El infierno terrestre y el arco invertido

Primer domingo de Cuaresma B

«Descendió a los infiernos»

Es tal vez uno de los artículos de fe que, en estos tiempos, menos llama la atención de los creyentes, pero sin embargo, este movimiento muy vertical hacia abajo describe de manera extraordinaria el misterio que estamos reviviendo con la ayuda de Dios, en la santa Cuaresma.

Al entrar en el mundo, hombre entre los hombres, el Hijo de Dios descendió verdaderamente a lo humano, antes que nada bajó dentro de la fragilidad de nuestras limitaciones de criaturas que nacen, viven y mueren.

Pero lo humano es también, y sobre todo, la mezquindad de nuestra libertad traicionada, de nuestra incapacidad de ver, comprender, amar… y el Hijo de Dios llega hoy hasta aquí.

Sin conocer el pecado, Jesús asumió todas las consecuencias del pecado.

«Descendió a los infiernos»: Este artículo del “Credo” se refiere principalmente al pasaje de su muerte, cuando en el aparente silencio del Sábado Santo, mientras que su cuerpo fue engullido por la tumba, en espíritu el Cristo descendió a las profundidades de la muerte, completando así lo que él había hecho en la tierra de los vivos.

Incluso en el reino de la oscuridad, a las almas de todos los que se habían hundido en la muerte desde Adán, Jesús pasó, anunciando que el Reino se había vuelto cercano, muy cercano, cercano también a aquellos que con su muerte llegaron tan lejos de la luz y de la vida.

Ese pueblo inmenso e innumerable, que caminaba no metafóricamente en la oscuridad de la muerte, vio una gran luz: Jesús pasó al sheol, curando y beneficiando, sanando y devolviendo la vida.

Pero esta verdad, “descendió a los infiernos” comienza a desarrollarse mucho antes del Sábado Santo, porque —no es necesario esconderlo— el infierno no es solo la oscuridad que envuelve la otra vida. También hay un “infierno terrestre”, un infierno que llevamos dentro de nosotros, que tenemos en nuestros corazones.

Lo experimentamos cuando la obstinación de nuestro pecado nos aleja del amor de Dios, cuando nos hundimos en la soledad del orgullo, cuando la presunción de la soberbia nos ciega a la luz de Dios, cuando la impureza y la sensualidad egoísta, nos impiden de disfrutar del amor verdadero, porque solo los puros de corazón pueden ver a Dios.

Hoy, al entrar con la Iglesia en el desierto de la Cuaresma, reconocemos la trayectoria de este descenso del Hijo de Dios dentro del humano, de infierno en infierno, comenzando con el desierto de la tentación.

El desierto es el lugar de la cruda verdad, donde el hombre está absolutamente expuesto, no puede apoyarse en soportes, encumbrimientos, protecciones; el lugar de un silencio que grita, de una verdad ardiente, la suma de todos nuestros miedos.

Descendió a los infiernos, comenzando desde el desierto.

El Evangelio usa una expresión fuerte, un verbo bastante violento: “fue dirigido por el Espíritu”, pero literalmente uno debería decir “fue golpeado, fue arrojado al desierto”.

No es necesario hacer una exégesis sofisticada: basta con señalar que en el texto original es el mismo verbo que el evangelista usa para decir cuando Jesús expulsó a la legión de demonios en una manada de cerdos.

Pero fue arrojado… “por el Espíritu”.

La alusión no es accidental. La liturgia nos ha hecho rebobinar la cinta de la narración: volvimos a las orillas del Jordán, donde sobre el Nazareno goteando, después de su inmersión en nuestra condición humana, desciende el Espíritu, el amor puro de Dios, como una paloma suave.

Una imagen amable (la paloma) y una acción violenta (lo arrojó al desierto). La contradicción solo es aparente si comprendemos el misterio oculto, porque estamos hablando del amor: el Espíritu es el amor de Dios.

Quien ha experimentado el amor en su vida, sabe que la contradicción es aparente; sabe que no hay dulzura más suave que el amor, porque el amor atrae, pero no obliga; abruma, pero libremente.

Pero aquellos que aman también saben que no hay fuerza más violenta que el amor, porque el amor lucha, el amor perdura, pelea, espera contra toda esperanza.

Jesús se enfrenta al infierno, empezando por nuestros desiertos, por nuestros infiernos terrenales: entra agarrado por un amor que lo empuja en una batalla cósmica contra las fuerzas invisibles del mal que contaminan nuestro mundo, pero llega atraído por la belleza suave del amor que reconcilia, de la paz que se construye entre el cielo y la tierra.

Si nosotros también pudiéramos dejarnos guiar de esta forma por el amor… Si nosotros también pudiéramos sentir la fuerza suave y abrumadora del amor de Dios desde adentro…

El desierto al que nos conduce hoy Jesús se llama Cuaresma. La liturgia de la Iglesia lo define como un “ejercicio”. Para nosotros hoy, esta palabra tiene sabor a matemáticas, sabor a colegio, pero en su origen es una palabra muy física, muy viril. De aquí viene la palabra “ejército”, porque el ejercicio originalmente identifica el duro entrenamiento de los militares.

Jesús ayuna 40 días en el desierto… podemos buscar todos los significados simbólicos de esta imagen, pero antes que nada siguen siendo una prueba física. Era necesario que fuera así. Es necesario que hoy sea lo mismo para nosotros.

El cuerpo no es algo que “tenemos”: es algo que “somos”. No somos ángeles: somos nuestro cuerpo. El cuerpo es la puerta de entrada a la realidad, incluso la realidad del espíritu.

¿Cómo llega la palabra de Dios a nuestros corazones, si no al pasar primero por los oídos? ¿Cómo podemos contemplar la belleza del amor, si no principalmente a través de los ojos? ¿Cómo puede la carne y la sangre del Señor santificar nuestra alma si no primero a través de la boca y el esófago?

Entonces, no está fuera de lugar que la Iglesia nos entregue la Cuaresma también como ejercicio físico. En esta epoca, ya no somos apoyados por la cultura común, en la práctica de la Cuaresma. Sabemos todo sobre Ramadán y no sabemos nada sobre nuestra Cuaresma. ¿Qué pasa si las cenizas caen en San Valentín o si estamos en pleno festival de Sanremo..?

Empezamos pues también nosotros, como Jesús, por el cuerpo: el ayuno… se hacen muchas charlas sobre el ayuno: el ayuno de televisión… el ayuno de charlas inutiles… palabras, palabras y luego nadie ayuna…

La Iglesia hoy en día, prácticamente no impone reglas sobre el ayuno, por que no estamos más en tiempo de reglas, si no en tiempo de amor.

Comencemos entonces, por ejemplo, con eliminar algunos alimentos en nuestra mesa. Comencemos sacando alguna vez una comida. En algunos días, saltamos un desayuno, un café. Respetando el domingo, que sigue siendo una Pascua semanal, comenzamos una pequeña lucha, que comienza desde la boca para llegar al corazón.

Pero también quisiera decir una palabra sobre otros gestos físicos de nuestra fe. El signo de la cruz… por ejemplo antes de comer. En el comedor del trabajo o cuando comemos con amigos, ¿estamos avergonzados?

La genuflexión, entrando a la Iglesia ante el Santísimo Sacramento… Con la rodilla tocando el suelo, no esa reverencia que las señoritas hacen frente a la reina Isabel. Necesitamos recuperar el contacto con el piso, tenemos que redescubrir el verdadero nivel de lo que somos, para remontar, con alegría, hacia la Pascua. Son solo algunos ejemplos, pero también podríamos hablar de estar de pie o de rodillas, del silencio…

La reflexión no se puede cerrar aquí, sin una referencia al objetivo de nuestro viaje. El próximo domingo lo observaremos mejor escalando con Jesús en el Monte de la Transfiguración.

Pero hay una sugerencia que nos tomamos hoy desde la primera lectura donde se nos habla sobre el arcoiris: el arco iris comienza en la tierra y regresa a la tierra, atravesando el cielo. Era el símbolo del pacto primitivo entre Dios y la humanidad.

Pero ha llegado la epoca del nuevo y eterno pacto. El nuevo arcoiris es Cristo mismo, un arco invertido: del cielo al cielo, pasando por la tierra.

Hoy estamos en plena caída libre. Un tiempo que puede ser difícil y doloroso, no muy apasionante, pero esta no es la trayectoria final…

Juan Andrés Caniato

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