El arte de provocar

Como nos va a deleitar visualmente Marcos durante todo este año, también hoy nos ofrece una imagen de un colorido majestuoso. Expresionista, valdría catalogarlo si fuera pintor. Todo reluce, todo abunda en detalles y en colores fuertes y vivos. Y en diálogos punzantes, filosos, casi guturales, intensos, primarios.

El leproso —no un enfermo cualquiera, sino un necesitado en estado terminal, desahuciado—, con toda su podredumbre colgando cual girones de su desliada existencia.

Ese hombre, cayendo de rodillas ante el Señor. Corriendo hasta Él y postrándose ante Él. Derribado, rendido a sus pies. Hagan rodar la escena hasta aquí varias veces. Y contrástenla con las macilentas “reuniones” litúrgicas de nuestros tiempos, de señores y señoras muy sentadas, muy cruzadas de piernas y de brazos o agarrándose el mentón… y vuelvan el foco al harapiento y andrajoso leproso derramando su hirsuta nada a los pies del Maestro. De rodillas, sí. Ambas en tierra. (Comentaba Benedicto, lamentándose, que en nuestra liturgia actual se prevé que de la hora de la Misa el fiel esté arrodillado entre 3 y 4 minutos, no más…).

Pero volvamos a nuestro sano leproso: sano, sí; sano en su antropología, en la clara dicción de su lenguaje físico, en la unidad y armonía de su gesto (sí, el deforme leproso, armonioso en su caligrafía corporal): se arrodilla ante el Maestro y lanza su flecha incendiaria al Corazón mismo de su destinatario: si quieres, puedes.

Nada de alambicados y suspirantes discursos sensibloides, ni macilentos razonamientos hilvanando vidriosas premisas y conclusiones. Nada de todo eso: es un grito de un solo golpe. Acorde más que arpegio. Si quieres puedes.

Lo que hay detrás de esta saeta son siglos de una Humanidad cargando con una sórdida aporía que —formulada o no— carcome los cimientos mismos de esta engreída hechura con su Hacedor: el misterio del mal. Si Dios quiere pero no puede, no es omnipotente. Si Dios puede pero no quiere, no es bueno. Y el único tertium datur es que pueda y quiera y por tanto haga. Si no hace… ergo Deus non est.

El leproso le ahorra al divino Viandante todo este rodeo y clava su estocada de un solo lance: si quieres puedes, con la lepra expuesta entre manos.
Y el hidalgo Señor detiene bruscamente su andar. Ya no es la sirofenicia con su ingenioso y disimulado recurso a la orla del manto: este hebreo fue derecho al centro, “a la yugular”, al vórtice del Misterio redentor: si quieres puedes.

Una provocación: eso.

Una tremenda provocación al Logos de paso.

Si todos los interlocutores con que trata el Señor en los evangelios son maestros de oración —como insistimos tanto en esta Casa de Oración— el magisterio oracional de este leproso, la “escuela” que funda es la de la provocación. Ustedes cuando oren… provoquen.

Y el leproso provocó: Si quieres puedes.

¡Claro que quiero! ¡Claro que puedo!, reacciona con flameante brío el Señor de los Ejércitos. Y otra vez sintió interiormente lo mismo que con la sirofenicia: una fuerza y bravura, una energía indómita de vientos arrasadores, de aguas torrenciales, emergía desde su fondo-sin-fondo hasta el brocal de su Boca nazarena: una extraña violencia había en ese “claro que”, cercano al latigazo. Estaba derribando a patadas ya no las mesas de cambistas, sino los lustrosos escritorios de filósofos, teólogos y hermeneutas de guantes blancos.

El orante leproso había logrado meter el dedo en la Llaga, en la divina Llaga de donde mana Sangre, Agua… y la Vindicación del Amor y el Poder de Dios.

Y la fuente manó.

Y el leproso se curó.

Así como hubo un ladrón que con ingenio se robó el paraíso en un solo golpe de ganzúa… hubo un orante que supo bien donde “tocar el punto débil”: un maestro de la provocación, un maestro de oración que nos lega su “si quieres, puedes” para nuestras súplicas cotidianas.

Padre Diego de Jesús

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