramos por su prolongación: “La Casa del Artista”.

Más fácil encontrar allí a Cristo. Pero, mucho más caro. Es zona ya de “anticuarios”. Es el Cristo con impuestos de lujo. El Cristo que han encarecido los dólares del turista americano.

Porqué desde que se intensificó el turismo también Cristo está más caro.

Por eso entramos en aquel sector internacional y peligroso con prevención y alerta.

Visitamos inútilmente dos o tres tiendas: ni un Cristo asequible.

Andábamos por la tercera o cuarta…

Yo confieso que me siento a gusto en medio de ese delicioso desorden de cosas bellas, ricas y nobles. Teniendo cuidado de no tropezar con una porcelana o no pisar un bajorrelieve …

—¿Quiere algo el Padre? —me preguntó obsequioso el anticuario.

—Dar una vuelta nada más por la tienda. Mirar, ver…

—No faltaba más, Padre, pase y vea.

Iba como de puntillas en aquel universo encantado: bargueños, porcelanas, tapices, tallas, tibores, mármoles, azulejos, damascos, cerámica… y santos, santos; muchos santos. De todos los tamaños, estilos y procedencias. Parecía una “liquidación” de santos. La santidad puesta en venta. Nunca se ha negociado tanto con ellos. Pero no por lo que tienen de santos, sino por lo que tienen de bellos o exóticos. Es un signo de la época.

Y nunca se han falsificado tantos santos.

Ni tantos ángeles. Se han puesto de moda los ángeles barrocos como motivo ornamental. De la altura gloriosa de un retablo han caído hasta el servilismo humillante de sujetar una bombilla eléctrica…

Hoy que tanto escasean los ángeles de carne, poblamos de viejos ángeles policromados la decoración civil de casas, hoteles y paradores de turismo…

¡Cuántos ángeles caídos!

Pensaba todo esto, cuando de pronto, frente a mí, acostado sobre una mesa con incrustaciones, vi un Cristo sin Cruz.

Iba a lanzarme sobre El, pero frené mis ímpetus, no fueran a delatar mi interés por aquel objeto ante los ojos del anticuario que perseguía todos mis movimientos.

Disimulé. Di un rodeo. Me acerqué de nuevo discretamente. Miré el Cristo de reojo… Y, ¡me conquistó desde el primer instante!

Claro que no era precisamente lo que yo buscaba. Era un Cristo todo roto. Pero esta misma circunstancia me encadenó a Él. No sé por qué.

Fingí interés primero por los objetos que le rodeaban y los tomé en mis manos, para dejarlos en seguida: un marfil, un cobre, una miniatura. Hasta que mis dos manos se apoderaron del Cristo. Dominé mis dedos para no acariciarlo …

No me habían engañado los ojos, no; debió ser un Cristo muy bello. Porque ahora, casi, casi, no era Cristo.

Era un impresionante despojo mutilado.

Por supuesto, no tenía Cruz. Le faltaba media pierna, un brazo entero; y aunque conservaba la cabeza, había perdido la cara… Pero en lo que restaba de aquel bello cuerpo, había tales proporciones, tan serena y perfecta anatomía, tal esbeltez de torso y piernas, tan sobriamente tratado el paño de su cintura, que desde el primer momento me decidí a quedarme con Él.

Volví a acostarlo —con más cuidado ahora, como si se pudiera lastimar— sobre la mesa en que estaba antes. Y seguí examinando, sin verlos, marfiles, maderas, porcelanas…

Pero yo seguía pensando: ¿Será muy caro?

Imposible. Si está todo roto. ¿Habrá notado el anticuario mi interés por el Cristo y querrá aprovecharse?

¿Tendré que quedarme también en mi vida sin este Cristo por falta de dinero? ¡Me ha pasado tantas veces!

Había que decidirse y abordar el problema. Pregunté primero el precio de un camafeo, luego el de un marfil. Fingí disgusto:

—Lástima: es todo muy caro…

—¿Caro? Pues, ¿cuánto me da usted?

No contesté. Pensaba en el Cristo. Me decidí. Lo tomé en mis manos; y adoptando una absoluta indiferencia le pregunté: —Y, ¿esto?

No me atreví a llamarlo “Cristo”. Estaba tan mutilado. Era casi más una “cosa”, que un “hombre”.

—Y, ¿esto?

Tal vez preguntando así lograría un precio más económico.

Pero me equivoqué.

Se acercó el anticuario. Tomó el Cristo Rotó en sus manos y exclamó:

—¡Oh, es una magnífica pieza! Se ve que tiene usted gusto, Padre, y sabe valorar las cosas. Ya lo creo; fíjese qué espléndida talla, qué buena factura. Este Cristo es, sin duda, de un buen escultor. Al menos de buena escuela.

Y la verdad es que tenía razón en todo lo que decía. Estábamos dé acuerdo. Yo traté de rebajar los méritos por otro camino.

—Sí, pero está tan roto, tan mutilado. Le faltan un brazo y una pierna. Ni siquiera tiene cara—No time importancia, Padre. Aquí al lado hay un magnífico restaurador, amigo mío, que se lo deja a usted nuevo. Este Cristo, restaurado, se lo digo yo, es una pieza de Museo.

Exageraba. Temblé. Me iba a quedar sin Cristo otra vez.

—Bueno; y, ¿qué precio tiene?

Volvió a ponderarlo, a alabarlo; lo acariciaba entre sus manos. Pero no acariciaba a Cristo, no: acariciaba la mercancía que se le iba a convertir en dinero. Aquello me dolió más. Insistí:

—¿En cuánto me lo vende?

Dudó. Hizo una pausa. Miró por última vez al Cristo. Fingió que le costaba separarse de él; y me lo alargó en un arranque de generosidad, diciéndome resignado y dolorido:

—Tenga, Padre; lléveselo; no es dinero, lléveselo. Por ser para usted —y conste que no gano nada—, tres mil pesetas nada más. ¡Se lleva usted una joya!

Me quedé con las manos en el aire, extendidas y pasmadas, sin acabar de coger el Cristo.

—¿Tres mil pesetas? ¡Qué disparate! Es carísimo…

Y volví la espalda tratando de interesarme en no se qué objeto que quedó frente a mí.

—¿Muy caro dice? Pero ¿usted, se ha fijado bien en lo que se lleva?

—Naturalmente —dije yo sin volverme—. Es carísimo.

Y así, de espaldas, empezamos, el anticuario y yo, a regatear sobre un Cristo. Él, el vendedor, exaltaba las cualidades de Cristo para mantener la cifra. Yo, sacerdote, le mermaba méritos al Cristo para rebajar el precio.

Me estremecí de pronto en medio del regateo. Disputábamos el precio de Cristo como si fuera una simple mercancía. Volcábamos sobre Cristo la lucha vil de la oferta y la demanda.

Y me acordé, claro, de Judas.

¿No era aquello, también, una compraventa de Cristo? Sí, es verdad, de un Cristo de madera. Pero cuántas veces vendemos y compramos a Cristo —no de madera, de carne— en Él y en nuestros prójimos.

Nuestra vida es muchas veces una compraventa de Cristos.

Indudablemente Judas quería más y los sacerdotes le ofrecían menos. Como yo entonces.

Y Judas fingía irse —¡como yo!—, para volver de nuevo al regateo. Y los sacerdotes simulaban no interesarles tanto el comprar a Cristo —¡como yo entonces!— para volver otra vez a insistir en el precio.

Total: lo de siempre; cedimos los dos. Nos avenimos los dos. Como Judas y los sacerdotes judíos. El anticuario, calculadamente, había pedido demasiado, para no perder tanto con la rebaja ya prevista. Yo conseguí nivelar el precio.

Y el que perdió, como en Judas, como siempre, fue Cristo.

Resultó depreciado; porque de las tres mil iniciales en que había sido valorado, me lo rebajaron a ochocientas pesetas.

Indudablemente el anticuario hizo negocio, como siempre, con aquel Cristo.

Y yo pagué por Él ochocientas pesetas.

Me lo entregó medio enfundado en un mal papel viejo y arrugado que no lograba envolverlo del todo.

¿Para cuántos diversos paquetes habría sido ya usado aquel papel?

Antes de despedirme le pregunté si sabía la procedencia del Cristo y la razón de aquellas terribles mutilaciones.

En su información, tan vaga e inconcreta como suelen serlo las de ciertos anticuarios, mi dijo que procedía de un pueblo —no recordaba el nombre— de la Sierra de Aracena, en Huelva. Y que las mutilaciones se debían a una profanación de que había sido víctima allá por el año treinta y seis, cuando lo de la guerra española…

Me lo había imaginado desde el principio.

Apreté a mi Cristo con cariño y salí con Él a la calle. Me acompañaba Pepe Zarazaga.

***

El artista restaurador que me recomendó el anticuario estaba cerca.

Entramos.

Le enseñé el Cristo. Y volvimos a hablar de dinero:

—¿Cuánto me cobraría usted por restaurar este Cristo?

El restaurador tomó la talla rota en sus manos, la examinó en silencio, le dio mil vueltas.

—Está estropeadísimo. Le faltan muchos miembros. Tengo que reponerle una pierna y un brazo enteros. Restaurarle casi todos los dedos que le han quedado astillados al arrancarlo de los clavos; repasarlo todo para igualar la talla… Ponerlo en una Cruz. Y, sobre todo, esto es lo comprometido, tallarle, entera, la cara.

Ante esta prolija enumeración me eché a temblar. Trataba de justificar su precio. Insistí seco y tajante:

—Bueno, y ¿cuánto me cobra en total?

—Pues, verá usted; dejándoselo nuevo… Es un precio especial, me ha gustado la talla y le he tomado cariño al Cristo; por ser para usted, serán solamente mil quinientas pesetas.

—Muy caro.

—Es mucha obra. Está destrozado. Mírelo.

—Aun así, es muy caro.

Traté inútilmente de provocar un regateo. Fue inútil esta vez. No conseguí rebaja ninguna.

Me costaba más restaurar un Cristo que hacerlo de nuevo. Lo de siempre. ¡Qué misteriosa y profunda verdad!

Me acordé de la posibilidad de otros amigos restauradores que me lo harían más barato seguramente.

—Lo pensaré—le dije—. Y volveré por aquí. —Como usted guste. Ya sabe dónde me encuentra.

***

Envolví de nuevo al Cristo en el papel viejo y escaso y salí a la calle, acompañado siempre por Pepe Zarazaga.

Pepe se ofreció primero a llevarme el Cristo. Luego me lo suplicó, insistente. Yo no se lo cedí. Fui un egoísta. Lo confieso.

Yo saboreaba la posesión de aquel “Cristo Roto” que al fin era “mío” y lo apretaba contra mí amorosamente.

Con aquel mal envuelto paquete debajo del brazo avanzábamos, Pepe y yo, comentando la compraventa, por el laberinto bullicioso de las calles sevillanas.

Era al atardecer. Cerraba el comercio. Obreros, muchachas, dependientes, oficinistas, regresaban con prisa a sus casas. Les esperaba el cine, el amigo, la novia, el bar, el paseo…

Íbamos a contrapelo de aquel mundo enfebrecido. Costaba avanzar por las calles estrechas.

Había que abrirse paso entre roces y empujones. Yo defendía a mi Cristo.

Alguien, al pasar, tropezó con mi paquete y rompió más aún el escaso papel del envoltorio.

Yo no lo advertí entonces.

Pero al poco tiempo, al salir a calles más espaciosas y menos congestionadas, caí en la cuenta de que los transeúntes me miraban insistentemente con ojos extraños e interrogantes.

—¿Por qué nos mirarán? —le pregunté a Pepe. Pepe volvió la cara y me examinó de arriba abajo. —Por el Cristo; mire cómo lo lleva. Padre.

Efectivamente, roto el papel que mal lo envolvía, quedaba al aire la parte más mutilada de mi Cristo: un torso destrozado sin brazo derecho y sin cara… Al aire. En una triste y cruel exhibición.

Me estremecí. Por las calles de Sevilla yo paseaba, debajo del brazo, a medio envolver, el cadáver yerto y destrozado de un Cristo sin cara…

Me sentí culpable. Verdugo. Profanador.

Como si hubiera violado el sepulcro de Cristo y raptado su cadáver.

Traté de envolverlo cuidadosamente, uniendo los papeles rasgados y ocultando pudorosamente a las miradas callejeras e indiscretas los miembros mutilados de mi pobre Cristo Roto.

Eché de menos la sábana blanca en la que Nicodemo y José de Arimatea llevaban envuelto camino del sepulcro nuevo, otra tarde trágica, la del primer Viernes Santo, el cuerpo de Cristo …

Y le dije a mi amigo:

—Tú, Pepe, serás José de Arimatea; y yo, Nicodemo, por las calles de Sevilla. Anda, llévalo un rato.

Y le dejé mi Cristo.

—¿No te parece, Pepe, que todas las tardes son tardes de entierro, perpetuamente, para Cristo?

Nos miraban antes los transeúntes extrañados porque llevábamos por la calle, sin envolver, un Cristo Roto …

—Pepe, fíjate, observa; ¿no crees, Pepe, que muchos, muchos de estos hombres y mujeres con que nos cruzamos, pasean por la calle un Cristo Roto invisible? El Cristo Roto de su alma, más roto y más mutilado que el nuestro. ¿Verdad que sí, Pepe?

Cerraba el comercio. Coches, taxis, trolebuses, motos, gasolina.

La gente salía del trabajo; obreros, empleados, dependientes, señoritos, oficinistas… Marchaban a toda prisa al cine, a casa, al paseo, al bar, a la cita de la novia… ¡Con un Cristo Roto debajo del brazo! ¡Con el alma rota!

Esta alma nuestra, que creemos esconder y disimular en la envoltura de nuestro cuerpo, pero que siempre, por algún sitio, por alguna rotura —ojos, labios, manos, gestos—, nos traiciona y muestra al desnudo sus miserias…

Incapaz el cuerpo, papel sucio y viejo, de envolver el alma.

—Mira, mira, Pepe; todos somos y caminamos como un paquete mísero de un Cristo Roto.

Pepe, ¿cuándo acabaremos de enterrar a Cristo? ¿Cuándo dejará de ser Viernes Santo? Para que resucite, Pepe. ¡Para que resucite!

***

Al cabo, ya de noche, cerré la puerta de mi habitación y me encontré solo, cara a cara con mi Cristo.

Había dejado el paquete, tal como venía de la calle, encima de mi mesa; sin disponer de tiempo, acaparado por las ocupaciones, para contemplarlo y disfrutarlo sabrosamente.

Ahora sí. Porque al cerrar la puerta de mi cuarto, pude también cerrar con ella todas las puertas de las preocupaciones, compromisos, visitas, llamadas telefónicas…

Todo quedó fuera en la noche, detrás de mi puerta cerrada.

Sobre mi mesa el Cristo Roto.

Me acerqué al paquete; y cuidadosamente, con tacto de enfermero que descubre una llaga, libré a mi Cristo de la arrugada envoltura, con miedo de lastimarlo… ¡Podía hacerle daño en tantos sitios! Todo El era una llaga en carne viva.

Aplasté el papel entre mis dos manos y tiré la bola arrugada a la papelera.

Miré al Cristo desnudo. Libre ya de envolturas. ¡Qué ensangrentado despojo mutilado!

Y me dio la impresión de que había tirado al cesto una venda. ¿No tendría sangre por algún sitio?

Pobre Cristo. Un poco más y deja de ser Cristo.

Era mío. Lo había comprado por ochocientas pesetas. Quise entrar en su posesión sellándola con un beso. Un beso que borrara el precio y el regateo. Un beso —el primero— de bienvenida a mis brazos y a mi vida.

Lo levanté entre mis dos manos y lo acerqué a mis labios. Pero el beso me preguntó: ¿En dónde? ¿En qué parte me poso, que no esté rota?

Yo nunca me he atrevido a besar a un Cristo en la cara. ¿Quién es digno? Me parece repetir el gesto de Judas que se atrevió a su mejilla… Le beso las manos. Las llagas.

Y siempre los pies. Los dos. Porque casi siempre están tan juntos, que con un solo beso, como un solo clavo, le atravieso los dos pies.

Pero, ahora… Ahora le faltaba la pierna derecha; y no estaba completo el pie izquierdo, el único que le dejaron.

Allí se posaron mis labios.

Fue un beso nuevo, extraño, incómodo.

Mis labios no encontraron el molde conocido y saboreado de los pies de Cristo.

No sabían besar aquel solo pie roto. Sin compañero y sin clavo. No sosegaba mi boca en la posesión del beso.

Me daba la impresión de que los labios se me llenaban de astillas y de sangre.

Y, sin embargo, desde que lo probé, prefiero el beso incómodo y punzante sobre el único pie izquierdo y astillado de mi pobre Cristo Roto.

Pero, antes de continuar, amigos televidentes, os voy a enseñar mi Cristo.

Supuse que al oírme hablar de Él, os iba a interesar conocerlo. Y lo he traído a los Estudios de Televisión Española.

Este es. Miradlo. “Ecce Homo”. ¡He aquí al Hombre! ¿A que os gusta?

¿Verdad que es muy bello?

Qué perfecta anatomía en su pecho, en su torso, en su vientre. Qué sobria y discretamente tratado el paño de su cintura. Qué esbelta y proporcionada su pierna. Qué elegante y fino el brazo. Qué varonil y apretada su musculatura.

Pero, claro, le falta entero su brazo derecho. El izquierdo lo tiene mal adherido al hombro; y la mano quedó partida al arrancársela violentamente del clavo…

Le falta la pierna derecha, seccionada por la mitad del muslo. Conserva la izquierda, pero pagada aprisa y sin cuidado.

Y, sobre todo, está sin cara. Se la rebanaron literalmente. Cristo sin rostro. Cristo anónimo. Fantasma.

Pero es muy bello, ¿verdad? Aunque muy triste.

***

Así, con amorosa pena, como vosotros ahora, lo estaba yo contemplando entre mis manos aquella primera noche, en mi cuarto, solos los dos, después del primer beso.

¿Quién lo mutilaría tan cruelmente, el año treinta y seis, en la Sierra de Aracena?

Yo no sé si habrá en la historia un año en que hayan perecido tantos Cristos, y tan bellos. Por el hacha, por el petróleo, por el fuego. Para alimentar la calefacción. O cebando un horno para cocer el pan.

Imposible hacer un cálculo.

Sólo Dios tiene completa la estadística de los Cristos sacrificados.

***

Y los Cristos que entonces se salvaron, siguen condenados a muerte por el Comunismo. Están los primeros en la lista negra.

Aunque, tal vez no.

El Comunismo ha cambiado de táctica.

No le resulta práctico quemar Cristos.

Está ya muy visto.

Y, sobre todo, muy mal visto. No es buena política exterior.

Hoy prefiere el Comunismo respetar a los Cristos —que al fin son imágenes de madera o de pasta— y atacar la claridad de las ideas y los criterios.

Hoy el Comunismo no usa ni el petróleo, ni el hacha, ni el fuego. Hoy maneja la niebla. Una niebla que borre contornos, que elimine fronteras, que desvirtúe límites. Una niebla que insensibilice y adormezca. Crear una mentalidad nebulosa en que tengan igual valor la verdad y la mentira. Porque ya no se sabe cuál es la verdad; porque ya no se tiene miedo a la mentira; porque se ha logrado el más peligroso y corrosivo fruto de una arriesgada convivencia para incautos: no saber dónde empieza el mal y dónde acaba el bien. Desprestigian la verdad a fuerza de obligarla a convivir con la mentira. Y desprestigiada la verdad, ¿qué le importa al Comunismo que el mundo esté lleno de imágenes de Cristo, si ya ha matado la más viva imagen de Cristo que es la Verdad?

Hoy, envueltos en la niebla equívoca de la convivencia, corremos el riesgo de no saber dónde está el enemigo agazapado.

Yo prefiero aquel Comunismo que quemaba y mutilaba Cristos. Que no disfrazaba ni disimulaba su odio a Cristo. Tiemblo ante un Comunismo refinado que sigue odiando a Cristo y que tolera y aguanta calculadamente a los Cristos. Que se profesa ateo oficialmente y que oficialmente pone telegramas al Vaticano. Que oprime a la Iglesia esclavizada en sus dominios y que halaga en el extranjero a la Cabeza Visible de esa misma Iglesia.

Un Comunismo que ha llegado a erigirse frente a los mismos Obispos en intérprete de las Encíclicas de Roma tras el telón de acero.

Antes quemaba las Encíclicas. Ahora las alaba interpretándolas a su estilo. Ahora el Comunismo, con las Encíclicas en la mano, acusa a los Obispos Católicos de no entenderlas ni cumplirlas.

Por eso al Comunismo le molesta que yo os enseñe por Televisión este Cristo Roto: Un mutilado superviviente de su táctica desacreditada.

Un testigo vivo de lo que fue el año treinta y seis.

Este Cristo Roto es la mayor acusación contra el Comunismo.

***

Así discurría yo aquella primera noche de mi primer contacto con mi Cristo recién comprado.

Y obsesivamente, como si me traicionara mi inconsciente culpable y criminal, le pregunté dolorido, casi en alta voz:

—Cristo, ¿quién fue el que se atrevió Contigo? ¿No le temblaban sus manos cuando te astilló las tuyas arrancándote brutalmente de la Cruz? ¿Qué cara puso cuando te partió la cara? ¿Qué ha sido de él? ¿Vive todavía? ¿Dónde? ¿En la Sierra de Aracena? ¿Que haría hoy si te viera en mis manos? ¿Se arrepintió?

—¡Cállate!—me cortó una voz invisible y tajante—. Cállate. Preguntas demasiado…

Comprendí que la voz era de mi Cristo. Lo tenía entre mis manos. Clavé los ojos en su cabeza buscando sus labios, fuente de su voz. Y me quedé paralizado al verificar que no tenía cara. Que me hablaba sin labios.

—¡Cállate, no preguntes más! —insistía su voz, más honda y susurrante.

Yo miraba en pasmo la superficie lisa de su rostro rebanado, en donde hubo un día ojos, oídos y boca.

¡Qué tonto! A veces nos olvidamos de lo elemental. Dios no necesita labios para hablarnos. Ni nosotros tampoco para gritarle a Dios.

Hay quien cree que no reza porque no mueve los labios; y tal vez está su corazón en perpetuo diálogo con Dios. Hay quien cree que Dios le va a oír mejor porque ha convertido sus labios en una incansable y rutinaria máquina de rezos, mientras su corazón está en otra parte.

¡Qué elocuentemente me hablaba mi Cristo sin labios! Su voz era irresistible. Y eso que parecía mudo. Nunca he tenido un Cristo que me hablara tanto.

—¡Cállate!

Su voz era mansísima; pero acerada y acosante:

—¡Cómo sois los hombres! Cuando se trata de los pecados ajenos, no se os agotan ni las preguntas, ni la curiosidad. Si es un escándalo público lo aprovecháis para desviar hacia él, liberándoos de ellas, vuestras propias ocultas responsabilidades. Pero, sobre todo, ¡cómo os cuesta a los hombres aprenden a olvidar! ¡Cómo sois! Creéis que tengo un corazón tan pequeño y mezquino como el vuestro, que no acaba nunca, plenamente, de olvidar y perdonar. Cállate ya. No me preguntes ni pienses más en el que me mutiló. Déjalo. ¿Qué sabes tú? ¿Qué sabéis los hombres? Déjalo. Respétalo. Yo ya lo perdoné. Olvidé lo que hizo. Yo me olvido instantáneamente y para siempre, de sus pecados, cuando un hombre se arrepiente. Yo perdono de una vez no por mezquinas entregas, con olvido infinito. Sin volver más a recordarlo. ¡Déjalo!

—Sí, Señor; enséñame a olvidar y a perdonar. Pero mi Cristo seguía hablándome:

—Oye, ¿por qué ante mis miembros rotos evocas el recuerdo de los que en la guerra del año treinta y seis mutilaron mis imágenes y no se te ocurre recordar a tantos y tantos que ofenden, hieren, explotan y mutilan a sus hermanos, los hombres, en la posguerra? ¿Cuál crees que es mayor pecado: mutilar una imagen de madera que solamente me representa, o mutilar una imagen mía, viva, de carne, en la que palpito yo por gracia del Bautismo y la incorporación a la Iglesia? Os olvidáis de que todos los bautizados sois auténticos Cristos y unos a otros os hacéis daño, os traicionáis, os echáis zancadillas, os perseguís, os odiáis, os crucificáis… ¿No es peor mutilar a un Cristo vivo que a su imagen de madera? ¡Hipócritas! Os rasgáis las vestiduras ante el recuerdo del que mutiló mi imagen de madera, mientras le estrecháis la mano o le rendís honores al que mutila, física o moralmente a los Cristos vivos, que son sus hermanos.

***

Yo estaba confuso, sin habla. La voz de Cristo, perceptible, en un susurro afilado, se me clavaba implacable y acusadora. Me acorralaba.

Por salir de ese cerco angustioso, por quedar bien con mi Cristo Roto, y por hacerle olvidar sus mutilaciones, se me ocurrió decirle:

—Es verdad, Señor; todos te hemos mutilado millones de veces. Perdónanos. Yo, por mi parte, si tú lo apruebas, tengo un plan…

—¿Cuál?

Mi Cristo se interesaba por mi propuesta. Yo me sentía más tranquilo y cómodo: había logrado desviar hacia otro cauce la voz indomable del Cristo que denunciaba nuestro fariseísmo. Y traté de darle más importancia aún a mi sugerencia. Insistí —¡qué ridículos somos los hombres!— para ganarme a Cristo y pasarlo a mi bando.

—Tengo un plan, Señor, que te va a gustar. Se trata de Ti mismo… ¿No lo adivinas?

—Dilo de una vez —me atajó el Cristo Roto—; no quieras envolverme, como a un pobre hombre, en la red del halago y la palabrería. ¿Qué se te ha ocurrido? Dilo.

—Te voy a mandar restaurar. No quiero, no puedo verte así destrozado. Restaurándote, pensaré que te desagravio por mí y por los demás. Ya verás qué bien vas a quedar. Aunque el restaurador me cobre mil quinientas pesetas. No las tengo; pero las buscaré. Tú te lo mereces todo. Me duele verte así. Mañana mismo te llevo al taller del restaurador. Aquel que está en “La Casa del Artista”, junto al “Jueves”, donde te compré. Me dijo que se comprometía a dejarte perfecto. Ya verás, Señor; te pondrá un brazo nuevo, te tallará otra pierna derecha, te completará los dedos que te faltan en pies y manos. Te retocará e igualará todo en tu encarnadura. Estás acribillado de raspaduras y arañazos. Y, sobre todo, ya verás, te labrará un rostro maravilloso; una cara de Hombre-Dios, para que me mires y para que yo te mire y te contemple. Te restauraré para tener un Cristo Completo. No un Cristo Roto. Aunque me cobrara el doble. No puedo verte así. Me duele. Es la primera y última noche que estás mutilado siendo mío. Mío, tienes que ser y estar completo y perfecto. ¿Verdad que apruebas mi plan? ¿Verdad que te gusta?

No. No me gusta —contestó el Cristo seca y duramente—. Eres igual que todos. Me has defraudado. Y hablas demasiado.

Efectivamente, en su voz se quebraba el desengaño.

Yo me comprendía egoístamente mezquino y culpable. No supe ni pude replicar.

Hubo una pausa de silencio como un pozo negro e insondable.

Lo tenía en mis manos y sin embargo me sentía infinitamente lejos de mi Cristo. No coincidían nuestros pensamientos.

Una orden, tajante como un rayo, vino a decapitar el silencio angustioso:

—No me restaures. ¡Te lo prohíbo! ¿Lo oyes?

Yo le aseguré temblando y azorado:

—Sí, Señor, te lo prometo; no te restauraré.

Estaba desconcertado; nunca pude sospechar que un Cristo Roto pudiera hablarme con tanta entereza y energía.

Luego suavizó inmensamente el tono de su voz y añadió como quien pide una limosna:

—Gracias. ¡Te suplico que no me restaures!

Si el mandato anterior me había pulverizado, la súplica de ahora acababa por conquistarme definitivamente.

Sólo Dios, sólo un Cristo, dispone de esos inclasificables tonos de voz.

—Descuida, Señor. Puedes estar seguro de que no volveré a pensar más en restaurarte.

—Gracias —me contestó el Cristo, acariciándome con su voz de mansísimo agradecimiento—. Gracias.

Su tono volvió a darme confianza, y me atreví a preguntarle: —¿Por qué no quieres que te restaure? No te comprendo. —Ya lo veo… —replicó lejanamente triste.

—¿No comprendes, Señor, que va a ser para mí un continuo dolor, cada vez que te mire, tenerte roto y mutilado? ¿No comprendes que me dueles?

—Eso es lo que quiero: que al verme a Mí roto, te acuerdes siempre de tantos hermanos tuyos que conviven contigo, desconocidos y lejanos, y que están como Yo, rotos, aplastados, indigentes, oprimidos, enfermos, mutilados… Sin brazos, porque no tienen posibilidades ni medios de trabajo; sin pies, porque les han bloqueado los caminos y no pueden dar un paso adelante por la vida; sin cara, porque les han quitado la honra, el honor, el prestigio. Todos los olvidan y les vuelven la espalda… ¡No me restaures! A ver si viéndome así te acuerdas de ellos. Y te duelen. A ver si así, Roto y Mutilado, te sirvo de clave para el dolor de los demás.

—Sí, Señor. Ahora empiezo a comprenderte. No te restauraré jamás.

La voz de mi Cristo seguía sonando aquella noche de Sevilla, en la soledad de mi habitación, como el eco de una viejísima queja eterna…

—Mira: hay muchos, muchísimos cristianos, que se vuelcan en devoción, en besos, en luces, en flores, sobre un Cristo bello y se olvidan de sus hermanos, los hombres: Cristos feos, rotos y sufrientes. Y eso yo no lo acepto. Ahora mismo, en estos días últimos de Cuaresma y en los próximos de Semana Santa, en todas las ciudades españolas —Sevilla, Valladolid, Bilbao, Málaga, Madrid, Zamora, Barcelona, Murcia, Cuenca, en todas—, se extreman las manifestaciones de cariño para todos los bellos Cristos Crucificados… Pero esto no basta. Esto no vale, si falta el amor al prójimo sufriente, al hermano pobre, al Cristo de carne, crucificado y roto.

Por mi ventana entreabierta se metía en mi habitación la noche de Sevilla, tibia ya de jazmines, envolviéndonos en su perfume al Cristo y a mí.

La noche se me pobló de bellísimos Cristos españoles, desfilando, entre cirios y claveles, por todas las calles de España. Había un lejano fondo musical de órganos, de trompetas, de bandas de música, de aceradas saetas…

La voz de mi Cristo Roto se hizo aún más triste:

—Hay muchos cristianos que tranquilizan su conciencia besando a un Cristo bello, obra de Arte y de Museo; mientras ofenden, mutilan o roban, al pequeño cristo de carne que es su hermano… Esos besos me repugnan y dan asco. Los tolero y los aguanto, forzado, en mis pies de imagen tallada en la madera. Pero me hieren el Corazón. Tenéis demasiados Cristos bellos, demasiadas obras de arte de mi Imagen Crucificada, demasiados Cristos Completos, Perfectos, Apolíneos… Y estáis en peligro de quedaros en la obra de arte. Un Cristo bello puede ser un peligroso refugio donde esconderse en la huida del dolor ajeno, tranquilizando al mismo tiempo la conciencia con un mentiroso amor a Dios Crucificado. Por eso deberíais tener más Cristos Rotos, más Cristos Mutilados. Uno, a la entrada de cada Iglesia; uno, en cada Semana Santa procesional; que os gritaran siempre, con sus miembros partidos y su cara sin formas, el dolor y la tragedia de mi segunda Pasión, en mis hermanos, los hombres… Por eso, te lo suplico, no me restaures… Déjame Roto. Aguántame Roto junto a ti, aunque amargue un poco tu vida. ¡Bésame Roto!

—Sí, Señor, te lo prometo. No habrá fuerza que te arranque de mí. Y un beso, sobre su único pie astillado, fue la firma de mi promesa.

—”Desde hoy viviré con un Cristo Roto”.

La noche de Sevilla lo besó también con invisibles labios de jazmines y damajuanas desveladas.

Pero desde esa noche yo no soy el mismo.

Algo se me ha grabado en la retina con adherencia eterna: la silueta de un Cristo roto.

La proyecto y la superpongo sobre todas las cosas.

Desde esa noche, no puedo ver un Cristo bello de España, sin proyectar sobre su armoniosa belleza Crucificada —Montañés, Mena, Alonso Cano, Velázquez, Mesa, Zurbarán, Greco, Ruiz Gijón—, el esquema mutilado, astillado y mudo de mi “Cristo Roto”. Desde aquella noche yo sé que en cada hermano palpita vivo un “Cristo Roto” de carne.

Hasta mañana.

Buenas noches, amigos.

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1 comment on “Mi Cristo Roto – Ramón Cue S. J. – Compraventa de Cristos (I)

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