Desde lo hondo grito a ti

El hombre de oración acoge el grito de los hombres torturados, de los que tienen hambre y frío, de los ancianos y los seres solitarios que no tienen ya fuerza para gritar. Es ciertamente la voz de los que no tienen voz, para liberar la queja de la creación entera, que gime con dolores de parto. Hace también brotar gritos de alegría, como el de la madre ante el recién nacido, el del que vuelve a encontrar al que ama, y el de la creación liberada. Gritos de dolor, gritos de alegría, todo esto sube, mezclado, hacia Dios.

El grito que el Señor acoge y escucha con ternura, es la queja silenciosa de la oración que hace subir hacia él el grito de los hombres. En el nombre del pueblo de Israel, el salmista ha gritado hacia el Señor, y el Señor ha renovado su alianza. Gritemos hacia Dios con fe, y él nos escuchará. Depongamos nuestro orgullo y nuestra suficiencia, y hagamos como niños que gritan hacia su Padre, sabiendo bien que les dará todo lo que es bueno para ellos.

Jean Lafrance, El poder de la oración, Cap. 4.

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