Padre Oscar Portillo

El Octavo Día

«en esta noche que junta al Amado con la Amada y transforma a la Amada en el Amado»

Padre Oscar Portillo
Homilía del Domingo de Pascua, 2017

Al principio, cuando todo era noche, en el caos primordial, y el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas, Dios dijo: Que exista la luz. Haya luz. Sea la luz. Y así la gloria de Dios, que es luz, se manifestó en la vida; y así, todo lo que existe salió de la mano hacedora de Dios, del primer día hasta el sexto día en que salimos nosotros de su Mano amorosa, como cumbre de su obra creadora. Y el séptimo día, el Shabbat, Dios descansó de su obra, lo santificó.

Con el correr de los siglos, su Hijo, también en el shabbat, descansó de sus obras, en el sepulcro. Descansó de sus milagros, de sus palabras, de cada uno de sus gestos, de su mirada… descansó sus manos, sus pies, su voz…

Pero Él mismo dice: mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo. Dios es el dinamismo infinito y eterno del Amor, es Energía infinita de una obra que siempre está haciéndose. Es el amor en acción, el amor en un dinamismo que no acaba. Y por eso, el séptimo día Dios descansó y comenzó un nuevo mundo en el octavo día que nosotros llamamos ni lunes, ni martes, ni jueves ni sábado…sino día del Señor: domingo.

En domingo el Señor hizo su obra más grande, «Este es el día —canta la Iglesia, tomando el versículo del salmo 117, el salmo pascual— …este es el día que hizo el Señor…». Es su obra admirable a nuestros ojos: el día octavo. En este día creemos, esperamos, amamos, combatimos, descansamos, lloramos, gozamos. Este es el día que ya ha comenzado; y se llama día porque no tiene noche. Es el día que no conoce ocaso. Aunque cósmicamente nosotros veamos que cada día concluye con el atardecer y el advenimiento de la noche, y que comience otro día con la aurora y la salida del sol, nosotros, aún confundidos a veces por ese ritmo cósmico del sol, la luna y las estrellas, nosotros estamos ya en el día que no conoce ocaso, el Octavo día, llamado domingo, día del Señor.

Estamos en el día de la Bienaventuranza, en el día de la Luz y en el día de la Vida.Sin embargo, accedemos a ese día yendo muy de madrugada, cuando aún es de noche. Curiosamente, este Octavo Día ya comenzado, es un día que se inicia para nosotros aún en la oscuridad, en la oscuridad de la fe, porque es un día tan luminoso que para nosotros es un día que encandila, que obnubila, que nos enceguece con su resplandor, que nos hace andar a tientas, no por ausencia de luz, sino por exceso de luz.

Este es el día en que actuó el Señor, este es el día que hizo el Señor. Día en que el Señor trabaja con un dinamismo poderoso, con su Dynamis, su potencia salvadora, amorosa, llena de ternura y de misericordia. A este día que estamos invitados todos, fueron las mujeres de madrugada al sepulcro. De este día, al atardecer cósmico, volvían con un atardecer interior, aquellos dos discípulos que habían oído la proclamación de las mujeres y habían oído a los discípulos que habían corrido por lo que ellas decían, y volvían a sus casas con una noche mucho más oscura que la de afuera, una noche interior, no la de la fe, ciertamente, no la de la esperanza, sino una noche sepulcral, una noche de muerte, una noche en la que no existe la luz, en la que no existe la vida. Ellos son en ese momento como paradigmas de lo que puede ser para nosotros la vida en la Iglesia, la vida en la fe. Nosotros podemos ser esos hombres que van al sepulcro, que se relacionan con el sepulcro, esos hombres que buscan en el sepulcro y no encuentran… esos hombres que en el sepulcro sienten el peso, no de la piedra corrida, sino el peso de la ausencia, en definitiva: la muerte, la corrupción.

¿Por qué buscan entre los muertos al que vive? dicen los ángeles a las mujeres. Dinos María, ¿qué has visto en el sepulcro? Lo que ha visto María en el sepulcro, es simplemente un signo velado, que es aquello que veló el Rostro de su Señor, el cuerpo de su Señor, aquello que todavía contiene el olor, el aroma maravilloso del perfume de Aquel que fue ungido en la sepultura en medio de su descanso.
Pero ya no está allí; la piedra ha sido corrida y en el sepulcro no yace un muerto.
La muerte está ausente del sepulcro y sólo queda la huella de Aquél que es el Viviente. Su signo.

Corrieron los dos.El discípulo al que Jesús amaba corrió más rápidamente, porque el amor corre con un dinamismo único, corre con el dinamismo del amor sediento, que no pierde la ilusión, la esperanza de ver lo que ama.

Llegó, se detuvo, dejó entrar a aquel que en la Iglesia significa la máxima jerarquía, Pedro, a quién se le ha dado el confirmar en la fe a sus hermanos. Pedro entró y vio. También entró el amor, el discípulo amado, vio y creyó. Pero no habían comprendido, no habían recordado, no había brotado desde las profundidades, desde las honduras de su memoria, aquello que Jesús les había pronunciado, prometido, les había anunciado en una palabra a veces velada, a veces fuerte, incomprensible, ‘al tercer día resucitaré de entre los muertos’.

Aquello que el Señor les había mostrado en el Tabor, resplandeciente de luz, no lo habían guardado, o si lo habían guardado, estaba dormido. Ellos, llamados a ser los hombres de la memoria, los hombres memoriosos, los hombres del recuerdo, los hombres que tienen vivo en el corazón los dichos del Señor, los hombres que dejan al Espíritu trabajar dentro de sus corazones, haciendo fluir el agua viva de la Palabra, haciendo fluir en el recuerdo la ebullición del fuego de esas palabras salidas de la boca del Señor, que no puede mentir, porque todo pasará, pero sus palabras no pasarán jamás…

Sus palabras son vida, son dulzura, son fuertes, son roca firme, fuerte, compacta; sus palabras son inconmovibles como la montaña. Sus palabras son Verdad, son Luz, son Bondad, son Amor. Y por eso hay que llevarlas en su corazón.

Les conviene que yo me vaya.Cuando yo me vaya vendrá a ustedes el Paráclito, el Espíritu Consolador. Él, entrando en ustedes, permaneciendo en ustedes, los guiará por un camino de luz, el mismo camino de luz que yo hago ahora, porque me has enseñado –dice Jesús a su Padre- el sendero de la vida. No dejarás que tu Hijo, que tu Amigo, que tu Amado, conozca la corrupción; harás salir mi vida de la muerte. Avanzaré por el sendero de la vida, dejando signos para los míos, dejando signos que develará en ellos, en sus corazones y en sus inteligencias, el Espíritu.

Aquellos que en la tarde van camino de Jerusalén hacia Emaús, tienen la piedra del olvido corrida sobre la puerta de sus corazones. La piedra del olvido obstruye la memoria; por eso ellos han buscado y tan sólo se han quedado con un sentimiento en el que no está la vida, un sepulcro, que es la muerte, porque es la ausencia de la Vida en sus vidas, la ausencia del Amor en sus vidas, la ausencia del Amigo, del Señor, y por lo tanto es la ausencia del poder de sus palabras, es la Ausencia del Recuerdo.

Y cuántas veces somos nosotros este cristianismo del olvido, esta Iglesia del olvido. La Iglesia que olvida las palabras del Señor, la Iglesia que no lo reconoce por la obra del Señor y por la obra del Espíritu en su corazón íntimo, que no reconoce los signos del Señor que va dejando en este sendero de Luz, que la lleva con Él al lugar que Él ha ido a prepararnos.

Nosotros buscamos al Señor entre los muertos cuando adoramos los muertos, cuando la esperanza hace caer nuestros brazos en el combate de la fe, en el combate del amor. Nosotros buscamos al Señor entre los muertos cuando celebramos la Liturgia como un recuerdo histórico, no como un memorial, como una anámnesis, como algo que ocurre aquí y ahora. Nosotros celebramos con la piedra del olvido corrida sobre nuestros corazones y nuestras inteligencias, cuando celebramos a un muerto. No reconocemos a Cristo, no permitimos que Él, caminando a nuestro lado —porque no lo reconocemos— nos haga arder nuestro corazón con su Palabra, abra su esperanza en nuestra vida, nos impregne de vida, y nos haga dar vida a otros; nos impregne de su ternura amorosa y nos haga irradiar su ternura a los demás.

La Iglesia es muchas veces en nosotros la Iglesia olvidadiza, no la Iglesia memoriosa, no la Iglesia de los hombres que recuerdan, los “MémoresDómini”.

Cada uno de nosotros está llamado a ser una memoria viviente y eso es Pascua.Cada uno de nosotros debe resucitar cada día del olvido a la memoria, de la ausencia a la presencia. El Señor está. Lo tenemos que buscar en este día más luminoso que todo, pero que sin embargo es la noche más clara que el día. La noche —cantábamos ayer a la anoche— la noche me inunda con su resplandor

¡Oh noche que guiaste, oh noche que juntaste amada en el amado transformada! ¡Oh noche!, no saldremos de esta noche mientras dure nuestra peregrinación terrena. Y en esta noche que junta al Amado con la Amada y transforma a la Amada en el Amado, vivo, bello, amoroso, tierno, en esta noche buscamos en los signos del camino, en los velos de esta Palabra (que muchas veces no logramos penetrar, pero que hay que auscultar con perseverancia de día y de noche), suplicando al Espíritu que venga a develarla para recordarla, para hacerla una ebullición dentro de nuestros corazones, en el velo del Pan y del Vino que no son pan y no son vino sino que es Él, aquí y ahora.

¿Acaso Cristo se apareció a aquellos discípulos, luminoso…? No.
¿Resplandeciente como en el Tabor? Tampoco.
Se apareció en un signo que había que develar. ¿Es el jardinero o no es el Jardinero? ¿Es ese hombre que está a la orilla del lago de Tiberíades? Es y no es.

Sabemos pero al mismo tiempo no sabemos si eres Tú. Ese saber y no saber, en definitiva, ese creer sin ver, ese es el saber sin saber o el no saber sabiendo de la fe… Es el saber sin saber porque es un saber insípido, que no tiene el sabor de los sentidos, que no podemos captar profundamente por los sentidos, que no agrada como los otros saberes, al tacto, a la vista, al gusto, y hace que muchas veces la vista, el gusto y el tacto engañen, como diría Santo Tomás… Mas la fe permanece y abre al tacto y abre a la vista y abre al oído, a ver, a percibir, en los signos que el Señor va dejando como estela, porque Él es el Resucitado invisible…

Como tantas veces me ha tocado escuchar a muchos, en estos días, decir: ‘¡No lo siento…!’ y angustiarse: ‘no lo toco, en la oración no lo percibo’… y creer que están en un sepulcro, creer que la oración como encuentro ha entrado en la descomposición.

La descomposición del cristianismo, en definitiva, es esta realidad del olvido.La de no creer las palabras, la de no ser memorioso.

Él ha dicho: Yo escucho. Pide y recibirás. Llama y se te abrirá. Yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo. ¿Crees o no?

La Iglesia vive de la fe en el Señor Resucitado.

La Iglesia guarda simplemente el capullo de seda, la crisálida. La Mariposa ha huido y ha volado. Ha volado al Cielo. ¿Qué me queda? El capullo de seda que es el sudario, el capullo de seda que es la Escritura, el capullo de seda que es el cirio pascual, el capullo de seda que es el agua bautismal, el capullo de seda que es el pan y el vino, el capullo de seda que es mi hermano que me anuncia, mi hermano que me ama, mi hermano que se acerca, el capullo de seda en el que sufre y tengo que amar y servir, cuyas llagas tengo que tocar porque son las llagas del Señor. El capullo del Cristo sufriente, aún vivo entre nosotros hasta el fin del mundo.

Cristo está vivo. Somos nosotros los que olvidamos que Él Vive, somos nosotros la Iglesia olvidadiza, llamada a conservar en su corazón dinámico, alimentado cada día, en la contemplación amorosa y detenida, en el ocio amoroso y creyente ante la Palabra, en medio de la liturgia, en la liturgia de la vida, en la sonrisa de un niño, en la vida que es algo que se derrama en todo lo que existe y respira, a nuestro Señor.

Todo es Luz. Todo es luz en medio de la noche.De la noche más clara que el día. Este es el Día que actuó nuestro Señor. Sea nuestra alegría y nuestro gozo. Como decía el santo Serafín de Sarov como único saludo a quien lo encontraba: ¡Mi alegría, mi gozo! ¡Cristo ha resucitado!

Y agregaría Guerrico de Igny: ¡Si Cristo ha resucitado, eso me basta!

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