La oración contemplativa – Introducción

LA ORACIÓN CONTEMPLATIVA

Thomas Merton

Aunque camine en tinieblas, sin hallar una luz, que
confíe en el nombre del Señor y se apoye en su Dios.

(Is 50,10)

Les daré inteligencia para que reconozcan que yo soy
el Señor; ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios.

(Jr 24,7)

INTRODUCCIÓN

El monje es un cristiano que ha respondido a una llamada especial de Dios y se ha retirado de las preocupaciones más activas del mundo, para dedicarse enteramente al arrepentimiento, a la conversión, a la metanoia, a la renuncia y a la oración. En términos positivos, debemos entender la vida monástica, sobre todo, como una vida de oración. Los elementos negativos, la soledad, el ayuno, la obediencia, la penitencia, la renuncia a la propiedad y a todo tipo de ambiciones, todos esos elementos se orientan a dejar expedito el camino de tal modo que la oración, la meditación y la contemplación puedan llenar el espacio creado por el abandono de otras preocupaciones.

Lo que se ha escrito sobre la oración en estas páginas, va dirigido en primer lugar a los monjes. Pero, lo mismo que un libro de psicoanálisis escrito por un psicoanalista y para los de su misma profesión puede también, si no es demasiado técnico, llamar a las puertas de los profanos, pero que tienen un cierto interés por esos temas, lo mismo pasa con este libro. Por eso un estudio práctico más que académico de la oración monástica debe ser interesante para todos los cristianos, puesto que todo cristiano se ha comprometido a ser, en cierto sentido, un hombre de oración. Aunque pocos tienen el deseo de la soledad o vocación para la vida monástica, todos los cristianos deben, al menos en teoría, tener bastante interés por la oración, de tal forma que pueden ser capaces de leer y servirse de lo que aquí se escribe para los monjes, adaptándolo a las circunstancias de su propia vocación. Ciertamente, en el apresuramiento de la vida urbana moderna, muchos encararemos la necesidad de cierto silencio interior y de una disciplina sencillamente para sentirnos nosotros mismos, para mantener nuestra identidad humana y cristiana y nuestra libertad espiritual. Para promover eso debemos buscar a menudo momentos de retiro y oración en los que profundizar nuestra vida de meditación. Estas páginas tratan sobre la auténtica naturaleza de la oración, más que sobre algunas técnicas especiales, reservadas a unos pocos. Lo que aquí se dice es aplicable a cualquier cristiano, aunque, en este último caso, quizá con menos énfasis en la intensidad de algunos procesos, más propios de la vida en soledad.

La vida monástica es, primero, esencialmente sencilla. En el monaquismo primitivo la oración no era necesariamente litúrgica. La liturgia era vista, a menudo, casi como algo reservado a los monjes y canónigos. Por eso, los primeros monjes en Egipto y Siria seguían una liturgia muy rudimentaria, y sus oraciones personales eran directas y sin complicación alguna. Por ejemplo, leemos en los dichos de los Padres del Desierto¹ que un monje preguntó a san Macario cómo orar. Le respondió: «No es necesario servirse de muchas palabras. Solamente extiende tus brazos y di: “Señor, ten compasión de mí como tú desees y como tú bien sabes.” Y si el enemigo te tienta fuertemente, di: “Señor, ven y ayúdame.”» En las Conferencias de oración² de Casiano, vemos el gran empeño que mostraban los monjes para encontrar la simplicidad en la oración, hecha a base de frases cortas, sacadas de los Salmos y de otras partes de la Escritura. Una de las más frecuentemente usadas era Deus, in adjutorium meum intende, “Dios mío, ven en mi auxilio”³.

A primera vista uno podría preguntarse qué tienen que ver unas oraciones tan sencillas con la contemplación. Para empezar, los Padres del Desierto no se consideraban ellos mismos como místicos, aunque de hecho, a menudo lo eran. Cuidaban mucho el no ir en busca de experiencias extraordinarias y luchaban denodadamente por encontrar la pureza del corazón y el control de sus pensamientos, para guardar sus mentes y corazones vacíos de preocupaciones y cuidados, para que de esa forma pudieran al mismo tiempo olvidarse de ellos mismos y dedicar todo su ser al amor y al servicio de Dios.

Este amor se expresaba en primer lugar en el amor a la Palabra de Dios. La oración se extraía de las Escrituras, especialmente de los Salmos. Los primeros monjes veían en el Salterio no solamente un compendio de todos los demás libros de la Biblia, sino un libro de una eficacia especial para la vida ascética, en el que se adivinaban las mociones del corazón en su lucha contra las fuerzas de las tinieblas4. La «batalla de los Salmos» siempre se interpretaba en referencia a la guerra interior contra las pasiones y contra el demonio. La meditación era, sobre todo, meditatio scripturarum.5 Pero no debemos imaginarnos a los monjes primitivos aplicándose ellos mismos a una verdadera meditación analítica de la Biblia. Para ellos la meditación consistía en hacer suyas las palabras de la Biblia, memorizándolas y repitiéndolas, con una concentración sencilla, «desde el corazón». Por tanto, «el corazón» al final juega un papel central en esa forma primitiva de oración monástica.

Se le pidió a san Macario que explicase una frase de un salmo: «El meditar de mi corazón está en tu presencia.» Fruto de ello, dio una de las primeras descripciones de la «oración del corazón» que para él consistía en invocar el nombre de Cristo con profunda atención, en el campo real del ser de uno, es decir, en el «corazón», considerado como raíz y fuente de la verdad interior de cada uno. Invocar el nombre de Cristo en el «corazón de uno» era equivalente a llamarle con la más profunda y sincera intensidad de la fe, manifestada por la concentración de todo el ser de uno despojado de todas las cosas no esenciales y reducido a la nada, salvo a la invocación del nombre del Señor con una simple petición de ayuda. San Macario decía: «No existe ninguna otra meditación más perfecta que el salvífico y bendito nombre de nuestro Señor Jesucristo, que mora sin interrupción en ti, como está escrito: “Gritaré como un pájaro y meditaré como una tórtola.” Es lo que hace el hombre devoto que persevera en su invocación del nombre salvífico de Nuestro Señor Jesucristo»6.

Los monjes de las iglesias orientales, en Grecia y en Rusia, han usado durante siglos un manual de oración llamado Philokalia. Se trata de una antología de citas de los Padres monacales de Oriente desde el siglo tercero hasta la Edad Media, todas ellas relacionadas con la «oración del corazón» o la «oración de Jesús». En la escuela de la contemplación «hesicástica», que floreció en los centros monásticos de la península del Sinaí y del Monte Atos, este tipo de oración fue estructurada hasta convertirse en una técnica especial, casi esotérica. En el presente estudio no vamos a meternos en detalles sobre esa técnica que a veces, de una forma irresponsable, ha sido comparada con el yoga. Solamente enfatizaremos la esencial simplicidad de la oración monástica en la primitiva «oración del corazón», que consistía en el recogimiento interior, en el abandono de los pensamientos que distraían y en la humilde invocación del Señor Jesús con las palabras de la Biblia con un intenso espíritu de fe. Esta simple práctica era considerada de crucial importancia en la oración monástica de la Iglesia oriental, puesto que se creía que el poder sacramental del Nombre de Jesús traía consigo el Espíritu Santo al corazón del monje orante. Dice así un texto típico, tradicional:

Un hombre se enriquece por la fe, y si quiere por la esperanza y la humildad, con las que el monje se dirige al dulcísimo nombre de Nuestro Señor Jesucristo; y se enriquece también por la paz y el amor. Porque éstas son realmente tres ramas del árbol de la vida plantado por Dios. Un hombre que se acerque a él, que lo toque a su debido tiempo y que coma de él, como está mandado, conseguirá una vida perdurable, eterna, y no la muerte, como en el caso de Adán… Nuestros gloriosos maestros… en los que moraba el Espíritu Santo, nos enseñan sabiamente a todos nosotros, especialmente a los que desean abrazar el campo del silencio divino, es decir, a los monjes, y consagrarse a Dios, renunciando al mundo, a practicar el «hesìcasmo» con sabiduría, y a preferir su perdón con una esperanza firme. Estos hombres podrían tener, como práctica y ocupación constantes, la invocación de su más santo y dulcísimo nombre, llevándolo siempre en su mente, en el corazón y en los labios… 7

La práctica de tener el nombre de Jesús siempre presente en la conciencia era, para los antiguos monjes, el secreto del «control de sus pensamientos» y de sus victorias ante la tentación. Eso acompañaba a todas las actividades de la vida monástica, imbuyéndoles de oración. Era la esencia de la meditación monástica, una forma especial de esa práctica de la presencia de Dios de la que san Benito, a su vez, hizo la piedra angular de la vida y meditación monásticas. Esta práctica básica y simple pudo, evidentemente, expandirse para incluir el pensamiento de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, las cuales san Atanasio fue de los primeros en asociarlas a las diferentes horas canónicas de oración 8.

Sin embargo, en interés de la sencillez, nos centraremos en la forma más elemental de la meditación monástica, y hablaremos de la oración del corazón como un medio de mantenernos en la presencia de Dios y de la realidad, enraizada en la verdad interior de uno mismo. Haremos referencia a los textos antiguos de vez en cuando, pero nuestro desarrollo del tema será esencialmente moderno.

Después de todo, algunos de los temas básicos del existencialismo de Heidegger, que subyacen realmente en el ineluctable hecho de la muerte, en la necesidad que todo hombre tiene de la autenticidad, y en algún tipo de liberación espiritual, pueden recordarnos el clima en el que la oración monástica floreció, y que no está ausente de nuestro mundo moderno. Todo lo contrario. Ésta es una edad que, por su misma naturaleza de tiempo de crisis, de revolución, de lucha, exige una búsqueda especial y un constante cuestionamiento, que constituyen el trabajo del monje en su meditación y oración. Porque el monje busca algo más que su propio corazón. Bucea profundamente en el corazón del mundo, pero sólo para escuchar con mayor intensidad las voces más profundas y más abandonadas que proceden de esas profundidades abisales interiores.

Por eso el término contemplación es a la vez insuficiente y ambiguo cuando se aplica a las formas más elevadas de la oración cristiana. Nada hay más ajeno a la auténtica tradición monástica y contemplativa en la Iglesia (por ejemplo, la carmelitana), que una especie de gnosticismo que elevaría al contemplativo sobre el cristiano ordinario, iniciándole en un reino de conocimiento y experiencia esotéricos, librándole de las luchas ordinarias y sufrimientos de la existencia humana, y elevándole a un estado privilegiado entre los espiritualmente puros, como si fuera casi un ángel, no tocado por las pasiones, y sin necesidad de la mediación de los sacramentos, la caridad y la cruz. La forma de la oración monástica no es una especie de escape sutil de la mediación de la encarnación y de la redención. Es un camino especial de seguir a Cristo, y de compartir su pasión y resurrección y su redención del mundo. Por esta razón precisamente las dimensiones de la oración en soledad son las del hombre ordinario sometido a la angustia, la búsqueda de sí mismo, con sus momentos de náusea y de vanidad, falsedad y capacidad para la traición. Lejos de establecer una seguridad narcisista inaccesible, el camino de la oración nos enfrenta cara a cara con el punto más central y más profundo donde el vacío parece abrirse a una negra desesperación. El monje se enfrenta a esta seria posibilidad, y la rechaza, como el hombre de Camus se enfrenta al «absurdo» y lo trasciende por medio de su libertad. La opción de la desesperación absoluta se cambia en una perfecta esperanza, debido a la súplica pura y humilde de la oración monástica. El monje se enfrenta a lo peor, y descubre en ello la esperanza de lo mejor. De la muerte, la vida. Del abismo, y de una manera que no llegamos a comprender, surge el don misterioso del Espíritu enviado por Dios para hacer nuevas todas las cosas, para transformar el mundo creado y redimido, y restaurar todas las cosas en Cristo.

Éste es el trabajo creativo y sanador del monje, conseguido en el silencio, en la desnudez de espíritu, en el vacío, en la humildad. Es una participación en la muerte salvadora y en la resurrección de Cristo. Por eso, todo cristiano puede, si así lo desea, entrar en comunión con este silencio de la Iglesia orante y meditativa, que es la Iglesia del Desierto.


1 Apothegmata, 19, P.G. 34,249.
Conferencia 10.
Salmo 69,2.
San Atanasio, Ep. ad Marcellinum.
Cf. Dom Jean Leclerq, Love of Learning and the Desire of God, New York, Fordham University Press, 1961, caps. I y IV.
De Amelineau, citado por Resch en Doctrine Ascétique des Premiers MaTtres Egyptiens, p. 151.
Kadloubovsky and Palmer, Writings from the Philokalia on Prayer of the Heart, p. 172-173.
8 De Virginitate, 12-16.

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