Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores

No entendemos aún lo que significa amar. Nuestra vida es una escuela de aprendizaje, pero para ser buenos alumnos debemos procurar encontrar buenos maestros, que nos enseñen cómo amar en un mundo que no sabe amar.

Se confunden tan fácilmente las palabras de Jesús. En definitiva, amar significa siempre querer el bien del otro, sea quien sea, sea un amigo o un enemigo. Jesús nos invita a un amor sin condiciones, un amor que no mire las ofensas y tampoco mire los halagos, un amor que trasciende nuestra existencia humana, frágil, efímera, mortal; un amor que perdura más allá de la vida, un amor que vence la muerte.

Se confunde el amor con el cariño o con la simpatía, uno puede amar a otro sin tener simpatía con él. Amar es también reprender al hermano “convenientemente, para no cargar con un pecado a causa de él” (Levítico 19,1-2.17-18), pero no odiarlo ni ser vengativo ni guardar rencor. Se condena al pecado no al pecador. Se ama al hermano en su propia fragilidad.

Para poder amar verdaderamente debemos aprender a perdonar. Y perdonar no es un sentimiento, es una actitud; no es un instante, es un proceso de sanación interior. Para poder perdonar debemos entregar nuestra herida, y así comenzar ese proceso de sanación. Odiar nos lleva a mantener esa herida abierta y sólo nos hace daño a nosotros mismos, no a quien nos ha herido. Y así nos impide amar.

Jesús nos pide “sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo.” Pero no dice “ya”. Dios nos quiere en camino. Amar es un proceso, es un camino, es vencer una distancia, es compartir.

Amar al enemigo es un camino de libertad, es no ser esclavos del conflicto ni del dolor. No significa justificar lo que el otro hizo mal, significa caminar a la verdad.

Dios nos pide hoy que caminemos en este camino de amor. Que Jesús nos regale un corazón manso, paciente, compasivo y servicial como el suyo.

“La medida del amor es el amor sin medida”
– San Agustín

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