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San Agustín – Comentario a Jn 6,1-14, predicado en Hipona a finales de julio de 414

Vivimos en medio de milagros que no estimamos

1. Los milagros que hizo nuestro Señor Jesucristo son obras ciertamente divinas y estimulan a la mente humana a comprender a Dios a partir de lo visible. De hecho, porque él no es sustancia tal que los ojos puedan ver, y sus milagros, con que rige el mundo entero y gobierna toda la creación, por su frecuencia se han depreciado hasta el punto de que casi nadie se digna observar en cualquier grano de semilla las admirables y asombrosas obras de Dios, según esa misericordia misma suya se ha reservado ciertas obras para realizarlas en tiempo oportuno, fuera del curso y orden normales de la naturaleza, para que, aquellos para quienes se han depreciado las cotidianas, se queden estupefactos al ver otras no mayores, sino insólitas. En efecto, mayor milagro es el gobierno del mundo entero que saciar a cinco mil hombres con cinco panes1; y empero nadie se asombra de aquello; se asombran de esto los hombres no por ser mayor, sino por ser raro. ¿Quién, en efecto, alimenta ahora al mundo entero, sino quien de pocos granos crea las mieses? Obró, pues, como Dios, ya que, con lo que de pocos granos multiplica las mieses, con eso multiplicó en sus manos los cinco panes. La potestad estaba, en efecto, en las manos de Cristo; en cambio, los cinco panes eran cual semillas, no ciertamente echadas en tierra, sino multiplicadas por quien hizo la tierra. Esto, pues, se acercó a los sentidos para levantar la mente, y se mostró a los ojos para aguijonear la inteligencia, para que admirásemos mediante las obras visibles al invisible Dios y, erguidos hacia la fe y purgados por la fe, deseásemos ver invisiblemente al Invisible que a partir de las cosas visibles habíamos conocido.

No basta con ver y alabar; hay que entender

2. No basta empero mirar esto en los milagros de Cristo. Interroguemos a los milagros mismos, qué nos dicen de Cristo, ya que, si se los entiende, tienen su lengua porque, ya que Cristo es la Palabra de Dios, también un hecho de la Palabra es para nosotros palabra. Como, pues, hemos oído cuán grande es este milagro, busquemos también cuán profundo es; no nos deleitemos sólo en su superficie, sino investiguemos también su profundidad, pues lo que fuera nos asombra tiene dentro algo. Hemos visto, contemplado cierta cosa grande, cierta cosa deslumbradora y enteramente divina, que sólo Dios puede hacer; por el hecho hemos loado al hacedor. Pero, como si examinásemos en alguna parte letras hermosas, no nos bastaría loar el trazo del amanuense por haberlas hecho parecidas, iguales y bellas, si no leyéramos también qué nos indicó mediante ellas, así, quien sólo examina este hecho se deleita en la hermosura del hecho, de forma que admira al artífice; quien, en cambio, lo entiende, lee, digamos. Por cierto, la pintura se ve de una forma, las letras se ven de otra forma. Cuando has visto una pintura, esto es todo: haber visto, haber loado; cuando has visto unas letras, esto no es todo, porque se te advierte también que leas. De hecho, cuando has visto las letras, si quizá no sabes leerlas, dices: ¿Qué suponemos que es lo que está escrito aquí? Aunque ya ves algo, interrogas qué es. A quien solicitas que reconozca lo que has visto te mostrará otra cosa. Él tiene una clase de ojos, tú otra. ¿Acaso no veis similarmente los detalles de las letras? Pero no conocéis similarmente los signos. Tú, pues, ves y loas; él ve, loa, lee y entiende. Porque, pues, hemos visto, porque hemos loado, leamos y entendamos.

No basta la bondad para calmar el hambre

3. El Señor está en el monte: mucho más entendamos que el Señor en el monte es la Palabra en lo alto. Por ende, lo que en el monte sucedió no yace como a ras del suelo ni hay que dejarlo atrás de pasada, sino que hay que levantar la vista hacia ello. Vio a las turbas, reconoció que tenían hambre, misericordiosamente las alimentó, no sólo según su bondad, sino también según su potestad. ¿Qué aprovecha, en efecto, la sola bondad, donde no había pan con que alimentar a la turba hambrienta? Si la potestad no asistiese a la bondad, la turba continuaría ayuna y hambrienta. Por eso, también los discípulos que con hambre estaban con el Señor, también ellos querían alimentar a las turbas, para que no continuasen vacías, pero no tenían con qué alimentarlas. Interrogó el Señor cómo comprar panes para alimentar a las turbas. Y asevera la Escritura: «Ahora bien, decía esto para ponerlo a prueba2 —o sea, al discípulo Felipe, a quien le había preguntado—, pues él mismo sabía qué iba a hacer. ¿Para qué bien lo ponía a prueba sino porque demostraba la ignorancia del discípulo? Y quizá con la demostración de la ignorancia del discípulo significó algo. Aparecerá, pues, cuando a propósito de los cinco panes comience a hablarnos del misterio mismo y a indicar qué significa; allí, en efecto, veremos por qué el Señor, interrogando lo que sabía, quiso mostrar la ignorancia del discípulo respecto a este hecho. Por cierto, a veces interrogamos lo que desconocemos, pues queremos oír para aprender; a veces interrogamos lo que sabemos, pues queremos saber si también lo sabe ese a quien interrogamos; una y otra cosa sabía el Señor; sabía aquello por lo que interrogaba, pues sabía qué iba a hacer, y sabía similarmente que Felipe lo desconocía. ¿Por qué, pues, interrogaba sino porque demostraba la ignorancia de aquél? Después entenderemos también, como he dicho, por qué hizo esto.

4. Andrés dice: Aquí hay cierto muchacho que tiene cinco panes y dos peces; pero esto ¿qué es para tantos? Aunque Felipe, interrogado, hubiese dicho que doscientos denarios de pan no bastarían para restablecer a aquella turba tan numerosa, había allí cierto muchacho que llevaba cinco panes de cebada y dos peces. Y dijo Jesús: Haced a los hombres recostarse. Ahora bien, había allí mucha hierba, y se recostaron casi cinco mil hombres. El Señor Jesús, por su parte, tomó los panes, dio gracias, mandó, los panes fueron partidos y puestos ante los recostados. Ya no eran cinco panes, sino lo que había añadido quien había creado lo que se había aumentado. Y de los peces cuanto bastaba. Poco es haber saciado a aquella turba, quedaron incluso fragmentos, también se mandó recogerlos para que no pereciesen. Y llenaron doce canastos de fragmentos3.

Significado de los panes y los peces

5. Para recorrer el relato brevemente: por los cinco panes se entienden los cinco libros de Moisés; con razón no son de trigo, sino de cebada, porque pertenecen al Antiguo Testamento. Ahora bien, sabéis que la cebada está creada de forma que apenas se llega a su médula, pues la misma médula está vestida con una cubierta de paja, y la paja misma es tan resistente y está tan adherida, que se la arranca con esfuerzo. Tal es la letra del Antiguo Testamento, está vestida con las cubiertas de sacramentos carnales; pero, si se llega a su médula, alimenta y sacia.

Cierto muchacho, pues, llevaba cinco panes y dos peces. Si preguntamos quién sería ese muchacho, quizá era el pueblo de Israel; los llevaba con actitud pueril y no los comía, pues lo que llevaba, cerrado, abrumaba; abierto, alimentaba.Por otra parte, los dos peces me parece que significaban aquellas dos personas sublimes del Antiguo Testamento a las que se ungía para santificar y gobernar al pueblo: la del sacerdote y la del rey. Y en misterio vino por fin ese que era significado mediante aquéllas; vino por fin quien se mostraba mediante la médula de la cebada, pero se ocultaba mediante la paja de la cebada. Vino ese único que en sí lleva a una y otra persona, la del sacerdote y la del rey; la del sacerdote mediante la víctima, él mismo, que por nosotros ofreció a Dios; la del rey, porque él nos gobierna; y está abierto lo que se llevaba cerrado. ¡Gracias a él! Mediante sí cumplió lo que se prometía mediante el Antiguo Testamento.

Y mandó partir los panes; partiéndolos, se multiplicaron. Nada más verdadero. En efecto, aquellos cinco libros de Moisés, ¿a cuantísimos libros han dado origen, cuando se los expone, partiéndolos, digamos, esto es, explicándolos? Pero, porque en la cebada se ocultaba la ignorancia del pueblo primero, pueblo primero del que está dicho: «Mientras se lee a Moisés, un velo está puesto sobre sus corazones»4 —pues aún no se había retirado el velo, porque Cristo no había venido aún; el velo del templo no se había rasgado aún, colgado él en la cruz—; porque, pues, en la Ley estaba la ignorancia del pueblo, la prueba del Señor demostraba la ignorancia del discípulo.

Todo tiene un significado

6. Por tanto, nada es ocioso, todo hace señas, pero requiere un entendedor, porque también ese número de pueblo alimentado significaba al pueblo constituido bajo la Ley. ¿Por qué, en efecto, eran cinco mil sino porque estaban bajo la Ley, Ley que se desarrolla en los cinco libros de Moisés?Por eso, también los enfermos estaban puestos a la vista en aquellos cinco pórticos, mas no se curaban. En cambio, el mismo que allí curó al enfermo5, aquí alimentó con cinco panes a las turbas. Porque se recostaban sobre la hierba6 pensaban, pues, carnalmente y reposaban en lo carnal. En efecto, toda carne es heno7. Por otra parte, ¿qué significan los fragmentos sino lo que el pueblo no pudo comer? Se entienden, pues, ciertas realidades muy secretas de comprender, que la masa no puede captar. ¿Qué resta, pues, sino que las realidades muy secretas de comprender, que la masa no puede captar, se confíen a quienes son idóneos incluso para enseñarlos a otros, como eran los apóstoles? Por eso se llenaron doce canastos. Esto se hizo maravillosamente por ser un hecho grande, y útilmente por ser un hecho espiritual. Quienes lo vieron entonces, se asombraron; en cambio, nosotros no nos asombramos al oírlo. Sucedió, en efecto, para que ellos lo vieran; fue escrito, en cambio, para que nosotros lo oyéramos. Lo que los ojos fueron capaces de hacer en ellos, esto es capaz de hacer en nosotros la fe, pues percibimos con el ánimo lo que con los ojos no hemos podido, y los aventajamos porque de nosotros está dicho: Dichosos quienes no han visto y han creído8. Ahora bien, añado que quizá hasta hemos entendido lo que la turba no entendió. Y verdaderamente hemos sido alimentados nosotros, porque hemos podido llegar a la médula de la cebada.

Cristo, profeta y ángel

7. Finalmente, los hombres aquellos que vieron esto, ¿qué supusieron? Afirma: Los hombres, como hubiesen visto el signo que había hecho, decían que éste es verdaderamente el Profeta9. Quizá tenían aún a Cristo como el Profeta precisamente por haberse recostado sobre la hierba. Ahora bien, era el Señor de los profetas, el cumplidor de los profetas, el santificador de los profetas, pero también el Profeta, porque también a Moisés está dicho: Les suscitaré un profeta similar a ti10. Similar según la carne, no según la majestad. Y en los Hechos de los Apóstoles se expone y lee abiertamente que esa promesa del Señor se entiende respecto a Cristo mismo11. Y el Señor en persona asevera de sí: Un profeta no está sin honor sino en su patria12. Profeta es el Señor, la Palabra de Dios es el Señor y ningún profeta profetiza sin la Palabra de Dios; con los profetas está la Palabra de Dios y profeta es la Palabra de Dios. Los tiempos primeros merecieron profetas inspirados y llenos de la Palabra de Dios; nosotros hemos merecido como profeta a la Palabra misma de Dios. Ahora bien, profeta es Cristo, Señor de profetas, como ángel es Cristo, Señor de los ángeles, porque a él se le ha llamado también ángel del gran consejo13. ¿Qué dice, no obstante, un profeta en otro lugar? Que los hará salvos no un embajador ni un ángel, sino él, viniendo en persona14; esto es, a hacerlos salvos no enviará un embajador, no enviará un ángel, sino que vendrá él mismo. ¿Quién vendrá? El Ángel mismo. Ciertamente no mediante un ángel, sino porque ése es ángel de forma que es también Señor de los ángeles. Efectivamente, en latín, «ángeles» significa mensajeros. Si Cristo no comunicase nada, no se le llamaría ángel; si Cristo no profetizase nada, no se le llamaría profeta. Nos ha exhortado a la fe y a conquistar la vida eterna. Anunció realidades presentes, predijo realidades futuras. Por haber comunicado lo presente era ángel; por haber predicho lo futuro era profeta; porque la Palabra de Dios se hizo carne 8, era Señor de los ángeles y de los profetas.

San Agustín. Tratado sobre el Evangelio de San Juan, N° 24

Traductores: Miguel Fuertes Lanero y José Anoz Gutiérrez

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