Padre Diego de Jesús

¡Tiene sentido!

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Homilía de Viernes Santo 2017

San Juan Crisóstomo, tal vez de los Padres de la Iglesia más luminosos y elocuentes a la hora de explicar el misterio redentor, tiene un texto maravilloso en el que se detiene en el signo de la cruz, acentuando lo de signo; remarcando que eso, que es una figura, expresa el acontecimiento de la crucifixión de nuestro Señor y a su vez el sentido de la crucifixión de nuestro Señor, con una elocuencia admirable.

El signo de la cruz expresa notablemente lo que está significando. Va a decir este Padre de la Iglesia, que así como el lenguaje humano tiene esa realidad tan curiosa que son las onomatopeyas, palabras que en su mismo decir contienen aquello que están diciendo, cosa que ocurre muy inusualmente, (porque la palabra ‘verde’ poco dice del color verde)… pero hay palabras que en su misma sonoridad, en su misma musicalidad, están aludiendo a lo que dicen, de modo que en realidad son palabras universales, palabras que no son ni castellanas ni inglesas ni francesas, son palabras con una relación directa con aquello que están diciendo… Onomatopeyas…

Y dice entonces San Juan Crisóstomo que de algún modo la cruz es una inmensa y maravillosa onomatopeya. Ese encuentro cruzado de ejes, de líneas encontradas y atiesadas en su perpendicularidad, en esa armónica tensión entre sus opuestos, expresan el misterio redentor. Porque el misterio redentor es eso: una encrucijada, que tiene más que ver -va a decir San Juan Crisóstomo- con una táctica militar, que con cualquier otra cosa.

La crucifixión de Nuestro Señor, el plan divino con que redimir al hombre, es un estratagema, una artimaña bélica, que ni el más astuto y sagaz hombre de guerra que haya habido en este mundo pudo jamás imaginar, diseñar, pensar, para vencer a un enemigo.

Porque había una guerra, una inmensa y sangrienta guerra declarada (es increíble que aún hoy se insista a veces en que no es una guerra). Había un terreno tomado, un bastión usurpado por Satanás a Dios: el Paraíso, y en él, el hombre, cautivo, rehén… El hombre tomado por el enemigo, en todas sus potencias, en todo su potencial, en todo lo que este hombre en su diseño original era capaz de hacer, como conversar con Dios en el Paraíso, a la hora de la brisa de la tarde como un amigo lo hace con su amigo. Era la proeza más exquisita que el orfebre divino había hecho como la obra cumbre, la más maravillosa, a imagen y semejanza perfecta Suya… esa Obra había caído en mano del enemigo, decidido a destrozarla.

De eso trata todo este Drama: el hombre arruinado, saqueado, vejado, hecho añicos, cautivo de Satán, en un sometimiento tan tremendo, tan grave, que de algún modo, el mal infringido era irreversible. La Caída del hombre es una realidad irreversible en lógicas humanas, en términos humanos, en cálculos humanos… De algún modo es la irreparable destrucción del plan original.

Dios, con una tristeza infinita, con un dolor infinito, ve lo ocurrido y resuelve rápidamente, sin demora, lanzar un plan de salvataje, de salvamento, un plan de rescate, un plan de reversión. Un objetivo que es un imposible para el hombre, un imposible para la lógica humana, porque el hombre no había quedado meramente limitado por esta caída, por este pecado original, sino que por esta caída, un sinfín de consecuencias colaterales, iban lastimando y dañando las entrañas de esta obra de orfebre. Así, por caso, entró la muerte en el mundo; insospechado en una criatura que no había sido pensada para morir… y no sólo entró la muerte, así entró el sufrimiento en el mundo; impensable para una criatura que no estaba diseñada para sufrir… La muerte, el sufrimiento, la distancia de Dios, la oscuridad, y no sólo… algo más abismal, algo tremendo, vertiginoso… así entró en el corazón del hombre la inclinación al mal…

Sí, la inclinación al mal… El hombre, a partir de esa tragedia, tiende en su naturaleza caída, al mal: a mirar mal, a pensar mal, a obrar mal, a optar mal, a decidir mal, a elegir mal. La obra divina más excelsa, arruinada. Por eso hasta los ángeles mismos, viendo este desastre, sólo podían prever: ya está, esto no tiene solución.
Esto no tiene solución… ¡qué bien hace un Viernes Santo pensar, por un momento, que nuestro pecado no tiene solución! Porque no lo tiene en principio, no lo tiene en cordura y lógica…

Y Dios dice: Sí. Tiene solución.
No cualquier solución; no es un Dios que aprieta un botón y resuelve cosas… No es una solución arbitraria. Es un plan de guerra. Un proyecto de una astucia, de una sagacidad increíble…

Y ahí es donde San Juan Crisóstomo vuelve al signo de la cruz para explicar la paradoja, la tensión de opuestos que se dan en el plan salvífico que es la Cruz, la crucifixión del Hijo de Dios. ¿Cuál es el plan? El plan es enviar al Hijo a rescatar al hombre; sí, pero ¿cómo…? ¿Llegar al hombre y devolverlo al paraíso original? No. Imposible. Por muchas razones: imposible. El daño hecho, no había modo de retrocederlo, no había modo de volverlo atrás, en el mismo sentido en que vino el mal. No era factible. Por eso hasta los ángeles decían: ya está, no tiene solución, no hay modo de volver esto atrás.

Y Dios dice: ciertamente, no hay modo de volver atrás; esto se resuelve avanzando, no retrocediendo. Esto se resuelve para adelante, no para atrás. Esto se resuelve doblando la apuesta al enemigo, no neutralizándola. Y ese es el misterio. Del pozo se sale por abajo, no trepando. Hay un solo plan, un solo estratagema y se llama “Viernes Santo”.

Hoy celebramos un Dios que resuelve bélicamente dejarse tomar por el enemigo, en una estrategia militar genial, sin precedentes en la historia de las guerras universales… Que venga, que venga y nos tome, que tome la casa, que tome todo, que por implosión interna, cuando esté en nosotros, en una suerte de movimiento inverso al de los troyanos, cuando todo el enemigo esté dentro, Yo solo revierto el signo, destruyendo su propia destrucción.

No sólo San Juan Crisóstomo, muchos Padres en los primeros siglos contemplaron esto con asombro, con profunda admiración (y no sólo con gratitud por el beneficio recibido), sino como quien admira una proeza maravillosa, una jugada de ajedrez asombrosa, genial.

Es digno de asombro y elogio notar cómo Dios nos devuelve la inmortalidad ofreciéndose Él a la muerte, Él que es la Vida Inmortal. Aquél que no puede morir, Aquél que es inmortal por propia naturaleza, se ofrece como carnada en el anzuelo, dejando que el diablo lo muerda, y así lo hace, y lo muerde… y se come la presa sin darse cuenta de que se está comiendo al que es la Vida. Del mismo modo, ata de manos al que es la libertad absoluta, al que es el Señor, el que contiene todos los mundos… Apresado, atado de pies y manos, nos libera. Al que es la Justicia absoluta, sometido a la injusticia, al escarnio, al juicio infame, como astucia para rescatar de la injusticia la usurpación del hombre. Todo cuanto ocurre en la Pasión responde al Plan. Es parte del más secreto y afilado Plan de salvataje.

Un sinfín de características propias del Hijo eterno de Dios, atrincheradas en la carne opaca del Nazareno, son devoradas por el maldito enemigo. Para que así, en la Omnipotencia propia del Logos eterno, de Aquél en quien fueron hechas todas las cosas, el enemigo se viera en la impotencia de verse sorprendido por esta genialidad militar. Dios se dejó robar todo su armamento para hacerlo reventar una vez en manos de Satán.

Entre todas esas paradojas, entre todas esas características del rescate, hay una que en este Viernes Santo, en este año, o en estos tiempos, por decirlo más ampliamente, parece crucial recordar y rescatar. Y es que el Logos eterno, -Logos es el nombre que le pone Juan al Hijo eterno de Dios- Logos, que muchas veces traducimos como Palabra, que significa Verbo eterno; Logos que es una palabra griega de una polisemia notable, con muchos significados preciosos, y entre tantas otras cosas, Logos dice Sentido. Sentido, no de los cinco sentidos… Sentido de algo que tiene sentido, que “hace” sentido (como dicen los ingleses), que tiene lógica, diríamos hoy…

Digo, el Logos eterno asume el sufrimiento que entró por la usurpación de Satán en la vida del hombre. El Logos eterno sufre -y eso es lo que vemos en la Pasión y de ahí toma su nombre: sufre- para devorar para siempre el sinsentido del sufrimiento. Esa es la implosión que ocurre en la entraña más profunda de todo sufrimiento humano. ¡Y esto es una maravilla! Pero no sólo es una maravilla digna de asombro como lo han hecho generaciones y generaciones de cristianos, sino que es, ¡y vaya que lo es!, es el bálsamo y consuelo de todo el sufrimiento del hombre.

El Logos eterno, azotado, coronado de espinas, burlado, escupido, abofeteado, crucificado, sufriendo en su carne, sufriendo en su psiquis, sufriendo en su alma, revierte para siempre aquello que había entrado por el pecado original: el sufrimiento sin sentido del hombre.

Y Satán ya no tiene nada que hacer, no puede hacer nada. El sufrimiento ha quedado para siempre invertido en su signo, en su polaridad. Para siempre el sufrimiento, que es inicialmente una realidad irracional, ciega, negativa, que no tiene sentido alguno, para siempre ha quedado preñado, cargado, colmado de Sentido, de positividad.

Todo sufrimiento ha quedado colmado de sentido: no es siquiera que tenga ahora una veta, un filo de sentido, ‘algún sentido colateral tendrá este sufrimiento’… No, no. Está colmado de Sentido todo sufrimiento, porque el Logos eterno, el Sentido eterno de Dios, lo ha asumido.

Por eso, hermanos míos, me permito decirles con una vehemencia particular, frente a tanta doctrina ambigua y extraña, frente a tanta confusión desatada, incluso en el seno mismo de la Iglesia, decirles: Sí, el sufrimiento tiene sentido, tiene pleno Sentido. Que nadie, ni tan siquiera si un ángel bajara del cielo para decirles que el sufrimiento no tiene sentido, los confunda: no le crean… porque lo tiene y lo vemos patente en ese signo elocuente que es la cruz de Cristo.

El más minúsculo sufrimiento: un dolor de muelas, de pies, de columna; el más minúsculo sufrimiento: un frío de invierno caminando de la casa a la parada del colectivo: ¡tiene sentido! El más minúsculo inconveniente, contratiempo, disgusto: ¡tiene sentido! Y subiendo la apuesta, la escala: ese desempleo, esa enfermedad, ese cáncer: ¡tiene sentido! Y no un poco, no dos pocos, no bastante… ¡está pleno de Sentido! Esa esclerosis, esa leucemia, ese impedimento psíquico, moral, interior, esa depresión crónica, endógena: tiene sentido, claro que tiene sentido. Y la escalada va por más, va por todo: el sufrimiento atroz de un niño o incluso la muerte de un niño: ¡claro que tiene sentido! ¡No se sonrojan de pensarlo; no se sonrojan de proclamarlo! ¡Grítenlo desde los tejados! No lo tiene para el mundo, no lo tiene para la lógica, pero ¿qué estamos celebrando hoy si la muerte horrenda de un niño, si un niño muriendo tras una espantosa enfermedad no tiene sentido? ¡¿Qué estamos celebrando?! O esto es así, literalmente como se los estoy diciendo, o la nuestra es la más cínica de las religiones que se hayan dado sobre la tierra.

Negar que el sufrimiento tenga sentido, no sólo impide a tantos hombres sufrientes poder recibir ese consuelo, poder recibir ese Sentido de su sufrimiento, sino que además de eso, agravia a Dios. Agravia justamente a Aquél que sufrió para darle sentido a nuestro sufrimiento.

No se dejen engañar por doctrinas llamativas, ambiguas y extrañas, ni radicales en su extrañeza, ni sutiles en su ambigüedad. Lo más perverso y nefasto para un cristiano no es que caiga en ambigüedad si los adúlteros pueden comulgar o no. Lo más trágico sería que la Cruz perdiera sus cantos nítidos y filosos, perdiera su cristalino sentido. Lo más trágico sería que cayera en la ambigüedad, en la deformación, en la nebulosa confusa el Viernes Santo.

Es un hecho incontestable, indeformable, el de la universalidad con que todo sufrimiento humano está colmado de sentido por la Cruz de Cristo: y eso es celebrar Viernes Santo. El pathos del Logos que le devuelve logos a todo padecer. Escándalo para los judíos, necedad para los griegos, ambigüedad para los tibios, pero para nosotros, salvación de los hombres que crean en la proeza, en la maravilla con que Dios le robó a Satán lo que Satán le había robado: el corazón del hombre. Devolviéndole el logos, el sentido, a todo lo que el Malo había dañado.

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