Mons. Fulton J. Sheen

El egocéntrico y el escapista

escapismo

Escapista es aquel que denomina «escapismo» a la religión para no enmendar su vida como ésta lo exige. Su dicho favorito es: «Mi conciencia está en paz». De lo que está hablando, en realidad, es de una conciencia engañosa y hecha a medida por él mismo.

Una verdadera conciencia no es hechura nuestra; de otra manera la induciríamos a testimoniar siempre a nuestro favor, como los psiquiatras declaran algunas veces en la corte a favor de quien los contrata. La conciencia no puede venirnos de las reglas de la sociedad, si no jamás nos reprobaría cuando la sociedad no lo hace, ni nos consolaría cuando la sociedad nos condena. Mas una conciencia sana se mantiene firme aunque nos disgusten sus hallazgos, y sin importarle si los que nos rodean se oponen a ellos o no.

De la misma manera en que no se puede saber qué teclas tocar en el piano a menos que se tenga una partitura, así la existencia misma de la conciencia implica que existe, afuera de nosotros, un divino Hacedor de leyes que legisla —un divino Director que presencia nuestra correspondencia con la ley— y un divino juez quien emite sentencias. Sentimos todo el tiempo que hay un testigo invisible que nos confronta, cuya reprobación nos hace sonrojar de vergüenza, y cuyo aprecio nos regocija, y este testigo es Dios. La palabra «conciencia» significa «saber con»; ¿saber con quién sino con Dios? Porque la conciencia es el impacto de la Verdad y Bondad divinas en nuestro ser interior.

Pero hay dos clases de conciencia: la que Dios nos ha dado y también aquella que nosotros hemos construido para nosotros mismos. Si nos guiamos por la primera, reconocemos que Dios no sólo ha implantado en nosotros el deseo de viajar a la Ciudad Celestial, sino que Él nos ha dado el mapa de cómo llegar allí. Si seguimos la conciencia hecha por nosotros, podemos negar que haya un destino en la vida, podemos arrojar el mapa, y considerar que cualquiera de nuestros estados de ánimo es correcto. Los propietarios de tales conciencias son los que se vanaglorian de tener «una conciencia en paz».

La paz es una hermosa palabra, pero tiene también un sentido falso y otro verdadero. La verdadera paz es un don de Dios; la falsa paz es de nuestra propia hechura. La verdadera paz florece en la creciente amistad con Dios; la falsa paz se desarrolla por medio del olvido de Dios y de la exaltación de sí mismo. La verdadera paz se ahonda en el sufrimiento; los reveses de la vida hacen pedazos a la falsa paz. La verdadera paz no tiene deseos; la falsa, es inquieta y codiciosa. La verdadera paz tiene baja opinión de su yo; la falsa paz vive en el miedo de que la encuentren inferior. La verdadera paz confía firmemente en Dios a pesar de sus pecados pasados; la falsa paz evita pensar en Dios, porque no desea poner fin a sus pecados actuales.

Fulton J. Sheen, Eleva tu corazón, Buenos Aires, Lumen, 2003

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