“Poder reco­rrer y tra­ji­nar todas las calles, sen­tarse en todos los metros, subir todas las esca­le­ras, llevar al Señor a todas partes: ¿habrá aquí o allá un alma que haya guar­dado su fra­gi­li­dad humana frente a la gracia de Dios, un alma que se haya olvi­dado de aco­ra­zarse de oro y de cemento?

Y des­pués rezar, rezar como se reza en medio de los otros desier­tos, rezar por toda esa gente, tan cer­cana a noso­tros, tan cerca de Dios.

Desierto de mul­ti­tu­des: hun­dirse en la marea humana como en la arena blanca.
Ese amor que nos habita, ese amor que esta­lla en noso­tros, ¿acaso no nos ha de mode­lar?

Señor, Señor, que al menos esta cor­teza que me cubre no sea para ti una barrera. Pasa.

Mis ojos, mis manos, mi boca, son tuyos.

Esta mujer tan triste frente a mí: te ofrezco mi boca para que le son­rías.

Este niño casi gris de pálido: aquí están mis ojos para que lo mires.

Este hombre tan can­sado, tan ago­biado, he aquí mi cuerpo entero para que le des mi asiento, y mi voz para que le digas con enorme dul­zura: “Sién­tese”. Este mucha­cho tan estú­pido, tan tonto, tan duro; ten mi cora­zón para que lo ames con él, más fuerte de lo que jamás lo han amado.

Misio­nes en el desierto, misio­nes sin derrota, misio­nes ver­da­de­ras, misio­nes en las que se siem­bra a Dios en medio del mundo, con la cer­teza de que Él ger­mi­nará en alguna parte porque: “Donde no hay amor, poned amor y cose­cha­réis amor.” (…)

A la pala­bra de Dios no la lle­va­re­mos al fin del mundo en una maleta: la lle­va­mos en noso­tros mismos, se tras­lada en nues­tro inte­rior.”

– Madeleine Delbel – Hermana Magdalena de Jesús

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