La oración contemplativa

Entre lo escrito por William Blake, creo que se puede destacar una frase: «Hemos sido colocados en la tierra para vivir en ella durante un breve periodo de tiempo. Así podemos aprender a asimilar los “rayos luminosos del amor”.» Una expresión perfecta, acabada, como lo es lo escrito por Thomas Merton sobre la oración monástica. Porque en esta frase de William Blake se nos da la clave de la grandeza humana, totalmente traspasada por los «rayos del amor». Y al mismo tiempo nos recuerda lo que le falta al hombre para convertirse en vehículo de esos «rayos luminosos del amor». Aquí, en esta afirmación casi apodíctica, hay dos rasgos, ambos con el mismo valor, sobre el deseo que tiene el hombre de verse sumido en los «rayos luminosos del amor». Y al mismo tiempo se nos habla de su miedo a correr el riesgo de verse expuesto a su poder transformante.

Porque si rezar significa cambiar, no es extraño que los hombres, incluso los consagrados a esa tarea, se apresuren a ponerse vestiduras protectoras, a llevar delantales que les eviten toda radiación, que incluso lleguen, en los momentos de su oración comunitaria, a buscar la seguridad de los refugios para escapar a los efectos de esos «rayos luminosos del amor» y seguir como están.

En este libro, que sin quererlo se ha convertido en el testamento de Thomas Merton, éste no intenta otra cosa más que señalar los «rayos luminosos del amor» y empujarnos al conocimiento de nuestros lugares de refugio contra ellos, asumidos de una forma más o menos consciente y voluntaria. Podría parecer una tarea negativa intentar despojar a los hombres de todas sus vestiduras de evasión y dejarlos expuestos antes de haberles dado tiempo a tomar las decisiones necesarias. Si la oración merece el calificativo de real, es, para empezar, un conocimiento de nuestra finitud, de nuestra necesidad, de nuestra apertura al cambio, de nuestra preparación para ser sorprendidos, y hasta colmados de extrañeza por los »rayos luminosos del amor».

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