Dependencia y Libertad

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Las falsas místicas que devoran el alma moderna sienten repugnancia instintiva en definir su objeto: es que presienten que su ídolo una vez definido (es decir reducido a su humilde medida y a sus proporciones relativas), no podrá ser adorado.

Es lo mismo tratándose de la libertad. Desde hace un siglo y medio, muchos hombres han muerto por esta palabra, de la cual no se ha buscado jamás precisar el sentido. Cuanto más, la idea de libertad flotaba en ellos como un vago espejismo de independencia absoluta y de plenitud divina.

Encendamos nuestra linterna. Definir la libertad por la independencia encierra un equívoco peligroso. No existe para el hombre independencia absoluta (un ser finito que no dependiese de nada, sería un ser separado de todo, es decir, eliminado de la existencia). Pero existe una dependencia muerta que oprime y una dependencia viva que expande. La primera de estas dependencias es servidumbre, la segunda es libertad.

Un preso depende de las cadenas, un labrador depende de la tierra y las estaciones del año: estas dos expresiones designan realidades bien diferentes. Volvamos a las comparaciones biológicas que son siempre las más esclarecedoras. ¿Qué es “respirar libremente”? ¿Será el hecho de pulmones absolutamente “independientes”? Todo lo contrario: los pulmones respiran tanto más libremente cuanto más sólidamente, más íntimamente están ligados a los otros órganos del cuerpo. Si esta ligazón se relaja, la respiración se hace cada vez menos libre, y, llegada al límite, se para. La libertad es función de la solidaridad vital.

Pero, en el mundo de las almas, esta solidaridad vital lleva otro nombre: se llama amor. Siguiendo nuestra actitud afectiva para con ellas, los mismos vínculos pueden ser aceptados como lazos vivientes o rechazados como cadenas, los mismos muros pueden tener la dureza opresiva de la cárcel o la dulzura íntima del refugio. El niño estudioso corre libremente a la escuela, el verdadero soldado se adapta amorosamente a la disciplina, los esposos que se aman se expanden en los “lazos” del matrimonio. Pero la escuela, el cuartel y el hogar son calabozos espantosos para el escolar, el soldado o los esposos sin vocación. El hombre es libre en la exacta medida en que depende de lo que ama, es cautivo en la exacta medida en que depende de lo que no puede amar.

Así el problema de la libertad no se plantea en términos de independencia, se plantea en términos de amor. Nuestro poder de apego determina nuestra capacidad de libertad. Por terrible que sea el destino, aquel que puede amarlo todo es siempre perfectamente libre, y en este sentido se habla de la libertad de los santos. En el extremo opuesto, aquellos que no aman nada, en vano rompen las cadenas y hacen revoluciones: permanecen siempre cautivos. Cuanto más llegan a cambiar de servidumbre, como un enfermo incurable que se da vuelta en su lecho.

¿Quiere esto decir que se debe aceptar indiferentemente todas las restricciones y esforzarse a amar todos los yugos? Este camino de los santos no debería ser propuesto como un ideal social. Mientras que el mal y la opresión sean de este mundo, habrá yugos y cadenas que romper. Pero este trabajo revolucionario no puede ser un fin en sí: la ruptura de una atadura muerta debe terminar en la consolidación de un lazo viviente. No se trata de investir cada individuo de una independencia ilusoria: se trata de crear un clima donde cada individuo pueda amar los seres y las cosas de las cuales dependa. Si nuestra voluntad de independencia no está dominada y dirigida por ese deseo de unidad, somos maduros para la peor servidumbre. Lo repito: el hombre no tiene elección entre la dependencia y la independencia; él tiene elección entre la esclavitud que ahoga y la comunión que libera. El individualismo –demasiado lo hemos visto- no es sino un refugio provisorio, no estamos solos; no podemos abstraernos los unos de los otros, y, muchos antes que la igualdad suprema de la muerte, el mismo destino nos arrastra. Depende de nosotros solos hacer este destino común favorable o nefasto. Si no vivimos juntos como los órganos de un mismo cuerpo, nos marchitaremos y nos pudriremos juntos como esas hojas sin savia, tan independientes las unas de las otras, tan individualistas, pero que el mismo viento de otoño arranca y hace rodar a su antojo. (…)

La alternativa es clara: o estamos unidos hoy en el mismo amor o inclinados mañana bajo el mismo yugo.

Gustave Thibon, Retour au réel, Lyon, Editions Universitaire, Les Presses de Belgique, 1946, p. 140-143

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