Los caminos de Dios

Muchas veces nos aferramos a planes, ideas, deseos, personas, proyectos… Queremos que las cosas sean a nuestro modo y rogamos a Dios que nos ayude a llevar a cabo esos planes. O quizás no tenemos planes, ni ideas, ni deseos, ni personas a las que nos aferramos, tan sólo estamos acostumbrados a una forma de vida y nos quedamos allí, estancados, dando vueltas en círculos, perdidos, sin saber para dónde ir…

Hasta que un día Dios irrumpe en la escena con otro plan, con otra idea, con otro deseo, con otras personas y otros proyectos. Inesperados. Distintos a cualquier cosa que hubiéramos podido imaginar. Nos atrae con dulzura, y al mismo tiempo sentimos temor —o quizás pavor— a lo desconocido. Dudamos entre lo ya conocido y cómodo —pero infeliz— y entre ese nuevo camino nuevo e incómodo —pero atrayente—.

Los caminos de Dios no son los nuestros. Son los de Él. Y creo que los nuestros nunca coinciden con los de Dios. O quizás sólo coinciden cuando Dios ha puesto de antemano ese deseo en nuestro corazón, porque nosotros, por nuestra naturaleza, no deseamos lo mismo. Nuestra naturaleza se revela: aceptar sus caminos implica renunciar a los propios, y eso duele.

En un primer momento decimos que sí, accedemos, mordemos el anzuelo. El Señor nos atrae con suavidad y nos lleva hacia su terreno, lentamente. Y luego, una vez saboreada la propuesta, nos pide dar el salto.

Pero nos rehusamos a darlo, empezamos a darnos cuenta que esa propuesta es contraria a nuestros deseos y empezamos a dudar. O quizás simplemente sigamos atornillados a nuestras ideas, y no escuchemos y digamos: es una locura —y claro, «porque la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres» (1Cor 1, 25)—. O tal vez nos da mucho miedo y eso nos paraliza. O quizás todo eso junto.

Llega un bendito momento en que después de intentar infructuosamente salirnos con la «nuestra», después de darnos la cabeza contra la pared una y otra vez, después de llenarnos de dudas y darnos cuenta de que no sabemos nada, finalmente nos damos cuenta de que la única forma es bajar la cabeza y arrodillarse, y gritar a Dios como un mendigo para que nos ilumine y nos conduzca por los caminos que Él quiera. Los nuestros ya no nos conducen a ningún lado, los suyos nos aterran, nos confunden, nos ponen a prueba, nos hacen dudar.

Estamos en un callejón sin salida y es la hora de la propia derrota. Es el bendito momento en que le decimos: «Me rindo, tú ganas», y dejamos de poner el foco en nosotros mismos para ponerlo en Él. Ya no importa nuestra voluntad, sino la suya. Ya ni siquiera pensamos en nuestros planes porque nos damos cuenta de nuestra propia miseria, de nuestros propios límites, de nuestra incapacidad, de nuestra ceguera, de cuántas vueltas hemos dado sin llegar a ninguna parte.

En ese momento finalmente aceptamos renunciar a nosotros mismos. Morimos una de las tantas muertes que debemos morir en esta vida y nos lanzamos en sus brazos para que Él nos lleve. Finalmente aceptamos dar ese paso al vacío, entre la alegría y el terror, y nos dejamos conducir. Por fin abrazamos sus caminos y decimos «sí» a la aventura.

Y allí ocurre el milagro.

Allí la oscuridad se llena de luz. Allí volvemos a asombrarnos del Padre que tenemos en el cielo, que es mucho más grande de lo que nuestros ínfimos pensamientos puedan llegar a considerar. Allí nos inunda el asombro, una alegría que no es de este mundo y que no se puede explicar, sino vivir, sentir, saborear, agradecer. La alegría de sabernos hijos.

«Muéstrame, Señor, tus caminos» (Sal 24,4a).

 

Carolina de Jesús
07.06.2018

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