Simone Weil

Es Dios quien busca al hombre

Hay quienes tratan de elevar su alma como quien se dedica a saltar continuamente, con la esperanza de que, a fuerza de saltar cada vez más alto, llegue el día en que alcance el cielo para no volver a caer. Ocupado en ello, no puede mirar al cielo. Los seres humanos no podemos dar un solo paso hacia el cielo. La dirección vertical nos está prohibida. Pero si miramos largamente al cielo, Dios desciende y nos toma fácilmente. Como dice Esquilo: «Lo divino es ajeno al esfuerzo». Hay en la salvación una facilidad más difícil para nosotros que todos los esfuerzos. (…)

El cristianismo de hoy, en este punto como en otros muchos se ha dejado contaminar por sus adversarios. La metáfora de la búsqueda de Dios sugiere un esfuerzo muscular de la voluntad. (…)

En las grandes imágenes de la mitología griega y el folklore, en las parábolas del evangelio, es Dios quien busca al hombre. «Quaerens me sedisti lassus». En ningún pasaje del evangelio se habla de búsquedas emprendidas por el hombre. El hombre no da un paso a menos que sea empujado o expresamente llamado. El papel de la futura esposa es esperar. El esclavo espera y vela mientras el señor está en la fiesta. El que va por los caminos no se invita a sí mismo al banquete nupcial, ni pide que se le invite; se le lleva casi por sorpresa, lo único que debe hacer es vestirse de forma adecuada. El hombre que ha encontrado una perla en un campo vende todos sus bienes para comprar ese terreno; no tiene necesidad de volver al campo con la azada para desenterrar la perla, le basta vender todos sus bienes. Desear a Dios y renunciar a todo lo demás es lo único que salva.

La actitud que lleva a la salvación no se parece a ninguna actividad. Viene expresada por la palabra griega hupomone que patientia traduce bastante mal. Es la espera, la inmovilidad atenta y fiel que se prolonga indefinidamente y a la que ningún impacto puede hacer estremecer. El esclavo que escucha junto a la puerta para abrir en cuanto el señor llame es su mejor imagen. Debe estar dispuesto a morir de hambre y agotamiento antes de cambiar de actitud. Aun cuando sus amigos puedan llamarle, hablarle, zarandearle, deberá hacer caso omiso sin mover siquiera la cabeza. Aun cuando le digan que el señor ha muerto, y aun cuando lo crea, no deberá moverse. Aunque se le diga que el señor está enojado con él y que le golpeará su vuelta, y aunque lo crea, no se moverá.

Simone Weil, A la espera de Dios, Formas del amor implícito a Dios.

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