Piquete en Lc II,52

El ritmo del año litúrgico –que en principio nos oferta y promete un acompasado itinerario, recorriendo la vida entera de Nuestro Señor– de improviso nos entra a espolonear y nos obliga a acelerar la marcha, a redoblar el paso, para llevarnos a las zancadas de luna en luna, de año y lustro y década… viéndolo madurar con desnatural celeridad a este Niño que nos ha sido dado hace pocos días… y que de repente ya tiene doce y cuando nos queremos acordar ya tiene treinta y Juan ya está a tiro, cuenco en mano, para bautizarlo en el Jordán.

La culpa no la tiene la Iglesia ni la Liturgia, sino que ambas siguen la secuencia evangélica, que es la causante de este pulso veloz con que casi no se nos deja ver crecer al Niño.
¿Y acaso es importante verlo crecer?
No sé si es “im-por-tan-te”. Es acuciante, lo cual, en la vida espiritual es mucho más determinante que lo importante.

El amor es así: no importa; urge. Demanda y apremia.

¿Quién no quiere ver crecer –despacito– a las personas que ama? ¿Quién no quiere demorar, aletargar, dilatar esos momentos cruciales, mágicos, de la primera sonrisa, del primer paso, del primer diente, de la primera pregunta, de los primeros pelos de barba del imberbe? El amor urge. Urge a demorar. Urge a hacer morada. Pedro, ante la infancia, adolescencia y juventud de Nuestro Señor, habría espetado con su timbre franco y convincente: ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas… Acampemos en tu infancia, Señor, y que nadie nos apure a avanzar por los frenéticos capítulos y versículos hacia tu adultez. ¿Cuál es la prisa!!!

Este primer domingo de Navidad me abandero en el reclamo y fundo el Quebracho religioso, para hacer el primer piquete intraevangélico y cortar la ruta justo a la altura del paso del 2 al 3 de Lucas. Ahí. Y que no pase nadie, ni el loro. Y que nos devuelvan los treinta (sí trein-ta) años de Nazaret sin tener que escuchar a los profesionales de la Fe, con su voz engolada, explicán-donos que son años ociosos, años inútiles, años en que no-pasa-nada y que la verdad de la milanesa arranca con su vida pública.

Nada de milanesa.
Que no nos roben Su infancia.
Que no nos apuren ni recorten su sonrisa de los ocho, su mirada de los catorce ni su ademán de los veintidós. Nos pertenecen. El Niño “nos ha sido dado”.
La infancia de Nuestro señor nos pertenece, porque su infancia es su patria, y su patria es nuestro baluarte.

Le han llamado su vida “oculta”, tal vez para legitimar sus pretensiones de prescindencia. “Si el Señor se ocultó, habrá que respetarle su ocultamiento”. Pero es falsa la escuadra: pues justamente no hubieron años más diáfanos, más expuestos, más desnudamente abiertos y trasparentes que sus años nazarenos. Pregúntenle sino a cualquiera de sus vecinos, amigos o parientes: nadie jamás notó en Él rasgos de ostracismo, de extrema reserva, de entumecido ensimismamiento; ni desde ya: secretismos, ocultamientos. ¡Todo lo contrario! No había en todo Nazaret alguien más franco, más directo, más trasparente, de mirada más cristalina, que el hijo de José el carpintero. Pregúntenle sino a ese, el amigo de infancia del Señor (¡que ni su nombre nos han dejado!); ese con quien corrían por las polvorientas callejuelas de Nazaret hasta el Pozo de la plaza donde empaparse a las carcajadas.
No, no: no llevó una vida “oculta”: ¡nos la han querido ocultar!, que no es lo mismo.
Para que, tras un alto en su Nacimiento y Presentación y una escueta parada en sus Doce años, desembarcáramos sin escalas en el Bautismo y las Bodas de Caná, treinta años después. Casi como si en paracaídas hubiera caído de la Trinidad al Jordán.

No lo permitiremos. Reclamaremos con brío, con la ruta bíblica cortada, que nos devuelvan esos treinta años, que el Maestro jamás pretendió ocultarnos. No hay paso a Lc III hasta que esto no se resuelva.
Y el piquete funciona. Y empieza a juntar gente. De todas las edades y sectores. Un niño levanta su cartel que reza “ni un año menos”; un joven entusiasta flamea su flemática pancarta “Nazaret o muerte”. Y una mujer ya mayor, levanta su papel en que, con prolija caligrafía puede leerse: “Hay un inmenso mundo entre 2,52 y 3,1: ¡devuélvanlo!”

Y ocurrió entonces lo que este cronista torpemente procurará contarles: apareció una mujer. Sí, “apareció”. No sé si llegó desde el 2 o desde el 3, pero apareció en la exacta intersección de ambos capítulos, en el vórtice mismo de nuestro piquete. Su serena blancura la envolvía entera: blanco su rostro, blancas sus vaporosas vestiduras, blanco y cristalino su mirar. Y se me acercó. Yo estaba a dos manos aferrando el tiento de un cartel que se había arrancado por el viento y que flameaba con difícil dicción: “El año quince de Tiberio, ¡tu abuela!”
Y se acercó ella. Leyó el dificultoso cartel al viento y sonrió. Con mezcla de pena y complicidad. O –con los años así lo colijo– tal vez con un dejo de risa; que le haya causado gracia la objeción al comienzo de Lucas 3.

––Yo tengo el secreto ––dijo con voz muy queda.
––¿El secreto de qué? –– apuré yo, balbuceante, más por el esplendor de la Mujer que por su sentencia.
––El secreto para recuperar la infancia perdida y hallada en el Templo.
––Es más que la infancia ––ajusté, por temor a que se tratara de una negociación y nos quisieran arreglar con unos pocos años–– Son treinta y no estamos dispuestos a ceder ni en uno solo.
––Yo tengo el secreto para que no se pierda ni uno solo de esos treinta, ni un solo mes, ni un solo día, ni una sola escena de esos diez mil días. No temas a Lucas Tres. No es él quien impide los mil versículos del Dos. La extensión del Dos no se da a lo ancho sino a lo hondo. Y allá está, intacto, todo lo que están demandando. Tu piquete no tiene sentido.
––No entiendo.
––El corazón es espacioso. Infinitamente más que la razón. El mismo amor es el que lo expande y dilata. El corazón no logra detener el tiempo, pero es capaz de algo más bello aún que eso: lo recauda, recoge su caudal, lo embalsa. Todo lo que mi Hijo hizo y todo lo que mi Hijo dijo, gota por gota, todo cabe en el corazón orante del creyente. Como cupo en el mío. Y Lucas no pasa al 3 sin colocar un cartel de ruta avisando esto. No lo viste. Y por eso vengo a avisarte.
––¿Pero cómo guardar lo que no hemos recibido, lo que no nos han contado? ¿Y cómo nos van a contar si no ha quedado registrado?
––Hay que mendigar y cavar, aunque dé vergüenza y falten fuerzas.
––¿Cavar dónde?
––Cada versículo de Lucas 2 es redondo brocal de un pozo profundo. Más profundo que el día. Y en ese Pozo, se guardan aguas que no corren; aguas que permanecen. Los ríos corren y se alejan. En cambio las lluvias también corren, pero no se distancian. Es la verticalidad del amor, que no permite que los recuerdos se escurran. Los Evangelios tienen un derrotero horizontal, pero admiten también una lectura vertical, por la calicata de cada versículo.
––Suena promisorio ––acepté, aunque con cierta desconfianza––. Que nos devuelvan los Evangelios de la infancia y los leeremos en esa verticalidad que Usted propone, cómo no.
––Nadie les ha usurpado la infancia del “Niño dado”. Está allí, intacta, neta, en el fondo de los aljibes. No son cisternas agrietadas; todo lo contrario. El amor lo sella todo. Cada una de sus sonrisas, de sus miradas, de sus picardías y sus llantos. Allí, intacta, está toda su adolescencia y su juventud. Todos sus instantes, todos sus “hodie”, como lluvias verticales han sido guardados en estos pozos. Inclínate ante ellos y recuperarás el tesoro perdido.

La Mujer siguió su camino y envuelta por la bruma estival se esfumó su silueta sobre el horizonte. Entre turbados y conmovidos, la vimos partir sin atinar a retenerla. Recién entonces, levantamos el piquete y rehabilitamos la ruta. La ruta hacia ese “el año quince de Tiberio”. Imaginé que habrían muchos viandantes ansiosos por reemprender su viaje hacia Lucas 3… pero para sorpresa mía, no pasó nadie. Como aquellos apedreadores de la pecadora, emprendían todos la vuelta. Desde donde estábamos, se divisaba muy bien hacia abajo toda la sinuosa huella del Capítulo 2. Y vi entonces que abundaba en pozos, y que los viajeros se iban apeando a la vera de las albercas.

El Año quince de Tiberio podía esperar. Una Mujer, de inmenso corazón, nos había devuelto al divino Infante, perdido y hallado, como aguas de lluvia bien guardadas, al fondo del aljibe.

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