«Éste es mi hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección»

El Precursor obedece. Cristo también. El Señor entra en las aguas del Jordán. No viene a usurpar nada, ni a ostentar. No pronuncia discurso. No predica sobre el bautismo. Le deja testimoniar a Juan. Inclina su cabeza. Pasa como uno de tantos, pero es el Mesías. Parece un pecador, pero es la fuente de la Gracia. El Bautista lo llama Cordero. Y lo es. El Cordero que quita el pecado del mundo. El Cordero que vencerá al lobo.

En el corazón del río, mientras las aguas aún mojaban la sagrada cabeza de Jesús, lo santo y tremendo acontece. Es el instante divino dando su teofanía, su manifestación, dominando la escena, alegrando, cambiando el aire. Porque un silencio nuevo y preliminar, dio paso a la apertura del Cielo; y hasta las piedras bajo el agua, los rayos del sol, los cuerpos y la almas presentes, las ocasionales brisas, los ecos del desierto participaron del estremecimiento: es la voz del Padre, su sonora lluvia de autoridad, que habla, que afirma a Cristo como el predilecto a quien hay que escuchar. Como el Hijo. Mientras tanto una paloma desciende. Blanca señal. Signo de la unción. He ahí al Mesías. Aquel a quien el último de los profetas, no podrá desatarle siquiera la correa de las sandalias, el qua ahora nos pone bajo los caudales de otro río, cuyas aguas son aguas de Vida, las aguas de la gracia bautismal, aguas para renacer e inaugurar lo divino en nosotros, y en su Católica Iglesia, que será Romana siempre, y que presente aquí, proclama que Jesucristo es el Señor.

¿Nos elevará la Gracia en este día? ¿Conoceremos la miel del Corazón de Cristo? ¿Saltarán como langostas nuestros pensamientos, subiendo hacia Dios por la fe, y cayendo en la boca como santo testimonio? ¿Dejaremos correr las aguas de nuestro bautismo para anegar de Gloria las horas del vivir? ¿Nuestra fe detendrá a la antigua serpiente cuando nos diga, con su astucia, que Dios miente, y que la magia, y la autosuficiencia son las que nos abren los ojos para ser como dioses?

Con la gracia divina, nos sujetemos como el Bautista, con el cinturón de cuero de la verdad y de la penitencia, cuando las ruinas amenacen a nuestro católico pueblo. ¿Se escucha, acaso, en las calles de nuestra ciudad, la pregunta que Dios le hiciera a Caín: «¿Por qué estás resentido y tienes la cabeza baja? Si obras bien podrás mantenerte erguido; si obras mal, el pecado está agazapado a la puerta y te acecha, pero tú debes dominarlo».

Colmado de poder, ungido con el Espíritu Santo, Jesucristo pisa las aguas del Jordán. Él, siendo el más grande, se inclina ante un menor, y siendo impecable se hace bautizar. Es el Omniabarcante en quien se cumplen las profecías (el clamor profético de un Isaías diciéndonos: «¡Ah! Si rompieses los cielos y descendieses!»). Es el Enviado. Es el Hijo de Dios nacido en Belén. Es el Nazareno divino buscándonos.

Jesús ha reunido el cielo y la tierra. Y sobre las aguas, como Palabra de Dios, pronuncia el hágase de una nueva creación. «El que crea y se bautice se salvará».

Complacer a este Señor divino es nuestra felicidad. Servirlo. Agradecer su llegada al mundo. Bienaventurado el que sirve a Jesús, y reconociéndolo Señor de todo lo creado, le ofrenda su vida y todas las cosas; y le rinde culto, y se estremece por su amor.

Que el Amor substancial y divino se haga humilde dispensador de su Gracia. Que encarnado, tanto se haga bautizar para inaugurar aguas de bendición y renacimiento, como quiera quedarse entre nosotros hecho Pan de Santidad y alimento de eternidad, debe movernos a adorarlo y a servirlo. Porque conociendo estas cosas y no amarlo con todas nuestras fuerzas, es como perdernos. La ingratitud es como un bosque oscuro, y la indiferencia como un pozo helado.

Nuestro bautismo nos ha transformado. Por el agua y el Espíritu aconteció una nueva creación. Fuimos promovidos a una excelencia inefable: ser hijos de Dios, hermanos del divino Jesucristo, participando desde ahora de un proceso de divinización por la gracia del Salvador del mundo.

«He venido a traer Vida en abundancia», enseña el Señor. «Brotarán de ustedes manantiales de agua viva que saltarán hasta la Vida eterna», agrega. «Yo Soy la Puerta», insiste.

Claro que esta fuerza está llamada a desplegarse, a ser levadura en la masa, a tomar volumen, a favorecer el crecimiento, la expansión. Y siempre con nuestra libre respuesta al don recibido.

Jesucristo, que no tiene necesidad de bautizarse, lo hace «porque conviene que así se cumpla lo que es justo», leemos en San Mateo; que es como si dijese: «Hago lo que tendrán que hacer todos mis seguidores. Doy el ejemplo a todos los cristianos. Soy el Primero en todo».

Se nos presenta, hoy, en este Evangelio, lo que sucede en cada bautismo. Cada bautismo es como introducirse en la fuerza de Dios que irrumpe operando una transformación.

Se recibe una altísima dignidad. El don de una dignidad que hace que ni el Bautista pueda desatarnos la correa de las sandalias. Ya no a Jesús a ningún bautizado. Sublime profeta de la Antigua Alianza, sí, pero, «el menor en el Reino de los Cielos es mayor que él», dice Jesucristo.

San Atanasio lo expresó de modo admirable: «Dios se hizo hombre para que el hombre pudiera hacerse Dios».

Los cristianos, hombres consagrados, renacidos, sellados por el Espíritu, revestidos de Cristo, adoptados por Dios; los cristianos, en la pila bautismal, misteriosamente sabemos del Cielo que se rasga, de lo eterno que se inicia, de la superación definitiva de la nada y de la muerte biológica, y de la comunicación de la Gracia divina, y de la unión por las virtudes divinas con el Dios vivo y verdadero.

Por eso, también para nosotros son las palabras del Padre. Para cada uno, porque el amor de Dios lo hizo posible. Cada uno de los renacidos en el bautismo ha de escuchar: «Éste es mi hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección».

Esa predilección, ese amor incondicional, ha de borrar temores en nosotros. Nos ha de animar. Nos debe mover a imitar a Cristo. A adorarlo. A bendecir sin cansarnos. A entregarnos como él. A servirlo. A amar en su Nombre. A amarlo sobre todas las cosas.

Ser predilecto de la Luz… Podemos sumergirnos en el “mar de cristal” y reflejar los infinitos fulgores de la divina Gracia. Espejar a Dios. Amén.

Padre Gustavo Seivane

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