El cielo en la tierra La Misa, el cielo en la tierra - Scott Hahn

La Cena del Cordero – 2º Parte – Capítulo II (Scott Hahn)

Primera Parte
Introducción y Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV

Segunda Parte
Capítulo I

La Misa, el cielo en la tierra

SCOTT HAHN

Segunda Parte: La revelación del cielo

Capítulo II
«Quién es quién en el cielo»

UN APOCALIPSIS DE MILES DE ACTORES

A excepción de una plaga de efímeros anticristos en los años 70, Hollywood no ha intentado nunca llevar a la pantalla el Apocalipsis, como lo ha hecho con los Evangelios o el libro del Éxodo. Quizá algunas cosas son demasiado extrañas, sangrientas, violentas y extravagantes, incluso para Hollywood.

También podría ser que a los directores se les hayan quitado las ganas por el número de protagonistas que requeriría el Apocalipsis (¡por no mencionar el coste de los efectos especiales!). Cecil B. DeMille pudo contentarse con un reparto de miles de personas en Los 10 Mandamientos. El Apocalipsis, sin embargo, necesitaría literalmente cientos de miles. Es quizá el libro más poblado de la Biblia.

¿Quiénes son estos personajes que pueblan los escenarios terrestres y celestes de Juan? En este capítulo vamos a intentar conocerlos un poco mejor.

Pero, ante todo, una confesión: tengo miedo de dar este paso. Quizá no haya otro tema que fascine u obsesione más a los estudiosos, predicadores o aficionados del Apocalipsis que la identificación de sus bestias, bichos, ángeles y gente.

La identificación de estos personajes que hace el lector depende ampliamente de su esquema de interpretación. El esquema «futurista» ha llevado a los intérpretes a identificar las bestias sucesivamente con Napoleón, Bismarck, Hitler y Stalin, entre otros. La visión «preterista» que subraya el cumplimiento de las profecías del Apocalipsis en el siglo I tiende a identificar las bestias, por ejemplo, con uno u otro emperador romano, con Roma misma o con Jerusalén. Una tercera perspectiva, a veces llamada «idealista», ve el Apocalipsis como una alegoría del combate espiritual que debe luchar todo fiel. Aún otra visión, la «historicista», sostiene que el Apocalipsis expone el plan maestro de Dios para la historia, de principio a fin³⁰.

¿Cuál de estos puntos de vista sigo? Bueno, todos ellos. No hay ninguna razón por la que no puedan ser verdaderos al mismo tiempo. Las riquezas de la Escritura son ilimitadas. Los primeros cristianos enseñaron que los textos sagrados operaban en cuatro niveles, y todos esos niveles, a una, enseñan la única verdad divina, como una sinfonía. De favorecer una perspectiva sobre las demás, es la «preterista». Pero, insisto, sin despreciar las otras. Lo que las une a todas ellas es lo que nos une a todos nosotros con Cristo: 1a nueva Alianza, sellada y renovada por la liturgia eucarística.

En efecto, dentro del Apocalipsis emerge un esquema de alianza, caída, juicio y redención, y este esquema describe ciertamente un período particular de la historia, pero describe también cada período de la historia, y toda la historia, así como el curso de la vida de cada uno de nosotros.

YO, JUAN

He mencionado antes que hay mucha controversia acerca de la autoría joánica del Apocalipsis. Ese debate, aunque es fascinante, resulta marginal para nuestro estudio de la Misa en el Apocalipsis.

Una cosa, sin embargo, es clara: el texto se asocia explícitamente con Juan (Apoc 1, 4.9; 22, 8). Y «Juan» en el Nuevo Testamento (como en la mente de los primeros Padres de la Iglesia) significa el apóstol Juan.

Además, los libros mismos indican que, si no comparten un autor común, al menos derivan de una misma escuela de pensamiento. El Apocalipsis y el cuarto Evangelio tienen muchos intereses teológicos comunes: ambos libros revelan un conocimiento muy preciso del Templo de Jerusalén y de sus rituales; igualmente, parecen preocupados por presentar a Jesús como el «Cordero», el sacrificio de la nueva Pascua (cf. Jn 1, 29.36; Apoc 5, 6). Más aún, el Evangelio de Juan y el Apocalipsis tienen en común cierta terminología que, en el Nuevo Testamento, es exclusiva de ellos; por ejemplo, únicamente el cuarto Evangelio y el Apocalipsis se refieren a Jesús como «la Palabra de Dios» (Jn 1, l; Apoc 19, 13); y sólo estos dos libros se refieren al culto de la Nueva Alianza como «en el Espíritu» (Jn 4, 23; Apoc 1, 10); además, sólo ellos hablan de la salvación en términos de «agua viva» (Jn 4, 13; Apoc 21, 6). Hay otros muchos paralelismos semejantes.

De todos modos, identificar al autor Juan con el apóstol San Juan es importante únicamente porque nos da a entender la fuerza de la visión del Apocalipsis. En el Evangelio, por ejemplo, se identifica a Juan con el «discípulo amado» de Jesús (cf. Jn 13, 23; 21, 20.24). Juan fue el apóstol que tuvo una mayor intimidad con el Señor, el discípulo que estuvo literalmente más cerca de su Corazón. Juan se reclinó sobre el pecho de Jesús en la última Cena. Pero en el Apocalipsis, Juan cayó rostro a tierra, cuando vio a Jesús en su poder y gloria, con dominio universal y soberanía divina (Apoc 1, 17). Para nosotros, que queremos ser hoy «discípulos amados», estos detalles son importantes. Si bien debemos esforzarnos por tener una relación cada vez más íntima con Jesús, difícilmente podemos empezar la conversación mientras no veamos a Jesús como quien es, en su santidad que todo lo sobrepasa.

La identidad de Juan es importante también en relación con las preocupaciones terrenas del Apocalipsis. La Tradición identifica al apóstol Juan como obispo de Éfeso, una de las siete iglesias mencionadas en el Apocalipsis. Las iglesias se corresponden con ciudades, y las siete se localizaban en Asia Menor en un radio de ochenta kilómetros, marcando probablemente el área de la autoridad de San Juan.

Podemos ver por qué Juan, como obispo, pudo ser elegido para comunicar un mensaje pastoral como el que encontramos en el Apocalipsis, especialmente en las cartas a las siete iglesias (Apoc 23).

«EL CORDERO»

Estos son el título y la imagen preferidos por el Apocalipsis para Jesucristo. Cierto: El es el que gobierna (1, 5); está en pie entre la menoráh, revestido como Sumo Sacerdote (1, 13); es «el primero y el último» (l, 17), «el único santo» (3, 7), «Señor de señores y Rey de reyes» (17, 14)… pero, sobre todo, Jesús es el Cordero.

El Cordero, según el Catecismo de la Iglesia Católica, es «Cristo crucificado y resucitado, el único Sumo Sacerdote del santuario verdadero, el mismo “que ofrece y que es ofrecido, que da y que es dado”» (n. 1137).

Cuando Juan ve por primera vez al Cordero, está buscando en ese momento un león. Nadie es capaz de abrir los sellos del libro enrollado y revelar su contenido, y Juan comienza a llorar. Entonces un anciano le asegura: «No llores; porque el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido y puede abrir el libro y sus siete sellos» (Apoc 5, 5).

Juan busca a su alrededor al León de Judá, pero en vez de eso ve… un Cordero. Para empezar, los corderos no son muy poderosos, y éste está en pie «como si hubiera sido sacrificado» (Apoc 5, 6). No necesitamos repetir aquí todo lo que hemos tratado en el capítulo 2. Lo que debería quedar claro es que Jesús, aquí, es un cordero sacrificado, como el cordero pascual.

Los ancianos (presbyteroi, presbíteros) cantan entonces que el sacrificio de Cristo le ha hecho capaz de romper los sellos del rollo, el Antiguo Testamento. «Eres digno de recibir el libro y de abrir sus sellos, porque fuiste inmolado y con tu Sangre rescataste para Dios a los hombres» (5, 9). Entonces, cielo y tierra dan gloria a Jesús como a Dios: «¡Al que está sentado en el trono y al Cordero, la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos! [… Y los ancianos se postraron y adoraron» (5, 13-14)].

El Cordero es Jesús. Es también un «hijo de hombre», revestido como Sumo Sacerdote (1, 13); el Cordero es la víctima de un sacrificio; el Cordero es Dios.

«UNA MUJER VESTIDA DE SOL»

Apocalipsis 12, la visión de San Juan de una mujer vestida de sol, encierra la esencia del libro del Apocalipsis. Con muchos niveles de significado, muestra un evento pasado que prefigura un acontecimiento en un futuro lejano. Recapitula el Antiguo Testamento al tiempo que completa el Nuevo. Revela el cielo, pero con imágenes de la tierra.

La visión de Juan comienza con la apertura del Templo de Dios en el cielo, «y fue vista dentro del Templo el Arca de su Alianza» (Apoc 11, 19). Quizá no podemos apreciar totalmente el carácter chocante de esa línea. Nadie había visto el Arca de la Alianza durante cinco siglos. En tiempos de la cautividad de Babilonia, el profeta Jeremías la había escondido en un lugar que «será desconocido hasta que Dios reúna a su Pueblo de nuevo» (2 Mac 2, 7).

Esa promesa se cumple en la visión de Juan. Apareció el Templo «y se produjeron relámpagos, fragor de truenos, un terremoto y un fuerte granizo». Y entonces: «un gran portento apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, la luna a sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas; estaba encinta» (Apoc 12, 12).

Juan no iba a presentar el Arca, para hacerla desaparecer inmediatamente. Creo (con los Padres de la Iglesia), que cuando San Juan describe a la mujer, está describiendo el Arca… de la Nueva Alianza. ¿Y quién es la mujer? Es la que da a luz al niño que gobernará las naciones. El niño es Jesús; su madre es María³¹.

¿Qué es lo que hacía que el arca original fuese tan santa? No era el oro que cubría el exterior, sino los Diez Mandamientos que estaban en su interior: la Ley que había sido grabada por el dedo de Dios en tablas de piedra. ¿Qué más había dentro? Maná, el pan milagroso que alimentó al pueblo durante su peregrinación por el desierto; la vara de Aarón que floreció como insignia de su oficio de sumo sacerdote (cf. Num 17).

¿Qué hace que la nueva Arca sea Santa? El Arca antigua contenía la palabra de Dios escrita en piedra; María llevaba en su seno la Palabra de Dios que se hizo hombre y habitó entre nosotros. El Arca contenía maná; María tenía en su interior el pan de vida bajado del cielo. El Arca contenía la vara del sumo sacerdote Aarón; el seno de María contenía al Sumo y eterno Sacerdote, Jesucristo. En el Templo del cielo, la Palabra de Dios es Jesús, y el Arca en la que reside es María, su Madre.

Si el niño es Jesús, entonces la mujer es María. Los Padres de la Iglesia de mente más preclara, San Atanasio, San Epifanio y muchos otros, defendieron esta interpretación. Pero «la mujer» tiene también otros significados. Es la «hija de Sión», que dio a luz al Mesías de Israel. Es también la Iglesia, asediada por Satanás, pero preservada a salvo. Como dije antes, las riquezas de la Sagrada Escritura son ilimitadas.

Otros estudiosos arguyen que la mujer no puede ser María, porque, según la tradición católica, María no sufrió dolores de parto. Los espasmos de la mujer, sin embargo, no tienen por qué ser dolores físicos. San Pablo, por ejemplo, usaba la expresión dolores de parto para describir su propia agonía hasta que Cristo sea formado en sus discípulos (cf. Gal 4, 19). Por tanto, el sufrimiento de la mujer podía describir el sufrimiento del alma: el dolor que padeció María, al pie de la cruz, cuando se convirtió en madre de todos los «discípulos amados» (cf. Jn 19, 25-27).

Otros objetan que la mujer no puede ser María, porque la mujer del Apocalipsis tiene otra descendencia, y la Iglesia enseña que María fue perpetuamente virgen. Pero la Sagrada Escritura utiliza a menudo el término «descendencia» (en griego, sperma) para describir la descendencia espiritual de uno. Los hijos de María, su descendencia espiritual, son aquellos «que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús» (Apoc 12, 17). Nosotros somos la otra descendencia de María. Somos los hijos de María.

Por consiguiente, el Apocalipsis presenta también a María como la «nueva Eva», madre de todos los vivientes. En el Jardín del Edén, Dios prometió «poner enemistad» entre Satanás, la antigua serpiente, y Eva: y entre la semilla de Satanás «y la semilla de ella» (Gen 3, 15). Ahora, en el Apocalipsis, vemos el clímax de esta enemistad. La semilla de la nueva mujer, María, es su hijo, Jesucristo, que viene a derrotar a la serpiente (en hebreo, la misma palabra, nahash, puede aplicarse tanto al dragón como a la serpiente).

Esta es la abrumadora enseñanza de los Padres, doctores, santos y papas de la Iglesia, antiguos y modernos. Es la enseñanza del Catecismo de la Iglesia Católica (cf.n. 1138). Debo indicar, sin embargo, que hoy en día no la mantienen muchos estudiosos bíblicos. Pero los que no están de acuerdo son los que deben cargar con el peso de la prueba. EL Papa San Pío X habló elocuentemente a favor de la Tradición en su encíclica Ad diem illum laetissimum:

«Todo el mundo sabe que esta mujer significaba a la Virgen María. […] Por tanto Juan vio a la Santísima Madre de Dios ya en la eterna felicidad, pero en los trabajos de un misterioso parto. ¿De qué parto se trataba? Seguramente se trataba de nuestro nacimiento, pues, estando aún en el exilio, todavía no hemos nacido a la perfecta caridad de Dios y a la felicidad eterna»³².

LA PRIMERA BESTIA

Al fracasar en sus asaltos contra la mujer y su hijo, el dragón se revuelve para atacar a su descendencia, a los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús. El dragón convoca a su propia simiente, dos terribles bestias. Por extraño que parezca, entre tantas imágenes del Apocalipsis optimistas y maravillosas, estos espantosos monstruos son los que parecen suscitar mayor interés. Directores de cine y teleevangelistas se detienen mucho más en el 666 que en el mar de cristal o en el León de Judá.

Siento la urgencia de hacer hincapié en la realidad de las bestias. Son símbolos, pero no sólo símbolos. Son seres reales espirituales, miembros de la «infrarquía» satánica, personas diabólicas que han controlado y corrompido el destino político de las naciones. Juan describe dos bestias espantosas. Pero creo que las bestias que vio eran mucho más horribles que su descripción³³.

En muchos lugares del Apocalipsis pero especialmente en los capítulos 4 y 5 San Juan describe las realidades que hay detrás de la Misa. Ahora, hace lo mismo con el pecado y con el mal. Así como nuestras acciones en la liturgia están unidas a cosas invisibles celestiales, nuestras acciones pecaminosas están vinculadas a la maldad infernal. En la Misa, ¿qué quiere hacer Dios de nosotros? Un reino de sacerdotes que reinan a través del ofrecimiento de sus sacrificios. Por el otro lado, ¿qué quiere llevar a cabo Satanás a través de las bestias? Quiere subvertir el plan de Dios, corrompiendo el reino y el sacerdocio. Por tanto, Juan nos muestra, en primer lugar, al demonio que corrompe la autoridad gubernamental, el estado. A continuación, revela al demonio de la autoridad religiosa corrompida.

Primero, la primera de las bestias: surge del mar un espantoso monstruo de siete cabezas y diez cuernos, combinación terrorífica de leopardo, león y oso. Los cuernos simbolizan el poder; las diademas (o coronas), el reino. Poder y reino los recibe del dragón. Nos equivocaríamos, sin embargo, si identificásemos esta bestia con la monarquía en general. No, la bestia representa cualquier tipo de de autoridad política corrompida.

Resulta tentador, también, identificar a la bestia exclusivamente con Roma, o con la dinastía herodiana que Roma mantenía en Tierra Santa. Ciertamente, la Roma de tiempos de Juan tipificaba la clase de gobierno representada por la bestia. Pero la bestia por sí misma no permite una identificación tan simple. En realidad, es una combinación de las cuatro bestias de la visión del profeta Daniel en el Antiguo Testamento (cf. Dan. 7). Sigo a los Padres de la Iglesia, que vieron a las bestias de Daniel como símbolos de cuatro imperios paganos: Babilonia, MedoPersia, Grecia y Roma; todos ellos persiguieron al Pueblo de Dios antes de la venida del Mesías.

La bestia de siete cabezas del Apocalipsis significa todo poder político corrompido. El hombre tiende a considerar el poder del estado como el mayor Poder sobre la tierra, y decir, como la gente del Apocalipsis: «¿quién puede luchar contra él?» Por miedo a este poder o por deseo de obtener algo de él la gente transige y adora al dragón y a la bestia. Roma y sus césares son el ejemplo histórico más flagrante de una institución humana que usurpa las prerrogativas de Dios. Literalmente reclamaban la adoración que sólo a Dios pertenece. E hicieron la guerra a los santos, instigando sangrientas persecuciones contra los que no querían dar culto al emperador.

Quiero subrayar de nuevo, sin embargo, que la bestia no es sólo Roma, o sólo la marioneta de Roma, los herodianos. La bestia se refiere también a cualquier gobierno corrupto, a cualquier estado que se pone por encima del orden de la alianza divina. Más aún, la bestia representa la fuerza espiritual corruptora que hay detrás de estas instituciones.

LA SEGUNDA BESTIA

Esta bestia viene de la tierra y tiene cuernos como de cordero. El atributo de cordero resulta discordante, pues hasta ahora lo hemos asociado a cosas sagradas. El uso que hace Juan, creo, es intencionado, pues me parece que esta bestia está puesta para aludir al sacerdocio corrompido de la Jerusalén del siglo I.

El dato inicial es que esta bestia sale de «la tierra» que en el griego original podría significar también «el país» o «el campo», por oposición al «mar» que da a luz a las bestias paganas (cf. Dan 7). A continuación, San Juan probablemente estaba dando testimonio del último compromiso al que había llegado la autoridad sacerdotal, tan sólo unos años antes. En un momento histórico dramático, la autoridad religiosa se había aliado con la corrupta autoridad gubernamental, en vez de con Dios. Jesús, el Cordero de Dios, Sumo Rey y Sumo Sacerdote, estuvo en presencia de Poncio Pilato y de los sacerdotes jefes de los judíos. Dijo Pilató a los judíos: «¡aquí tenéis a vuestro rey!» Ellos gritaron: «¡quítale!, ¡quítale!, ¡crucifícalo!» Pilato replicó: «¿a vuestro rey voy a crucificar?» Los príncipes de los sacerdotes respondieron: «no tenemos más rey que el César» (cf. Jn 19, 15). Además, fue el mismo sumo sacerdote, Caifás, el primero que habló del sacrificio de Jesús como políticamente «conveniente» para el pueblo (cf. Jn 11, 4752).

Así pues, rechazaron a Cristo y encumbraron al César. Rechazaron al Cordero y adoraron a la bestia. Ciertamente, el César era el dirigente del gobierno, y como tal merecía respeto (cf. Lc 20, 21-25). Pero el César quería algo más que respeto. Pedía que se le adorase ofreciéndole sacrificios, y los príncipes de los sacerdotes se lo ofrecieron cuando entregaron al Cordero de Dios.

La bestia es semejante a un cordero en algunos rasgos superficiales. Vemos que todo lo que hace es una imitación y pantomima de la obra salvadora del Cordero. El Cordero está en pie como quien ha sido sacrificado; la bestia recibe una herida mortal, pero se recupera. Dios entroniza al Cordero; el dragón entroniza a la bestia. Los que adoran al Cordero reciben su señal en la frente (Apoc 7, 24); los que adoran a la bestia llevan la marca de la bestia.

Esto nos lleva a la cuestión espinosa: ¿cuál es la marca de la bestia? Juan nos dice que es el nombre de la bestia, o el número de su nombre. ¿A qué se refiere? Juan contesta en clave: «esto requiere sabiduría: el que tenga inteligencia que calcule el número de la bestia, pues es número de un hombre. Su número es seiscientos sesenta y seis» (Apoc 13, 18).

En un aspecto, el número puede hacer referencia al emperador romano Nerón, cuyo nombre, según el valor numérico de las letras hebreas, tiene precisamente el valor de 666. Pero hay muchas otras posibilidades distintas o que se pueden sumar a ésta. 666 era el número de talentos de oro que el rey Salomón exigió anualmente de la nación (cf. 1 Re 10). Además, Salomón fue el primer rey-sacerdote desde Melquisedec (cf. Sal 110). Más aún, Juan dice que llegar a descubrir la identidad de la bestia «requiere sabiduría», y algunos intérpretes lo han visto como otra referencia a Salomón, famoso por su sabiduría³⁴.

Finalmente, 666 puede interpretarse como una degradación del número siete que, en la tradición israelita, significaba la perfección, la santidad y la alianza. El séptimo día, por ejemplo, fue declarado santo por Dios y reservado para el descanso y el culto. La obra de la creación se hizo en seis días; pero fue santificada por el culto sacrificial representado por el séptimo día. El número «666», en este caso, hace referencia al hombre instalado en el sexto día, al servicio de la bestia que le entretiene en comprar y vender (cf. Apoc 13, 17), sin descanso para el culto. Aunque el trabajo es santo, se hace malo cuando el hombre rehúsa ofrecerlo a Dios.

Pero hemos de tener claro algo. Esta interpretación no debe llevar a ningún cristiano a justificar el antisemitismo. El libro del Apocalipsis demuestra sobradamente la dignidad de Israel: su Templo, sus profetas, sus alianzas. El Apocalipsis más bien debe conducirnos a un mayor aprecio de nuestra herencia en Israel… y a una seria consideración de nuestra propia responsabilidad ante Dios. ¿Cómo estamos viviendo nuestra alianza con Dios? ¿Cómo estamos siendo fieles a nuestro sacerdocio? El libro supone un aviso para todos nosotros.

Éste es el mensaje bestial: estamos luchando con ira, fuerzas espirituales… fuerzas inmensas, depravadas, malévolas. Si tuviéramos que luchar solos contra ellas, seríamos aplastados totalmente. Pero hay buenas noticias: hay una manera de tener la esperanza de vencer. La solución tiene que estar a la altura del problema: fuerza espiritual por fuerza espiritual, inmensa belleza por inmensa fealdad, santidad por depravación, amor por malevolencia. La solución es la Misa, en la que el cielo baja para salvar a una tierra asediada.

ÁNGELES

En la batalla, no luchamos solos. En el capítulo 12 del Apocalipsis leemos que «Miguel y sus ángeles luchan contra el dragón» (12, 7).

Cuando Dios creó los ángeles, los hizo libres, de manera que tuvieron que sufrir una especie de prueba: igual que lo es nuestra vida en la tierra. Nadie sabe qué prueba fue, pero algunos teólogos especulan que se les dio a los ángeles una visión de la encarnación y se les dijo que habrían de servir a la deidad encarnada, Jesús, y a su Madre. La soberbia de Satanás se alzó contra el escándalo del Espíritu sometido a la materia, y dijo: «¡No serviré!» Según los Padres de la Iglesia, arrastró en esta rebelión a un tercio de los ángeles (cf. Apoc 12, 4). Miguel y sus ángeles los expulsaron del cielo (cf. v. 8).

A lo largo del Apocalipsis, vemos que el cielo está densamente poblado de ángeles. Adoran a Dios sin cesar (Apoc 4, 8). Y cuidan de nosotros. Los capítulos 2 y 3 ponen de relieve que cada iglesia particular tiene un ángel custodio. Esto debería suponer un motivo de tranquilidad, pues pertenecemos a iglesias particulares y podemos pedir auxilio al ángel de nuestra iglesia particular.

Las «cuatro criaturas vivientes» mencionadas en el capítulo 4 se consideran generalmente ángeles, aunque aparecen a los ojos humanos con forma animal. Estas criaturas pueden hacer referencia también a las que adornaban las paredes situadas delante del Santo de los santos del Templo de Jerusalén.

Aunque los ángeles del cielo se presentan a nuestra vista con forma física, los ángeles en realidad no tienen cuerpo. Su nombre significa «mensajero», y los atributos físicos simbolizan comúnmente algún aspecto de su naturaleza o misión. Las alas indican su rapidez para moverse entre el cielo y la tierra. Los muchos ojos significan su conocimiento y su vigilancia. Los ángeles de muchos ojos y seis alas podrían sonar terroríficos en un primer momento, pero si pensamos en ellos en términos de rapidez y vigilancia, nos tranquilizaremos. Son seres con los que podemos contar, cuando el dragón amenace nuestra paz.

En el Apocalipsis, los ángeles aparecen también como jinetes (cap. 6) que infligen el juicio de Dios al pueblo infiel (cf. también Zac 1, 7-17). Muchas de las acciones de estos capítulos pueden relacionarse con los acontecimientos que rodean la caída de Jerusalén el año 70. Pero el pasaje tiene aplicaciones más allá del siglo I, en la medida en que la tierra está necesitada de juicio.

Los ángeles del Apocalipsis controlan los elementos, el viento y el mar, para llevar a cabo la voluntad de Dios (cap. 7). Los capítulos 7-9 dejan claro que los ángeles son guerreros poderosos, y que luchan constantemente del lado de Dios: que es también nuestro lado, si somos fieles.

MÁRTIRES, VIRGENES Y GENTE VARIA

Pero en el Apocalipsis no sólo hay bestias malvadas y ángeles maravillosos. De hecho, la mayoría de los personajes son gente de lo más sencilla: cientos de miles, e incluso millones, son cristianos y cristianas corrientes. En primer lugar, tenemos los 144.000 de las Doce tribus de Israel (12.000 por cada tribu), el resto que recibió la protección de Dios (su «señal») y que huyó a las montañas durante la destrucción de Jerusalén. A continuación, San Juan describe miríadas de miríadas «de toda nación» (Apoc 7, 9). Después de dos milenios de religión inclusiva, abierta a todos, no podemos apreciar hoy el impacto sísmico de esta visión que presenta a los israelitas dando culto juntamente con gentiles, y a hombres con ángeles. Para la mentalidad de los primeros lectores de Juan, se trataba de categorías mutuamente excluyentes. Más aún, en el cielo todas estas multitudes dan culto en el interior del Santo de los santos, donde nunca se había admitido hasta entonces nada más que al sumo sacerdote. El pueblo de la Nueva Alianza puede adorar a Dios cara a cara.

¿Quién más hay allí? En el capítulo 6 nos encontramos con los mártires, los que han muerto por el testimonio de su fe. «Vi bajo el altar las almas de los que han muerto por la palabra de Dios y por el testimonio que han dado» (Apoc 6, 9). ¿Por qué están bajo el altar? ¿qué había bajo el altar del Templo terreno? Cuando los sacerdotes del Antiguo Testamento ofrecían sacrificios de animales, la sangre de las víctimas se acumulaba bajo el altar. Como pueblo sacerdotal, ellos (y nosotros) ofrecemos nuestras vidas sobre la tierra, el verdadero altar, como sacrificio a Dios. El verdadero sacrificio, por tanto, no es un animal; es cada santo que da testimonio (en griego, martyria) de la fidelidad de Dios. Nuestra ofrenda la sangre de los mártires reclama de Dios reparación. Qué revelador el hecho de que, desde los primeros días, la Iglesia haya situado las reliquias de los mártires, sus huesos y cenizas, dentro de los altares. Más arriba, hemos mencionado a los ancianos (presbyteroi) entronizados en la corte divina. De hecho, en el cielo del Apocalipsis, estos hombres aparecen revestidos con los ornamentos que llevaban los sacerdotes de Israel para el servicio del Templo de Jerusalén.

En el Apocalipsis (14, 4), encontramos también un gran número de hombres consagrados a la virginidad. Se trata de otra circunstancia anómala en el mundo antiguo, que rara vez se encuentra en Israel o en las culturas paganas, como tampoco en el Occidente cristiano desde la reforma protestante. Pero San Juan habla de estos célibes como un verdadero ejército, que es muy probablemente lo que Dios tiene previsto (cf. 1 Cor 7, 6-7).

EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO

No tenemos que ir muy lejos para identificar el reparto de personajes del Apocalipsis. De hecho, el sentido que Dios desea que veamos, a menudo está claramente dicho en el texto, o está claramente fuera del alcance de nuestras fuerzas. Conforme pienso en los años en que estudié el Apocalipsis siendo protestante, me maravillo de que mis hermanos y yo pudiéramos ver a veces, con mucha claridad, helicópteros soviéticos retratados en la plaga de langostas mutantes, al tiempo que negábamos con vehemencia que María pudiese ser la mujer vestida de sol, que daba a luz al niño que salvaba al mundo. Leyendo el Apocalipsis, tenemos que luchar siempre contra la tentación de forzar lo extravagante, mientras se niega lo obvio.

Lo diré de nuevo: con frecuencia el sentido más profundo de la Sagrada Escritura está muy próximo al corazón de cada uno de nosotros, y la aplicación más amplia nos atañe muy de cerca.

Ahora, ¿en qué lugar de la tierra podemos encontrar una Iglesia universal que da culto de forma fiel a la visión de San Juan?, ¿dónde podemos encontrar sacerdotes revestidos ante un altar?, ¿dónde encontramos hombres consagrados al celibato?, ¿dónde oímos invocar a los ángeles?, ¿dónde encontramos una Iglesia que guarde en sus altares reliquias de los santos?, ¿dónde ensalza el arte a la mujer coronada de estrellas, con la luna a sus pies, que aplasta la cabeza de la serpiente?, ¿dónde rezan los fieles pidiendo la protección del arcángel San Miguel?

¿En qué otro lugar, sino en la Iglesia católica, y más particularmente en la Misa?


Capítulo III

 


³⁰ Para una presentación popular de los cuatro acercamientos para la interpretación del Apocalipsis (presentados en paralelo en cada página), cf. S. Gregg (ed.), Revelation: Four Views A Paraltel Commentary, Thomas Nelson, Nashville 1997.
³¹ Sobre la identificación de «la mujer» del cap. 12 del Apocalipsis con la Virgen María (que fue anunciada veladamente por la «Hija de Sión» en el Antiguo Testamento, de manera similar a como ella prefigura y encarna a la Iglesia de Cristo en el Nuevo Testamento, como novia virgen y madre fecunda), cf. Ignacio de la Potterie, S.L, María en el misterio de la Alianza, Edica, Madrid 1993, p. 285-311; George Montague, S.M., “Mary and the Church in the Fathers”, American Ecclesiastical Review 123 (1950), p. 153; Bernard J. Le Frois, S.VD., The Woman Clothed with the Sun (Apoc. 12) Individual or Collective: An Exegetical Study, Herder, Roma 1954; idem, “The Woman Clothed with the Sun”, American Ecclesiastical Review 126 (1952), pp. 16-180; D. J. Unger, “Did Saint John See the Virgin Mary in Glory?”, Catholic Biblical Quarterly 1112 (1949-50), pp. 75-83, 15561, 24962, 292-300, 392-405, 405-415.
³² S. Pío X, Enc. Ad diem illum laetissimum, 24, 1904.
³³ Sobre la realidad esencial que hay debajo de la descripción figurativa que hace Juan del «misterio de iniquidad» (p. ej., «las Bestias»), cf. Fe cristiana y demonologia, Congregación para la doctrina de la Fe, en VVAA., Sectas satánicas y fe cristiana, Palabra, Madrid 1998, p. 90: « en efecto, es el Apocalipsis el que, subrayando el enigma de los diversos nombres y símbolos de Satanás en la Sagrada Escritura, revela definitivamente su identidad».
³⁴ Para profundizar en el posible fondo salomónico de 666 (1 Re 10, 14), cf. A. Farrer, A Rebirth of lmages: the Making of St. John’s Apocalypse, Dacre Press, Londres 1949, pp. 25660. Farrer hace notar también: «en el sexto día de 1a semana, a la hora sexta, dice San Juan, los reinos de Cristo y del Anticristo se miran a la cara en el tribunal de Pilato, y los adeptos del Falso Profeta (Caifás) escribieron a fondo en sus frentes la marca de la Bestia, cuando dijeron: “no tenemos más rey que el César” […]. La victoria de Cristo del Viernes es también la manifestación suprema del Anticristo» (p. 259).

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