El ego y el yo

Algunos egoístas se defienden como tigres ante la posibilidad de abandonar sus egos, pero una vez que se convencen de que hay una identidad propia, una verdadera personalidad, más allá del ego, entonces ven el cambio no como una pérdida sino como una ganancia. Nuestro Divino Señor nos dijo que si deseamos salvar nuestra vida, debemos perderla. Al decir esto estaba afirmando, asimismo, la verdad psicológica de que si perdemos el ego, hallaremos al yo.

Los propios seguidores de nuestro Señor trataron de disuadirlo de sacrificar su vida desinteresada como guía profética de la manera en que cada uno de nosotros debe abandonar su vida egoísta. No sabemos qué dijeron los griegos a Nuestro Señor cuando fueron a verlo, pero podemos pensar que lo urgieron para que viajara a Atenas, con el argumento de que Sócrates había sido el único hombre justo sacrificado allí, y que, desde entonces, los atenienses se lamentaban por ello. Dijeron que lo recibirían cálidamente, pero que si Él permanecía en su propio país, probablemente lo matarían. Su respuesta («Un grano de trigo debe caer en tierra y morir para dejar de ser solamente un grano de trigo») sugiere que siempre debe haber una muerte para que exista una resurrección. La vaina debe morir para que la semilla pueda germinar. Juan el Bautista, cuando vio a nuestro Señor, dijo que él debía decrecer pero Cristo debía crecer.

Asimismo, en nuestras vidas, lo que es menos bueno debe dejar su lugar a lo mejor de nosotros. El ego debe decrecer y el yo crecer. Mas la personalidad no puede crecer sin estar en comunión con otras personalidades, lo que implica el amor al prójimo. Cada prójimo, por más odioso que sea, se vuelve amable para una personalidad completamente desarrollada, en cuanto él también es una criatura de Dios. De esta manera, la personalidad florece al obedecer la doble ley de amar a Dios y al prójimo. Cuando una persona ha vencido su ego, encuentra que su personalidad o verdadera identidad es más vasta de lo que había pensado, que es una ventana abierta que mira hacia Dios, hacia su prójimo, y hacia la totalidad del valioso cosmos.

Pero hay un Tú divino, que es más adecuado como centro de la vida que el ego o el yo, y es Dios, revelado en su divina Naturaleza. Cuando el ego muere, nace el yo y cuando éste se entrega libremente a Dios, revelado en Jesucristo, la vida encuentra su nuevo centro en Él. San Pablo expresa su experiencia de la siguiente manera: «Yo estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí». De la misma manera en que el ego se transformó en el yo a través del desapego de su egoísmo, así el yo se diviniza, al participar de la divina Naturaleza a través de un vínculo de interés y amor. Ambos, desapego y apego son obra del yo, quien en primera instancia aplasta al egoísmo y luego, mediante un acto de oblación de su personalidad, se coloca bajo las órdenes de la mente Crística.

El ego, ahora, ha desaparecido, y hasta la personalidad se ha vuelto periférica.

Cuando alguien ha establecido la órbita de su vida alrededor de Cristo, sus pensamientos, los deseos que lo inflaman, la motivación de todas sus acciones se hallan centrados en nuestro divino Señor. El yo aún permanece, pero como lo sugiere el Padrenuestro, es secundario: «Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo». Esta entrega es la cima de la actividad del yo, que, a través de una libre entrega de su voluntad, queda satisfecho. Porque la única cosa que nos es tan propia que Dios jamás nos desposeería de ella es nuestra libertad. La capacidad de pecar es el signo negativo y temporal de nuestra libertad, y el infierno es el signo negativo y eterno. Y, como la voluntad es siempre libre, es el supremo don que podemos ofrecer a Dios. Esta sujeción del centro de nuestras vidas a Cristo es el camino de la felicidad suprema. Nuestra felicidad varía de acuerdo con el centro alrededor del cual gira. En caso de ser el ego, hay frustraciones; en caso de ser el yo, hay una medida de felicidad aún incompleta. Si el centro es lo divino, surge la dicha de ser uno con el Amor, la Verdad y la Vida infinita.

Está en nosotros la elección del centro: debemos ser satélites que sirven a un centro, pero podemos elegir nuestro sol. No podemos permanecer aislados de todos los centros; todas las personas entregan su libertad. Algunas la entregan a la opinión pública o se vuelven esclavas de sus propias pasiones. Otras entregan su libertad a un dictador o al Estado, pero algunas entregan su libertad a Dios. Es sólo en esta última entrega que nos volvemos verdaderamente libres, porque sólo entonces nos unimos a Aquel cuya voluntad es nuestro contento. Cuando servimos a la opinión pública, a los dictadores, a la sensualidad o a la bebida, estos jamás intentan liberarnos; mas nuestra libre voluntad es la principal preocupación de Dios: «Por eso, si el hijo los libera, ustedes serán verdaderamente libres» (Jn 6, 36).

Cuando el ego es fuerte, el yo es débil. Cuando el yo es fuerte, Dios aún puede ser débil en nuestro interior, en la medida en que nos neguemos a permitir que obre lo divino. Pero cuando abandonamos por amor algo que el Amor dio, entonces Dios se hace fuerte en nuestra personalidad. «Yo lo puedo todo en aquel que me conforta» (Flp 4, 13). Si una personalidad pudiera, voluntariamente, volverse débil para reposar completamente en Dios, pidiéndole que opere a través de ella como un instrumento, entonces, por una curiosa paradoja, el yo se haría fuerte con el poder de Dios.

La persona cuyo centro es el ego, nunca ama a Dios, porque ella es su propio dios. La persona centrada alrededor del yo ama a Dios de una manera limitada; lo reconoce como el Poder que ha hecho al mundo, como la Sabiduría que lo planeó, y como el Amor o la divina Ley de la gravedad que atrae a todas las cosas hacia sí. Pero quien ha elegido a Cristo como su centro, iguala la voluntad de sí mismo a la voluntad de Dios, y sólo encuentra felicidad en amar a Dios y a todas las criaturas, incluso a sus enemigos, en Él.

Fulton J Sheen, Eleva tu corazón, Buenos Aires, Lumen, 2003.

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