Padre Diego de Jesús

Sursum Corda

Cuentan los registros de la época que en tiempo de los Padres de la Iglesia, e incluso bien entrado el Medioevo, no era infrecuente escuchar a varias cuadras de la iglesia el “sursum corda”. ¿Qué era esto? El diálogo litúrgico que el sacerdote entablaba con la feligresía al comienzo de la anáfora, sobre el umbral del vórtice abisal de la Misa.

Lo notable es que no tenía visos de ser ni el gris y apagado cumplimiento de la rúbrica ni tampoco una piadosa y melosa monición. Reseñan los anales que esos “sursum corda” retumbaban en cada aldea de la Cristiandad como la arenga de un jefe militar a su tropa, como un montado caudillo azuza a su escuadrón en los umbrales de la batalla. ¡Sursum corda!, brama voz en cuello el capitán; “¡Habemus ad Dominum!” contesta el batallón al unísono cerrando filas. Y tras eso, avanza la columna, con su jefe a la cabeza, a conquistar las almas usurpadas por el enemigo.

El vulgo no hablaba latín, ni falta que le hacía para reconocer y amar esta expresión como santo y seña de su falange. Es más: el sursum corda, en su apretada y seca concisión, tenía el temple de un látigo, de un ascua encendida, lo que ninguna lengua bárbara o romance podía ofrecer.

Así creció la Cristiandad: al pulso vivo de los sursum corda.

Levantar el corazón hacia el Señor: quintaesencia de nuestra Fe. No nos hace falta mucho más. Y no sólo no hace falta mucho más sino mucho menos: nos sobra mucho ropaje pesado que nos impide el vuelo.
Porque de eso se trata: de volar a Dios.

¿Y cómo?
Es crucial entender que el sursum corda no es un imperativo irracional, voluntarista. No es una empresa de mudanza arengando a sus peones para que levanten el piano hasta el altillo. Este piano es movido, es traccionado, desde el altillo… El corazón humano es atraído desde lo Alto.
Por eso el sursum corda es conjuratorio.
Curiosamente no contiene ningún verbo explícito (y mucho menos, en tiempo imperativo); apenas afirma “Hacia-arriba los corazones”: y el poder mismo de la conjura enciende el alma de los fieles, que en su respuesta atestiguan el milagro consumado. Un misterioso e irresistible poder imantador se desata en la entraña del creyente impulsado hacia arriba.
Un arriba interior, un arriba espiritual, un arriba celestial.

Y no es menudo el milagro dado que el Hombre, en su caída condición actual, es un ser rastrero. Más allá del cínico eufemismo con que gusta llamarse “homo erectus”, ha recaído sobre él la maldición del Origen: “te arrastrarás sobre tu vientre y comerás polvo”. A ese fámulo del suelo, a ese pobre y ruin incapaz siquiera de mirar por encima de su minúsculo mundito cotidiano, de otear por sobre su agostada tierra baldía… a ese se le conjura: ¡sursum corda! y cambian los vientos interiores: el gélido cierzo muerto se detiene (ese que sólo trae sequedad espiritual y lo marchita y aplasta todo) y entra a soplar el cálido austro, el apacible ábrego… ese Viento que recuerda los amores antiguos, el fervor primero, ese Viento divino que levanta los apetitos al amor de Dios y entra a aspirar por el huerto interior, trayendo las fecundas lluvias que todo lo aroman.

Cuánto anhelaba el hombre antiguo, apesadumbrado por angustias y aflicciones sin tregua, abatido por una vida áspera y dura, cuánto anhelaba que llegara el domingo y en nombre de Dios recayera sobre él el poderoso conjuro: ¡sursum corda! ¡Cómo no habría de oírse la Voz liberadora a leguas de distancia!
Aquel reo conminado al castigo de masticar polvo era levantado a comer Pan de ángeles…

Sí: levantado, atraído, por Otro. No por sí mismo.

Pero, ¿quién opera esta tracción? ¿Quién es Ese que realiza tamaña proeza? ¿De quién es la Voz encantadora que derrama y conjura los sursum corda?

Es la Voz del Señor, la Voz de Cristo en Ascensión. Nuestro alado Juglar, nuestro ágil Cervatillo, nuestro Amado Señor volviendo al Padre.

Así como insistimos tanto en que el Verbo de Dios no se hizo hombre para hacerse hombre sino para divinizarnos, del mismo modo cabe decir que no bajó del Cielo para bajar del Cielo sino para poder subir al Cielo, subiéndonos con Él. Subió a los Cielos llevando cautivos. No vino al mundo para venir al mundo, sino para rescatarnos y llevarnos al Padre.

No es pequeña la paradoja de que en los tiempos actuales, en que tanto se ha insistido en la actuosa participación, este diálogo litúrgico carezca de fuego y brío. No sólo porque el castellano “levantemos”, opaco y pesado, dista tanto del rutilante “sursum”… sino porque se ha perdido el rumbo de la consigna, el norte al que apunta. Es más, corren penosos tiempos en que este levantar, este “elevarse” hasta es mal visto por desencarnado, por arrogante, elitista; por volado, sin compromiso.

La ingravidez tiene muy mala prensa hoy.
Bajo la falaz dialéctica de “abajar el corazón hacia el hermano” se procura apagar la magia del sursum corda.
Aunque tal vez haya que coincidir con el mundo en la fobia a la ingravidez. Pues lo nuestro no es anular la gravedad sino invertirla, que la masa del sólido Cielo ejerza su intensa atracción y nos gravite sobre sí. Como, en arras, lo hacen tan bien el incienso y el fuego.
Ni reptantes aplastados por la gravedad del suelo, ni fláccidos fantasmas etéreos: lo nuestro es el terso y grácil porte de quien está tensado al Cielo, así como una marioneta vive de arriba, es erguida desde arriba.

Sursum corda es el santo y seña, es la clave, la consigna, para dejarnos arrebatar y atraer al Cielo. Y es esa la hermosura más excelsa de la vocación recibida, y en la que debería írsenos todo deseo, todo empeño, todo orante anhelo: dejarme arrebatar por Aquel que pasa en su carro alado: Cristo en ascensión.
Su paso es furtivo (¡es la Pascua, es la Pascua del Señor!). Como un ave rapaz se echa raudamente sobre su presa para remontarla, así el Señor con nosotros.
El Dios que se encarnó sin ti, no sube a los Cielos sin ti.

Nieva silenciosamente sobre el Monte Umbrío. Las tórtolas, ya crecidas, extienden sus plateadas alas, revestidas al fin de oro inmarcesible. En la punta del peñasco, aguardan. ¿Qué aguardan? El paso del Carro de Dios, con sus caballos ígneos, que emprende vuelo nupcial del Sinaí hasta su Eterno Santuario. ¿Quién, Señor, quién nos diera alas de paloma para volar tras de Ti?
Pero sin hablar, sin pronunciar palabra, pasas, Señor. Pasas en majestuoso ascenso, en torbellino de fuego; y tu Brazo poderoso, estirándose desde el adentro del inefable Vórtice, empuña con suavísima firmeza mi diminuta mano extendida. Llévame tras de Ti, llega a balbucear el alma; y antes que diga “Ti” ya ha sido arrancada del acantilado. Vértigo y Viento la embargan. Ella ya no es ella; o es más ella que nunca: mas Otro, en un Rapto, liberándola de toda cautividad, la ha hecho su cautiva.

No viniste, oh buen Jesús, por venir. Viniste para llevarme.
Que nada, Señor, NADA, nos distraiga de tu sursum corda, para ser llevados en vuelo a las Moradas Eternas. Como cría de águila escondida en tu plumaje, como niño aferrado al dorado pelaje del león alado, llévame divino Raptor, llévame Señor, sobre el hálito de tu sursum corda, que voy de vuelo.

Padre Diego de Jesús

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