Padre Diego de Jesús

Intra Tuum Vultus

He guardado con retardo el relato que ahora intentaré. La dilación tiene que ver con la dificultad que hallo en verbalizar lo ocurrido. Adelgazando letras y palabras procuraré tornarlas aptas.

Fue una tarde, después de las Vísperas. Apenas quedaba algo de resolana de un sol hundido detrás del Tupungato.

El Rostro me dijo «ven». Y no sé muy bien cómo, pero yo trepé y me acerqué. En un instante estaba ante Él, cara a cara. Noté entonces que el Rostro plano no era tal: tenía relieve como un rostro real. Todos los rasgos de la minuciosa topografía de la Cara habían ganado esa dimensión con que la geometría es vencida por la realidad: profundidad.

—Adéntrate en Mí— se me dijo.

Atónito, no supe cómo poner por obra la consigna.

—Que pases, que entres— agregó notando mi desconcierto.

Recordé entonces el intra tua vúlnera y la infinidad de veces que me imaginé escondido en su Costado herido… pero no parecían haber llagas en su Cara… aunque exudaba dolor todo su Semblante.

El agustiniano «Búscame en ti» mudó abruptamente en un teresiano «Búscate en Mí».

Aunque muy semejante, no es lo mismo permanecer en Ti que Tú permanezcas en mí (Jn 15,5). Saberte en mí da seguridad, refugio y anclaje. Saberme en Ti, en cambio, anchura y libertad. Tú en mí, recoge. Yo en Ti, expande sin límites.

Tus ojos muy abiertos en mis entrañas dan un suave calor como el apacible fuego de un hogar. Con más aires a Betania que a Tabor.

En cambio, mi viaje al País de tu Rostro, sin menguar deleite, sabe más a riesgo y aventura, como un viaje al interior del Sol.

Intra tuum vultus, abscóndeme, susurré. Casi como tratando de acertar a una contraseña que me abriera el portal.

Vi entonces que el lagrimal de su ojo derecho era una inmensa cavidad. En realidad su párpado inferior completo era una suerte de alféizar de un inmenso ventanal abierto. Estribando en la filosa ladera de la nariz, bordeando el abismo del lagrimal, alcancé el vano del ojo. Noté que mi altura era el diámetro de su pupila. “Como la pupila de tus ojos”, al decir del salmista: así me sé protegido por Ti.

Noté también que mi aspecto era el de un niño de pantalones cortos, aunque era yo mismo, con mis cincuenta a cuestas.

Recordé frecuentes andanzas infantiles en que nos trepábamos por caños, caminábamos por cornisas y aleros, y accedíamos a lugares insólitos deslizando-nos por intersticios o recovecos de edificios viejos… Con parecida adrenalina, e incluso con un dejo de aquella sensación de transgresión, estiré mis dos piernas hacia el interior del alféizar y me dejé deslizar y llevar por ese plano inclinado que me introdujo a los interiores del Rostro. Pues —aunque ya queda dicho, enfaticemos—: este Rostro evidentemente cuenta con interiores. No es la falsa careta en la fachada de un edificio. Es el umbral de un Viviente.

Al ingresar a su Rostro tuve la inconfundible sensación de estar saliendo de un encierro inmemorial y accediendo a lo abierto, a un inmenso afuera liberador. Hay más anchura y holgura en ese interior que en nuestro estrecho exterior. Entendí entonces, Señor mío, que entrar en Ti es salir, como bajar es subir, como perder es ganar y morir es vivir… Y que ese alero de tus Ojos era ergástula de escape, éxodo de la angostura de vivir en mí a la hermosura y anchura de vivir en Ti.

Lo que sigue excede mi pericia para decirlo. Como los niños de Lewis caen de bruces en Narnia atravesando un bosque, un armario o un cuadro… así yo, tras el ingreso ocular, accediendo al mágico País de los adentros del Rostro del Señor.

Recordé también aquella experiencia de Kurosawa adentrándose en los Van Gogh.

La lumbre interior era intensa y suave a la vez.

Con la curiosa característica de no generar sombras, al no proceder desde algún ángulo determinado, sino emanar desde la realidad misma, como si la luz fuera un perfume. Recordé la Jerusalén bajada del Cielo, no iluminada ni por luz de lámpara ni de sol sino por el Cordero incandescente…

El tiempo era un tanto ingrávido o al menos de un fluir ajeno al río temporal que conocemos por fuera de este adentro. Días de mil años, me recordó el Salmo…

Tal vez lo más llamativo fuera que el interior del Rostro preservaba los rasgos inalterados de su semblante. Como en aquel Libro del Apocalipsis escrito por dentro y por fuera, este Rostro lucía igual en lo exterior que en lo interior. O para mejor decir, era por cierto su misma fisonomía pero muy otra la envolvente experiencia de cercanía. Era el mismo Rostro, pero en cóncavo semblante.

Algo así como las aguas del mar, tan idénticamente agua en su ruidoso oleaje como en sus silente honduras.

A medida que me alejaba de aquel párpado-alféizar, de ese alero de sus ojos, internándome por húmedas y abisales espesuras, tuve la sensación paradojal de angustia y liberación, anudadas en el vértigo de no saber si hallaría alguna vez el modo de salir de allí. Y sentí gozo y alivio en que eso fuera factible. Piérdeme para siempre en tus interiores, susurré, sin contar con el reverberante eco con que retumbara mi voz en esa caverna profunda del carnoso Logos. El «piérdeme» se replicó como tresillos de corcheas…

Como en un crístico aleph vi todos tus Rostros. Te vi mamar, te vi reír como ríen los bebes, te vi dormir sobre el hombro de José. Vi el candor y fulgor de tu cara infantil en Nazaret. Y mil rostros más, cuya abrumadora diversidad no conspiraba contra la cristalina unidad con que todos eran uno solo e idéntico: el Tuyo.

Vi también palabras. Miríadas de palabras como estrellas rutilantes. Resonaban con sus ecos reverberantes sin lastimar el místico silencio que todo lo envolvía y alumbraba.

Me senté, extasiado, en un recodo de una de tus mejillas, que parecían eras de balsameras. Como un peregrino del Absoluto, maravillado por el paisaje, me extasié observando que en tu Único Rostros se daba una multitud de rostros de toda raza, pueblo, lengua y nación. Entre otros mil, vi el perfil de un judío porteño en el subterráneo y vi el de un hindú doliente en un leprosario.

No es mucho ni atinado lo que el lenguaje puede agregar sobre aquello. Diré tan sólo que si del Tabor no daban ganas de bajar, salirse de este Rostro hecho entraña sería penar en la más lacerante desolación. Entendí que cuanto más se accede a este Rostro, tanto más crece el gemido interior suplicando que no nos sea quitado. Una piedad rostro-dependiente vive del visceral «¡no me escondas Tu Rostro!» como un asmático aspira hondamente.

¡Qué dicha sea posible, dónde posar los ojos y la paz, qué de nosotros, Señor, si la luz de tu Rostro huyera de nosotros!

Recordé la sentencia hebrea: nadie puede ver el Rostro de Dios y seguir con vida. Y pensé cómo tu Encarnación da vuelta todas las cosas. Incluso ésta. Al punto que la sentencia ahora avisa, con idéntica vehemencia apodíctica, que no hay vida posible fuera de la visión de este Rostro, de esta Cara encendida fuera de cuyos lindes todo es muerte, horror y ruina.

Ante este torbellino de sucesos pensé: flaco queda el habla si se limita a decir que este Rostro «está», sin más, como puede estarlo una laguna o una salina. Lo menos impreciso sería avisar más bien que tu Rostro, Señor, tu Rostro acontece. Y que yo, vivo, me muevo y existo en sus adentros.

Padre Diego de Jesús

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