–¡Compadecer! ¿Por qué habían de compadecerme? –exclamó, de pronto, Marmeládov, levantándose con la mano extendida, poseído de enérgica exaltación, cual si sólo hubiese esperado aquellas palabras–. ¿Por qué compadecerme? ¡Di, tú! Eso es. ¡No hay por qué tener lástima! ¡Lo que hay que hacer conmigo es clavarme en una cruz y no compadecerme! Pero crucificadme después de juzgarme, y, luego que me hayáis crucificado, compadecedme. ¡Y entonces yo mismo iré a ti para sufrir el suplicio, que no es de alegría de lo que estoy sediento, sino de tristeza y de lágrimas!… ¿Te figuras tú, tasquero, que esta tu media botella me sumerge en dulzuras? Penas, penas buscaba yo en su seno; tristezas y lágrimas, y las encontré y di con ellas; pero en cuanto a lástima, nos compadecerá Aquel que de todos se apiadó y lo comprendió todo; Él, que es único y es también el Juez, Él se presentará ese día y preguntará: «¿Dónde está esa pobre chica que se vendió por una madrastra mala y tísica y por unos niños ajenos y pequeñines? ¿Dónde está esa pobre chica que a su padre terrenal, borracho empedernido, sin asustarse de su embrutecimiento, le tuvo compasión?» Y luego dirá: «¡Anda, ven acá! Yo ya te perdoné una vez. Ya te perdoné una vez. Perdonados te sean también ahora tus muchos pecados, porque amaste mucho.» Y perdonará a mi Sonia; la perdonará, yo sé que la perdonará… Yo, esto, hace poco, cuando estuve a verla, lo sentí así en mi corazón… Y a todos juzgará y perdonará, así a los buenos como a los malos, y a los prudentes, y a los pacíficos… Y luego que haya concluido con todos, se inclinará también hacia nosotros: «Venid acá –dirá– también a vosotros, borrachines; venid acá impúdicos; venid acá puercos!» Y nosotros nos acercaremos, sin avergonzarnos, y nos detendremos. Y Él dirá: «¡Hijos míos! Imagen bestial la vuestra, y su sello lleváis; pero llegaos acá también vosotros.» Y terciarán los castos, terciarán los prudentes; «¡Señor! Pero ¿vas a admitir también a éstos?» Y dirá: «He aquí que los admito, ¡oh, castos!; he aquí que los acojo, ¡oh prudentes!, porque ni uno solo de ellos se creyó nunca digno de tal merced…» Y tenderá a nosotros sus manos, y nosotros nos acogeremos a ellas, y romperemos en llanto y lo comprenderemos todo… ¡Entonces lo comprenderemos todo!… Y nos comprenderán… Y Katerina Ivánovna también comprenderá… ¡Señor, venga a nos el tu reino!
 
Fiódor Mijáilovich Dostoievski. Crimen y Castigo. Barcelona: La Maison De L’Ecriture, 2005. Primera Parte, p.22

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