Agnus Dei

Valdrá seguro aquello de fray Luis de León: que de los Nombres divinos vale que cada cual tenga sus gustos, sus preferencias, su dilección. Que los hay quienes al título de “Rey” de Nuestro Señor, se les conmueven las entrañas todas; o los que caen de bruces a la sola voz “Señor”; o quienes aman y viven del nombre “Jesús” como servidor. Como no faltan quienes hallan la más bella lumbre y música al título de Roca o Pastor; Esposo, Verdad o Ladrón de Medianoche.

Valdrá lo de Fray Luis, cómo no… pero permítaseme excluir del listado a un nombre, un solo Nombre de Cristo que se resiste a sumarse sin más a la larga nómina de Nombres. Y no porque sea el más lustroso ni el más sublime. Pantocrátor dice más. Hijo Eterno, ni hablar. Se trata de un Nombre casi insignificante; es más: se trata del Nombre donde la distancia entre el Nombre y el Nombrado se estira de tal modo que no cabe ni pensar ni imaginar un estiramiento mayor. Es el Nombre mayor de lo cual Dios no podría ser analogado. Nombre que habita las fronteras más inhóspitas de la analogía, allí donde éstas lindan con el equívoco. El Nombre que está bajo todo nombre… hablamos del Cordero de Dios.

Y no, no es un Nombre más. Es distinto. De tan inadecuado, se torna más creíble y amable que todos los títulos ajustados a teológica razón. Tal vez sea sencillamente el nombre más bello que haya recibido Nuestro Señor, y la prueba o el fundamento de que sea tal radique justamente en lo infundamentable de su fundamento…

Sí. No hay nada más bello que verle el Rostro a Jesús (el infante, el muy Llagado, el bien Resucitado, el Rostro hecho Pan o el que fuere) y soplar sobre Él la voz “Cordero”… y notar qué bien le sienta.

No necesita decodificaciones teológicas ni piadosas. Desnuda de toda retórica, la voz Cordero lo nombra al Señor de un modo misterioso y entrañable, cotidiano e inasible, tierno y tremendo. Como el Cordero de Zubarán: sin aureola, sin estandarte, sin siquiera sangre, lo dice al Señor prístino, sin más. De tan oblicua que es la referencia, de tantos rebotes de espejo en espejo, la luz del Nombrado termina fluyendo en este Nombre con tal frescura y vigor que pareciera manar del surgente y allí mismo ser recibido. Por aquello de que el colmo de lo oblicuo es derecho. Un Nombre cuya parábola o metáfora es tan lejana que la elipse devuelve el Nombre al foro de lo nombrado. Por eso “Cordero” refulge en tanta luz; por eso decirle al Hijo Eterno “Cordero” es tan inmediato y directo como decirle al sol sol, o luna a la luna.

No en vano la Ciudad divina, el Cielo eterno, no será alumbrada ni por el sol ni por la luna sino por este Cordero de Luz…

Y de allí que el Evangelio comience con este señalamiento de Juan Bautista: este es el Cordero de Dios. Este es Quien en su purísima inocencia cargará sobre sí todo el pecado del mundo: lo asumirá, lo hará propio y saliendo del campamento como chivo expiatorio, morirá en vez de los culpables, en paga de sus culpas.

Pero hay mucho más en la voz Cordero (y en el señalamiento de Juan) que la expiación que quita el pecado del mundo. Esa lana blanca como la nieve, antigua como la rueca, esa mirada inmensa y calma, esas manos talladas en roca prediluviana… y ese gusto por el silencio, incluso en el peligro, incluso a la hora de teñir de escarlata su lanar. Hay algo en el nombre Cordero que expresa muy bien una cualidad inefable de Cristo: el que sea tan a la vez tierno y firme, dulce y viril, hidalgo y feroz, manso y salvaje, lúdico y serio. Tal vez lo que se anuda en el Cordero sea, al decir de Blake, “inocencia y experiencia”.
Pues es el Niño del Pesebre y el Hacedor del orbe… ese misterioso Cordero más antiguo que el Mundo, de la carta de Pedro.

El Cordero que tenemos por Dios y Señor está vivo y degollado a la vez. Fluye de su Pecho muy lastimado un intenso flujo de Sangre viva: no como se encharca en su propio derrame un animal muerto sin pulso, sino que mana este torrente a la presión fuerte de un Viviente. Como el Cordero místico del políptico de Van Eyck, nuestro Dios y Cordero es garboso y erguido con porte de León, manso y humilde con rasgos de borrego.

No es que Dios buscó un animal entre todos, en busca de alguno que expresara lo mejor posible la identidad de su Hijo. Decididamente fue al revés: Dios creó el cordero mirando a su Hijo, previendo su Encarnación y lo creó ante todo para decirlo, para que hubiera gramática, un modo de decir al Hijo, un modo de decir lo inefable, de vocear ese infinito inasible en una sola voz e imagen: Cordero, Agnus Dei.

Por eso, no sólo el Cordero pascual del Éxodo, o el “como cordero llevado a matadero” de Isaías, ni el Cordero de oro refulgente del templo de Salomón son prefiguraciones de Cristo: sino que todo cordero es sombra y figura Suya. Todo cordero habla de Él.

Quien pierda una tarde mirando dormir a la cría de oveja o contemplando cómo da lúdicas cabriolas jugando con su propia sombra, o cómo mira lejos con apacible gozo, y acercándose a su oído le pregunte, con Blake, Little Lamb who made thee (pequeño cordero, ¿quién te hizo, sabés acaso quién te hizo?), quien esto susurre, entenderá que antes que hubiera Mundo, antes que los montes y los mares, antes que las praderas y corrales hubo un dorado Cordero en Brazos de su Padre, con cuya lana se urdieron y tejieron los Mundos.

Y en el Cielo lo veremos como un diamante en todas sus incontables facetas: Puerta y Camino, Piedra y Juez, Luz y Vida, Rey y León, Verbo y Salvador… pero todos estos atributos serán divinos hilos con que se bordará una sola y compacta imagen, la de Jesús, el Cordero eterno del Padre.

No en vano el Libro del Cordero del Apocalipsis, en 28 ocasiones nos habla de Él, de su Cántico y su Boda, de su lumbre y potestad. Que Lutero siga quejándose de que es un libro críptico que no revela: nuestra es la gracia de poder leer “Cordero” y conmovernos enteros ante la manifestación tan diáfana del Rostro de Dios.

Que al llegar mi postrer día quiero pensar y decir: viví como un pobre pastorcico apacentado por un Cordero; lleva a tu servidor, por manos de tu Ángel, para sumarse a la multitud de eremitas que adoran al místico Cordero erguido sobre el altar del Cielo, en las verdes colinas eternas. Y pueda allí volver a decirte: yo soy niño y Tú Cordero y ambos respondemos al mismo nombre.

Diego de Jesús

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