Cuaresma

La verdadera conversión del corazón

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Reflexión del Evangelio del Miércoles de Ceniza:

…el pobre más miserable es quien no acepta reconocerse como tal. Cree que es rico, pero en realidad es el más pobre de los pobres. Esto es así porque es esclavo del pecado, que lo empuja a utilizar la riqueza y el poder no para servir a Dios y a los demás, sino para sofocar dentro de sí la íntima convicción de que tampoco él es más que un pobre mendigo. Y cuanto mayor es el poder y la riqueza a su disposición, tanto mayor puede llegar a ser este engañoso ofuscamiento. … Y este ofuscamiento va acompañado de un soberbio delirio de omnipotencia, en el cual resuena siniestramente el demoníaco «seréis como Dios» (Gn 3,5) que es la raíz de todo pecado. Decía el Papa Francisco en su mensaje para la cuaresma del año pasado. Todos, hemos experimentado la fealdad del pecado y cuanto dista esa vida de la vida divina.

De allí, que es necesario, que nos despeguemos de las cosas de la tierra para volvernos a Él, en el lenguaje ignaciano, ser indiferentes a las creaturas y saberlas utilizar tanto cuanto me ayuden a alcanzar mi Fin, y que dejemos el pecado, que envejece y mata, y retornemos a la Fuente de la Vida y de la alegría: Porque, como dice un autor «Encontré a Dios allí donde me dejé a mí mismo; y allí donde me encontré a mí mismo, perdí a Dios». Es decir, el Señor quiere que busquemos nuestra verdadera conversión del corazón, que no es otra cosa que volvernos cara a Dios, y seguirle por el camino estrecho de la abnegación total, del desprendimiento de las criaturas y de sí mismo, para, como dice san Juan de la Cruz: “En esta desnudez halle el espíritu su descanso, porque no codiciando nada, nada le fatige hacia arriba, y nada le oprima hacia abajo porque está en el centro de su humildad” .

Morir o negarse a sí mismo es dificultoso, y solo se logra mediante un trabajo perenne. Pero, justamente en ese “niégate” está la labor de un alma que solo quiere vivir escondida, que nada quiere para sí, que solo por amores divinos suspira, y que comprende que no sólo la renuncia al mundo quiere Dios, sino que hay otra más difícil que es ésa: la renuncia de uno mismo, la renuncia a algo que llevamos dentro, que no te sé explicar, o algo que de veras estorba. (Santo Hermano Rafael Arnáiz)

Se trata de morir para vivir: Estáis muertos y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Col 3,3), porque la vida de Cristo fue una muerte continua, cuyo último acto y consumación fue la Cruz, por eso es “preciso vivir muriendo” (Imitación de Cristo, L.II, cap.12).

– Morir a los pecados, incluso a los más ligeros y a las menores imperfecciones;
– Morir al mundo y a todas las cosas exteriores; al afán de tener, a los placeres mundanos que a la larga llevan a la desesperación.
– Morir a los sentidos y al cuidado inmoderado de la propia persona (=vanidad)
– Morir al carácter y a los defectos naturales: No hablar u obrar según propio humor o capricho, mantenerse siempre en paz y en posesión de sí mismo;
– Morir a la voluntad propia y al propio espíritu: someter la voluntad a la razón, no dejarse llevar por el capricho o las fantasías, no obstinarse en el propio juicio, saber escuchar, estar siempre alegres con lo que Dios nos da;
– Morir a la estima y amor de sí mismos (= vanagloria), a ser tenidos en cuenta.
– Morir a las consolaciones espirituales, que un día Dios retira completamente, y al alma todo le molesta, todo le fatiga, la naturaleza se queja;
– Morir a los apoyos y seguridades con relación al estado de nuestras almas; experimentar el abandono de Dios.
– Morir a toda pasión desordenada o mal mortificada hasta lograr una entera desnudez espiritual.
– Morir en la vida espiritual porque no hay verdadera vida sobrenatural sin la cruz. En la oración las distracciones y la desolación son cruz; el plan de vida, los propósitos son cruz; la confesión, la misa, la adoración diaria son cruz; los votos, los mandamientos divinos son cruz.

Quiere en definitiva, que en palabras de San Pablo, muramos al hombre viejo, a ese hombre que se dice cristiano pero que aún sigue viviendo como mundano.

La verdadera conversión se manifiesta en la conducta. Ahora más que nunca es apremiante la llamada a ser hombres nuevos, convertidos y regenerados por el cambio de vida, ¿qué es esto sino seguir el ejemplo de Cristo, a la imagen según el mismo nos enseñó en el Sermón del Monte?:

-Es el hombre pobre de espíritu, es decir, desapegado de las cosas materiales; capaz de renunciar a las riquezas; dispuesto a compartir lo que tienen con los más pobres. “Ve, vende lo que tienes, dalo a los pobres y luego ven y sígueme” (Lc 19).
-Es el hombre manso, es decir, capaz de hacerse violencia a sí mismo, pero siempre dispuesto a perdonar a los demás. Mansedumbre es la capacidad de sufrir sin quejarse; es la característica de los héroes verdaderos.
-Es el hombre penitente. Penitente es el que se arrepiente de sus pecados y hace penitencia por haber ofendido a Dios.
-Es el hombre hambriento y sediento de justicia. La justicia es el nombre bíblico de la santidad. Hambre y sed quiere decir un deseo de santidad realmente fuerte y tenaz.
-Es el hombre misericordioso. Es el que tiene un corazón inclinado ante la miseria y el dolor ajenos; un corazón que busca eficazmente remediar el mal ajeno, ayudar a los enfermos, visitar a los abandonados, consolar a los tristes, dar de comer a los hambrientos.
-Es el hombre puro. Es el capaz de guardar la castidad propia y respetar la pureza de los demás. Vivendo con verdadera conciencia recta según Dios le pide.
-Es el hombre pacífico. Pacífico es el “sembrador de paz”, el que reconcilia a los enemistados.
-Es el hombre perseguido por la santidad y por Jesucristo

Pidamos el don inmenso de dejarnos renovar incesantemente, de dejarnos transformar por la obra del Espíritu Santo, la verdadera conversión interior….

P. Néstor Andrada, IVE

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