San Rafael Arnáiz

Sólo Dios y yo

Silencio en los labios, cantares en el corazón; alma que vive de amores, de sueños y de esperanzas…, alma que vive de Dios. Alma que mira a lo lejos…, lejos, muy lejos del mundo, pasando la vida en silencio…, cantando en el corazón.

Una Trapa…, un monasterio…, hombres… Sólo Dios y yo.

Pasan rápidos los días, en ellos se va la vida…, soñamos en lo pasado, esperamos lo que ha de llegar… El alma mira a lo lejos buscando la única vida, que otea en un mar de esperanzas, y que espera sea mejor.

Una Trapa…, cantares a Dios. ¿Qué importan los hombres?… ¿Qué importan las nieblas o el sol?… ¿Qué importa lo que nos rodea? Todo es nada, y la nada no merece nuestra atención.

Busca el alma lo que aquí no encuentra… Busca en las alturas sus ansias de Dios, y cuando a ella llegan los rayos de luz que Cristo la envía…, ¿qué importan los hombres, las nieblas o el sol?… Y canta en silencio, murmullos de amores, y busca sus consuelos en la paz tranquila, quieta y sosegada, del que nada espera, y pasa su vida, sin mirar al mundo, que ignora lo que es oración.

Pasan serenos los días, en la dulce calma del amor que espera. El alma comprende, que nada en el mundo la puede llenar… La tierra es de barro, los hombres son pobres, la vida muy corta, todo es muy pequeño, frágil y caduco…, y el alma está ansiosa de verse en el cielo, mirando a la Virgen, contemplando a Dios.

Monasterio de hombres…, casa de un día. Monjes penitentes…, aves de paso, que vuelan cantando. Flores y espinas. Llantos y cruces. Vientos y hielos. Himnos de alegría. Momentos de angustia. Campanas, incienso… Todo lo que vibra, todo lo [que] al alma en la vida rodea…, todo es flor de un día, que ahora viene y luego se va. Nada la interesa que no sea Cristo, nada la conmueve que no sea Dios, y esconde muy hondo, sus ansias, sus penas, sus cruces, su amor.

Ya todo la cansa; no busca en los hombres lo que jamás podrán dar. Para ella no existen ni cielo ni tierra, ni hombres ni bestias…, ni mundo, que es polvo mortal… Sólo tiene el alma una ocupación que llena su vida entera…, un ansia grande de cielo, y un Dios a quien adorar.

En el monasterio pasan los días…, ¿qué importa?… Sólo Dios y yo.

Vivo aún en la tierra, rodeado de hombres…, ¿qué importa?… Sólo Dios y yo…

Y al mirar al mundo, no veo grandezas, no veo miserias, no veo las nieblas, no distingo el sol… El mundo entero se reduce a un punto…, en el punto, hay un monasterio, y en el monasterio…, sólo Dios y yo.

Hermano Rafael, 4 de enero de 1937, Mi cuaderno.

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