Mons. Fulton J. Sheen

El surgimiento del carácter

El amor nos hace odiar las faltas que nos impiden amar. Mas no nos desalentamos, puesto que nuestras fallas nunca son insuperables una vez descubiertas y reconocidas como tales. Excusarlas o designarlas con un nombre falso, llamando al egocentrismo “complejo de inferioridad” o a la autocomplacencia “vida agradable”, es lo que impide el progreso espiritual. La regla más importante para atacar al mal en nosotros es la de evitar el asalto directo, en favor del indirecto. No se echa fuera al mal, se lo desaloja. La ebriedad y el alcoholismo no se controlan diciendo: “No beberé”, sino a través del poder de expulsión de algún bien contrario. Cuando el alma comienza a amar a Dios, pierde esos mórbidos temores que deben ser ahogados en la bebida. Las alegrías del espíritu desalojan a los placeres de la carne. Debemos tener alegrías, pero quien las ha encontrado en el alto camino del espíritu ya no necesita perseguirlas en el camino más bajo de la sensualidad. Si yo levanto mi puño contra un hombre, él levantará sus brazos a modo de autodefensa; lo mismo sucede con el mal, sujeto a un ataque directo. “Pero yo les digo que no hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra” (Mt 5, 39). Los pequeños e ilícitos amores del ególatra pueden ser expulsados por los amores más grandes a cosas que van más allá de la persona. Básicamente no hay cura para el egoísmo, a menos que uno aprenda a amar a los demás más que a su propio yo; no existe cura para el sexo ilícito hasta que amemos más al alma que al cuerpo; no hay alivio para la avaricia, hasta que los tesoros que la herrumbe no puede oxidar sean amados más que aquellos que los ladrones pueden robar. En apoyo de estos esfuerzos para desarrollar el carácter, recordamos el ruego divino. “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré” (Mt 11, 28). En tanto la persona no encuentre un amor más noble y bello, no podrá dominar sus vicios o superar su mediocridad. En una conversión total, las almas que antes eran adictas al vicio, como Agustín, ya no sienten deseo alguno por sus antiguos pecados, sino más bien disgusto. Así como el ojo parpadea ante el polvo, el alma, ahora, parpadea ante el mal. No se lucha contra el pecado sino que ya no se lo desea. El amor expulsa al miedo tanto como al pecado. La gran tragedia de la vida consiste en que tantas personas no tienen a quién amar. De la misma manera en que un hombre que ama a una mujer noble dejará de lado todo aquello que le disgusta, el alma enamorada de Dios deja de lado todo aquello que pueda herir a ese amor.

Hoy en día, hay demasiadas discusiones públicas, análisis e investigaciones sobre el mal, la ebriedad, la infidelidad, el sexo. Da la impresión de que los investigadores se deleitan al descubrir detalles sórdidos. Pero la Iglesia, en su comprensión, pide que los detalles de nuestros pecados queden excluidos hasta de la confesión. Nada induce tanto a la morbidez como centrarse en la enfermedad, cuando no se ofrece cura alguna excepto los remedios caseros del propio enfermo o aquellos de un analista, que calla sus sugerencias en cuanto terminan sus honorarios. No es en el nivel humano donde podemos liberarnos del mal sino en el Divino. En una ocasión, Charles de Foucauld, héroe de Francia, aunque todavía un mal hombre, entró y golpeó en el confesionario del padre Huvelin y dijo: “Salga porque deseo hablarle de cierto problema.” El padre Huvelin contestó: “No, entre usted; deseo hablarle acerca de sus pecados.” Foucauld, golpeado por la gracia divina, obedeció. Más tarde se hizo solitario en el desierto, y uno de los más grandes santos de nuestros tiempos.

Un hombre distinguido visitó un día al padre Vianney, más conocido como el Cura de Ars, y dijo: “No he venido a confesarme, sino a discutir sobre las cosas.” El Cura dijo: “No soy bueno para las discusiones, pero soy bueno para consolar.” Una vez dentro del confesionario, el penitente se puso en contacto con la gracia divina y halló una nueva energía y un nuevo amor para desplazar al yo, y así nació su personalidad.

Sheen, Fulton J. Eleva tu corazón. Buenos Aires: Lumen, 2003

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