Domingo Laetare

En el centro del desierto hay un oculto venero, del que brota agua sin estruendo, con la serenidad con que se desangra un cordero. Son aguas muy delgadas y calmas que se encharcan allí mismo, en el centro del despojo. Aguas que cantan una susurrada y modesta canción a la alegría.

No es la alegría como la concibe el mundo. Es muy otra. Sin brillo ni fulgor. Y no se da más allá del desierto, sino allí mismo, en su más profundo centro.

Algunos han buscado estas aguas en el estuario del desierto, donde éste muda en vida; allí donde el ocre de la arena deviene verde vergel. Y no las hallaron. Pues estas aguas sólo brotan allí, en el centro del desierto.

En el centro de la Cuaresma hay un modesto surgente, que se llama Domingo Laetare, Domingo de Gozo. Mana allí un gozo peculiar, distinto al de la Pascua, incluso al de Navidad. Gozo que ningún éxito ni logro ni satisfacción sabría generar. Austeras y respetuosas, sus aguas sobrias conforman el río que los hombres todos, sabiéndolo o no, más han codiciado. Es la alegría de los que no lo están. Es la secreta alquimia del legendario felices los infelices, dichosos los desdichados.

Domingo Laetare no sólo es una tregua, un alto, en el riguroso camino de penitencia cuaresmal. También alude a algo más misterioso, pero meduloso: y es la alegría anclada en el centro, en el vórtice mismo de la penitencia (la elegida con mucha deliberación, como esa otra, la que llega sin aviso ni permiso). En la lógica cristiana (a diferencia de la estoica) el gozo no es sólo lo que adviene después de la prueba, sino lo que emerge en el medio mismo de ella.

Por eso, en el medio de la Cuaresma, este arcano pozo de gozo.

In tribulatione dilatasti mihi, dice el salmo 4. En el aprieto me diste anchura. Non post sed in. No después sino adentro. Adentro de la aflicción, en las honduras de la prueba, mana, cristalina, esta secreta alegría.

Hay una tendencia a mirar hoy el Misterio pascual sólo en función de su desembocadura, en tensión hacia su tercer día. Haciendo del Viernes Santo una suerte de estación inevitable, penosa y desgraciada, funcional a la resurrección. Cuando es el Árbol de Vida en el centro del nuevo paraíso. Cuando es allí (y no después de allí) donde se nos otorgan todos los consuelos.

La secuencia ascética-mística es inexorable. Pero no hay que pensarla tan sólo sobre la horizontal del cronos, sino en la verticalidad del kairós.

En la renuncia, en el despojo, en el vaciamiento, en la oscuridad (elegidos o no) se da una experiencia inefable que, a riesgo de confundirla, el cristianismo denomina laetitia, alegría. En el dolor, en el sufrimiento, en la tribulación (en su durante y no sólo en su después), desde el centro mismo de ese jardín nocturno, mana este sobrio venero, cuyas aguas saben a gozo. Es el río subterráneo de la alegría más cristiana. Que se nos da a beber, en el corazón mismo del desierto cuaresmal.

También eso es Domingo Laetare.

Porque la Cuaresma y la Cruz no sólo “hay que pasarla”. No sólo es Camino. Bajo ella, bajo su sombra, hay paz y sosiego. En la cruz, en su más profundo centro, hay vida y consuelo. Hay Paraíso.

Parafraseando lo de Bloy cabría decir: el hombre anhela un gozo del corazón que todavía no existe; y para que pueda existir, entra el dolor.

El pozo es muy modesto; su brocal, insignificante. Muchos han pasado de largo sin notarlo, con los ojos demasiado puestos en el horizonte, donde acaba el desierto. No pases tú de largo. Mira que no hay consuelo más hondo que el que brota de la misma llaga del dolor.

Bebe de sus aguas sin temor. Y vivirás.

Padre Diego de Jesús

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