Benedict J. Groeschel. C.F.R. General

Sal de las tinieblas

 

resplandor

Capítulo 1: ¡Sal de las tinieblas!

Una joven mujer estaba sentada a escasa distancia de mí. Silenciosamente dejaba correr lágrimas que indicaban un estado de indescriptible desolación interior. Una semana antes su esposo había muerto en lo que normalmente se dice un “accidente estúpido”, dejándola con dos hijos pequeños y un enorme vacío en su vida. Mientras caminaba a su trabajo en Wall Street, un trozo de cemento que cayó inexplicablemente de un edificio bien mantenido, lo golpeó. Las compañí­as de seguro a veces se refieren a estos hechos como “cosas de Dios”.

La pareja habí­a logrado consolidar un buen matrimonio, a pesar de los innumerables desafíos que implica comenzar una nueva familia. De hecho, eran “dos en una sola carne”. Por eso ella, en un instante, perdió la mitad de su vida. Sus dos pequeños hijos -un niño de cinco y una niña de tres- miraban sin comprender. Nunca volverí­an a ver nuevamente a su papito. Los amigos -tenían muchos- intentaban decir algo que fuese consolador, aunque en verdad no sabí­an qué decir. Los padres del esposo estaban sumergidos en su propio dolor, y la familia de ella observaba sin esperanza, tratando de dar sentido a lo que no lo tenía. El sacerdote que predicó en el funeral hizo lo mejor que pudo, tal como apareció en los diarios locales. Atrajo la atención de todos para que reflexionasen sobre la promesa de Cristo: la vida eterna. Sus compañeros en el sacerdocio, al enterarse del funeral, dieron gracias a Dios por no haber sido ellos los encargados de predicar.

Pasado el funeral, la mayorí­a de los conocidos, estaban realmente conmovidos y “se sentí­an muy mal por lo ocurrido”, pero siguieron adelante con sus propias vidas. Muchos miembros cercanos de la familia se comprometieron con distintos tipos de ayuda, pero sus vidas continuaron como de costumbre. Mientras que la joven viuda quedó en la oscuridad. Cada rincón de la casa se pobló de recuerdos. La alegrí­a que antes reinaba, se convirtió­ en corona de espinas. Los objetos se cargaron de contenido: la foto de bodas, su taza de café favorita, su agenda. El desayuno que solí­an compartir muy temprano, antes de que él se dirigiera caminando a la estación de tren, se convirtió en un constante revivir el último desayuno y la posterior llamada de la policí­a. Ni siquiera querí­a ir a la iglesia pues le recordaba las escenas del funeral. No quería encontrarse con el sacerdote que fue a su casa cuando supo la noticia y luego predicó en el funeral. Ella no podí­a recordar el sermón porque en realidad ni siquiera le habí­a prestado atención.

Tú que estás leyendo estas lí­neas, te conmueves al leerlas pues sabes bien que, cambiando algunos detalles, podrían haber sido escritas para ti. Estas lí­neas están escritas para ti… y también para mí. Están escritas para todos nosotros.

Como veremos, la respuesta cristiana al problema del mal y del sufrimiento comenzó con la Cruz de Cristo. Un cristiano no puede encontrar respuesta fuera de la Cruz de Cristo, fuera del encuentro personal de Cristo con el mal y su triunfo sobre él, su resurgir de las tinieblas. La respuesta es la lucha por la esperanza. Pero ¿cómo? ¿dónde? ¿por qué? En estas reflexiones he intentado evocar los más frecuentes sufrimientos y penas: la infidelidad de nuestros amigos, la inseguridad económica y personal, las fallas de la Iglesia, nuestro comportamiento inconstante y autodestructivo, la muerte de los seres queridos, y la inevitable pérdida que todos experimentamos en este mundo, cuando todo aquello en lo que confiábamos se nos escapa de las manos. La consideración de cada una de estas dolorosas experiencias nos brinda la oportunidad para examinarlas a la luz de la fe en Cristo. Y lo que es más importante, podremos aprender, a partir de la experiencia de otros, cómo han logrado resurgir de las tinieblas con la fuerza de la fe y la esperanza.

El primer paso: superar la Gran Mentira 

Existe una increíble mentira en nuestro mundo tecnológicamente desarrollado, que se enseña a los niños cuando crecen, y es esta: que la mayoría de las personas tiene grandes probabilidades de vivir sin que haya en sus vidas tiempos de sufrimiento o dolor, tiempos de tinieblas. Esta es una falsa ilusión creada por los medios, sobre todo por la publicidad (con su mundo de “finales felices”), por la educación que se imparte en las escuelas, por las costumbres que forman los hábitos sociales de nuestra gente, e incluso por un cierto tipo de pensamiento religioso. Se supone que la vida de cada hombre estará llena de radiante sol. Y cuando no es así, la suerte cambiará, todo irá bien, y volverán tiempos mejores… No hay por qué preocuparse, todo será color de rosa.

Esta falsedad no es una mentira deliberada, más bien es la total negación de la realidad de las cosas. No es un engaño que debe condenarse, sino una falsa ilusión que debe ser disipada. Debemos hacerlo si es que queremos llegar alguna vez a poseer un maduro sentido de relativa paz y seguridad en este mundo. Quien lea estas lí­neas ya habrá tenido verdadera experiencia de tiempos de tinieblas en su vida. Todos las tendrán que experimentar en un futuro, a menos que mueran pronto. En este preciso instante, muchos están sumergidos en la oscuridad, y es por eso que están leyendo este libro. Si uno no enfrenta este hecho evidente: que hay tiempos inevitables de dolor, de sufrimiento y dificultad, uno tendrá que atravesar neuróticamente la vida como un animal asustado. Es probable entonces que uno sufra una gran desilusión y una profunda depresión o que engendre un gran rencor o rabia. Muy probablemente esta ira se dirigirá como un reproche contra Dios; Él debería haber hecho del mundo un lugar mejor.

Si no escapamos de los problemas o no intentamos evitarlos completamente ¿qué se supone que debamos hacer? Obviamente lo primero es tener la convicción, la aceptación mental de que los problemas y el dolor son una parte inevitable de la vida. Les sobrevienen a todos, y especialmente a quienes intentan desesperadamente protegerse del sufrimiento. Las personas que más se desilusionan son aquellas que piensan que esta vida breve y frágil, iba a darles el gozo reservado a los santos en el cielo.

Una vez que hayas rechazado esa falsa ilusión de que la vida es ciertamente deleitable para la mayorí­a de las personas (y de que tú esperabas estar incluido entre ellas), entonces estarás preparado para enfrentar los tiempos de tinieblas. Algunos deciden hacer esto con estoica determinación, generalmente manteniendo un digno silencio, e intentando no involucrar a otros en sus penas. Esta actitud puede ser causa de madurez, pero también puede llevar a cierta silenciosa desesperación, a la falta de humor y a una fría actitud ante la vida. Un estoico amigo mío, describí­a la vida como un viaje desde las tinieblas hacia el olvido. Este tipo de valoración omite algo importante: la apreciación de nuestra propia vocación eterna, la cual nos permite superar las penas de este mundo.

Esa actitud estoica está profundamente arraigada en los hábitos sociales de mucha gente de Europa del Norte y de sus “parientes” a lo largo de América del Norte, Australia y Nueva Zelanda. También se puede percibir en Japón y en la clase alta de la India. Para todos ellos, el progreso tecnológico debería hacer innecesario el dolor, y al sufrimiento convertirlo en un absurdo. Por eso, admitir el sufrimiento se convierte en algo socialmente inaceptable (“incorrecto”).

Poner “cara de pocos amigos” durante los períodos de dolor y desilusión, puede en apariencia, convertir la relación con nuestros vecinos como más placentera. Sin embargo, vale la pena observar que las naciones antes mencionadas, se caracterizan, no sólo por la negación del dolor sino que también son lugares donde la neurosis y la psicoterapia que requiere, se han convertido en algo muy común (ahora que la psicoterapia se ha transformado en una panacea). Leí recientemente en alguna parte, que la psicoterapia solo lleva a la gente a pasar de una vida miserable, a una vida infeliz. La apariencia, la negación y el resentimiento son las causas de las neurosis que caracterizan al así llamado “primer mundo”. Los únicos países en el Oeste que parecen evitar este estoicismo neurótico y la falsedad, son los países latinos. Recordarás, si ya tienes cierta edad, a tus parientes inmigrantes que no fueron afectados por la falsedad del primer mundo. Cuando se lo preguntes, ellos te dirán abiertamente como se sienten realmente.

Es un hecho evidente: todos sufren. Prácticamente todos deben atravesar por períodos de profundo sufrimiento y tinieblas. Algunos, inexplicablemente, parecen experimentar más sufrimiento que otros. Si estás viviendo en las tinieblas, admite el hecho que son muchos quienes en esto te acompañan. Si antes no has admitido la experiencia universal del sufrimiento, el reconocerla debería llevarte, al menos en un futuro, a tener más compasión y ser más sensible a los ocultos sufrimientos de tanta gente. Si rechazas el peligroso engaño de pensar que “a todos les va mejor que a mi”, te convertirás en un ser humano más abierto, más sensible a los sufrimientos de los demás, y desearás escucharlos y ayudarlos. Pero, lo que es más importante, no verás esta forma cristiana de actuar como un peso o una pura obligación. Aun cuando todo vaya bien, la compasión por los demás te recordará constantemente que en la vida no siempre brilla el sol. En un mundo herido, marcado por el misterio del pecado original de los hombres, la vida no puede ser siempre hermosa, aunque pueda siempre estar llena de sentido.


Salir significa superar
 

No basta simplemente sobrevivir a las pruebas de la vida. Hay que superarlas. En momentos de inesperado dolor (como el profundo y repentino sufrimiento de las dos mujeres que mencioné más arriba), pensar en un crecimiento a través del dolor es totalmente incompresible. La mera insinuación de tal pensamiento sólo puede causar rabia y rechazo. Pero la bronca intensa, que es una reacción predecible ante una amenaza, abrirá el camino a la decisión de seguir adelante, de vivir con ese dolor, e incluso, crecer a partir de él. Esto es lo que los santos quieren decir cuando hablan del misterio de la Cruz, un misterio unido esencialmente a la Resurrección. Así­ como la Pascua es incomprensible sin el Calvario, el Calvario es incomprensible sin la victoria de la tumba vací­a.

Si estás leyendo este libro en un momento de intenso dolor, necesitas aprender a dominarte, a soportar en silencio, aún sin comprender el por qué. Pero si el dolor ya se ha aliviado un poco, si ya has convivido con él por un tiempo, y estás intentando cumplir tus deberes para con los demás, si ya empiezas a poner las cosas en su lugar, necesitas reflexionar seriamente sobre el misterio de la Cruz. El mensaje de la muerte y Resurrección de Cristo es éste: con fe podemos muchas veces caminar por esta vida usando las mismas derrotas y fracasos como una oportunidad para atraer la gracia de Dios que nos ayude a sobrevivir. En Génesis 32 se nos narra cómo Jacob luchó con un ángel de Dios durante la noche. Aún cuando quedó herido y rengueando, recibió la bendición y continuó su camino. San Pablo, que se jactaba en medio de sus sufrimientos y desilusiones, expresa muy bien el misterio de la Cruz (2Cor 11,21-12,10). Algo de lo que todos debemos estar orgullosos, proclamarlo como algo propio, son nuestras debilidades y fracasos, pero sólo podemos gloriarnos “en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo” (Gal 6, 14). Cuando hemos sido golpeados y rechazados por la vida, abandonados de los amigos, traicionados por aquellos en quienes creíamos que se podí­a confiar, hastiados de nuestras propias estupideces, e incluso cuando enfrentamos la misma muerte, es cuando podemos tomar la Cruz y aplicarla a ese dolor, a la tristeza, y a la muerte. Debemos estar orgullosos de la Cruz. Me parece que es una actitud valiente decir, cuando nos enfrentamos a aquello que podrí­a vencernos: “Miren todos la Cruz, y sepan que no seré vencido, porque el Señor de la Vida me acompaña y vive en mí, y me acompañará incluso a través del oscuro valle de la muerte”.

Las palabras de Julián de Norwich, apacible místico inglés y santo de gran vigor, lo sintetiza muy bien. Hablando de Cristo escribió:

Cuando estemos sumergidos en gran dolor, problemas y angustias, que nos parece que no podemos pensar en otra cosa que no sea en cómo estamos y lo que sentimos, tan pronto como podamos, debemos superarlo, y considerarlo como si nada hubiese pasado. ¿Por qué? Porque Dios quiere que entendamos que, si lo conocemos y amamos y lo tememos con reverencia, encontraremos reposo y estaremos en paz. Y nos alegraremos en todo lo que Él hace.

Entendí perfectamente que nuestra alma jamás alcanzará la paz en las cosas de aquí abajo, y aun cuando en todas las cosas creadas lo encontremos a Él, nunca debemos quedarnos en ellas, sino levantar la mirada al Creador de todas estas cosas, que habita en lo más íntimo de ellas.

Él no dijo: «Nunca enfrentarán una violenta tempestad, nunca estarán cargados de trabajos y angustias, nunca vivirán descontentos». Sino que dijo: «nunca serán vencidos». Dios quiere que conservemos estas palabras para que siempre permanezcamos firmes en la confianza, tanto en el dolor como en la alegría.


Oración

Señor Jesucristo, hace tiempo, en el bautismo me hiciste tu hijo y discípulo. Muchas veces renové mi decisión de seguirte lo mejor que pude, a pesar de todas mis falencias y mis contradicciones. Soy muy débil y estoy confundido, y cuando las tinieblas me invaden, me siento sin fuerzas, vencido, como si fuese rechazado por Ti. Me siento como un vagabundo a lo largo de los caminos en ruinas de la vida. Olvidé que la mayoría de mis compañeros de viaje, si es que no todos, algunas veces, experimentaron los mismos sentimientos, las mismas dolorosas pruebas.

Quédate conmigo en los momentos de tinieblas, y dame, te ruego, un signo, un indicio de tu presencia. Cuando el camino se haga largo y difícil, y me sienta totalmente sólo, envíame un rayo de esperanza. Envíame, al menos, tu Santo Espíritu para que de algún modo me de cuenta que aun cuando todo esté en tinieblas, Tú estas conmigo. Amén.

Groeschel, Benedict J. ¡Sal de las tinieblas!

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