Eucatástrofe – Gramática Eucarística

La estructura interna de la Misa es la siguiente: en la primera parte de la Celebración se nos lee la Palabra de Dios. Que en definitiva consiste en un inmenso y agobiante cúmulo de consignas y mandatos y consejos y directivas en orden a alcanzar la perfección. Perfección que no consiste en colmar el propio potencial, sino en rebasarlo desmedidamente; consiste en vivir como Dios. Pensar, sentir, optar, obrar como Dios. Esa es en definitiva «la Ley de Dios». El feligrés escucha atento y sumiso cada uno de sus pormenores, y (si es honesto y veraz) le resultará inevitable sentirse abrumado ante órdenes imposibles de cumplir. Y brotará en él la amargura y un gemido entre vencido, apenado y ofuscado: ¿pero cómo (quomodo) he de vivir todo esto?, ¿cómo?, si yo no conozco el vigor… ¡si esto es imposible para los hombres!

Y Dios ve que esto es bueno.

Es más: pareciera que Él mismo provocara ese «crescendo», estirando más y más la tensión entre un hombre vencido por su debilidad, carcomido por su macilenta impotencia y un Dios intenso que pide más y más y más…

Pero sigamos con la Misa y su estructura.

Pues es que entonces, recién entonces, irrumpe en escena la eucatastrófica segunda parte de la Liturgia, que es la solución a la aporía, la reversión de la tragedia, el «eu} a la catástrofe de la primera parte. Comienza así la Liturgia Eu-carística.

¡Claro que es imposible para el hombre! Absoluta, categórica y rotundamente imposible.
Cada una de las sentencias escuchadas en la Liturgia de la Palabra son imposibles. Y de modo especial, cada pincelada de la vida evangélica que Nuestro Señor nos demanda vivir es insostenible, casi absurda para el diminuto y deforme humano.

Si tras las lecturas y el sermón clerical conminando a su cumplimiento, el ministro bendijera al Pueblo y sin más lo enviara al mundo, lo enviaría a la muerte. El “podéis ir en paz” sería de un cinismo escalofriante. Eco, en todo caso, de un dios cínico que se regodeara en exigir imposibles.

Pero no. No concluye allí la Liturgia. Pues no concluye allí el Plan.

Y cuando tras el Credo uno comienza a notar rumor de albas, movimiento de acólitos de la credencia al altar…despliegue de corporales, vuelo de cálices y copones… el alma vuelve al cuerpo: lo imposible revierte su lapidaria contundencia… y el aleteo del blanquísimo corporal al abrirse sobre el ara del altar, en un delgadísimo susurro parece decir: hay esperanza.

A la catástrofe le brota un prefijo de bondad… como si a un palo seco le asomara una yema…

Y por eso, estamos de Fiesta.

Por eso Corpus Christi: porque el imposible Evangelio es seguido de un Pan Divino que porta en Sí el poder para vivirlo.

No hay cinismo en Dios porque hay Cuerpo y Sangre de Cristo, que nutren, fortalecen y otorgan fuerzas sobrehumanas para hacer posible lo imposible.

Esa es la secuencia, el hilo de este cuento de hadas: se lee el Evangelio, se llora la amargura de no poder vivirlo y luego, sobre la última escena del Drama, se come la Eucaristía para comer el Evangelio y hacerlo vida.

Si bien la Palabra de Dios es «viva y eficaz», ambas notas pasan de la potencia al acto, por la Eucaristía. El Evangelio es «Pan de Vida» siempre que se sirva con el Pan de Ángeles. Sino, es Pan de llanto y amargura.

De allí que, con acierto, se habla de la “doble Mesa” de la Misa: la Mesa de la Palabra, donde como al Verbo hecho Carne y la Mesa de la Eucaristía, donde como su Cuerpo y bebo su Sangre. Un Banquete a doble plato. Un Sacrificio a doble Ofrenda.
Del Único Verbo y Víctima, que en sinérgicas presencias nos salva.

Pero quisiera en este Corpus acentuar un aspecto de esta sinergia un poco descuidado: si por esta comunicación de idiomas al Evangelio vale llamarle Pan de Vida y al Ambón, la Mesa en que éste se sirve, valdrá, no menos, a la Eucaristía llamar Palabra Viva. Y al altar: el púlpito desde el cual Ésta se predica.

Puede ser un bello desafío para nuestra Fe y piedad que así como hicimos del ambón una mesa, no dejemos a su vez de hacer de nuestros altares y sagrarios púlpitos; que intentemos “acercarle micrófono” a la Eucaristía expuesta sobre nuestros altares y procuremos inclinarnos con un oído atento a su silencioso Lenguaje.

Pues este “mudo Pan” habla mejor que la elocuencia universal.
Este Cuerpo entregado dice y Se dice; como esta Sangre habla. Habla mejor que la de Abel.

Decir que el Evangelio es comible y que la Eucaristía es legible no es un juego de palabras. Es, en todo caso, un juego de fuerzas puras que nadie puede descifrar si no se postra y adora… Pues es entonces que la Voz de Dios, su inefable Verbo, desde la blanquísima Hostia susurra palabras poderosas que nos avisan que las aradas espaldas del Logos son de pan.

Comer el Evangelio y leer la Eucaristía es el secreto para que a la catástrofe le brote un «eu» delante. Y haya eucatástrofe. Y la abrumadora e imposible vida evangélica no sólo salga de la zona del absurdo y la utopía, sino que sea viable; más aún: sea suave y ligera como sin engaños promete el Señor.

No alcanza con leer el Evangelio y comer la Hostia pura. Imprescindible es habilitar la sinestesia cruzada en que comer el Evangelio y leer muy despacio la Eucaristía. Ella tiene su alfabeto, su gramática, su dicción. Como en la Lectio divina, también ante este Vivo Pan hay que procurar una rumiada lectura orante: un demorado leer, meditar, orar y contemplar sus silenciosas frases.

Algunas veces su elocuencia será mayor, y otras veces, menor.

Mas lo nuestro es siempre intentarlo, inclinarse siempre ante este divino poema, susurrado en rojo y dorado.

Valga para la escucha lo mismo que se nos dice de la alabanza: quantum potes, tantum aude; atrévete cuanto puedas. Cuanto puedas escucharla, tanto anímate. Dile al Señor: no soy digno, pero di esa Palabra eucarística, dic Verbo, y mi alma quedará sanada.

Son frases serenas, largas, cristalinas, simplísimas, monológicas en que Dios nos evangeliza desde el calmo timbre de Pan y el brioso acento de vino.

Su caligrafía es peculiar, su sintaxis misteriosa. Pero el discípulo que al adorar se atreve a inclinar su oído y atiende a su lenguaje nocturno, accede a los secretos del Rey.

Sí, hay Voz en el vivo Cordero degollado; hay lengua en el Logos sacrificado; hay idioma en la Sangre elocuente que se vierte en anuncio desde púlpito del ara.

Quien lo aprende no recibe en Misa dos Noticias, sino una sola, indivisible;Palabra imposible para los hombres, Palabra ineludible para quien la comió servida en el ambón y la leyó y rumió cuando sobre el altar se nos profirió en el poderoso idioma eucarístico.

Quantum potes, tantum aude: cuanto puedas escucharlo, atrévete a su lenguaje. Sólo entonces se revertirá la catástrofe.

Y entenderás que eu-catástrofe venía de Eucaristía.

Padre Diego de Jesús

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