Oración San Agustín

Si la fe flaquea, la oración desaparece

La lectura del santo Evangelio nos impulsa a orar y a creer y a no presumir de nosotros, sino del Señor. (…) Si la fe flaquea, la oración desaparece. Pues ¿quién suplica algo en lo que no cree? Por esto, el bienaventurado Apóstol, exhortando a orar, dice: «Todo el que invoque el nombre del Señor, será salvo» (Rom 10,13). Y para mostrar que la fe es la fuente de la oración y que no puede fluir el río cuando se seca el manantial del agua, añadió: «¿Cómo van a invocar a aquel en quien no han creído?» (Rom 10,14). Creamos, pues, para poder orar. Y para que no decaiga la fe mediante la cual oramos, oremos. De la fe fluye la oración; y la oración que fluye obtiene firmeza para la misma fe. De la fe —repito— fluye la oración; y la oración que fluye obtiene firmeza para la misma fe.

Precisamente para que la fe no decayera en medio de las tentaciones, dijo el Señor: «Vigilad y orad para no caer en tentación» (Lc 22,46). Vigilad —dice— y orad para no caer en tentación. ¿Qué es caer en tentación sino salirse de la fe? En tanto avanza la tentación en cuanto decae la fe y en tanto decae la tentación en cuanto avanza la fe. Mas para que Vuestra Caridad vea más claramente que el Señor dijo: «Vigilad y orad para no caer en tentación», refiriéndose a la fe, con vistas a que no decayese ni desapareciese, dice el Señor en el mismo pasaje del Evangelio: «Esta noche ha pedido Satanás cribaros como trigo; yo he rogado por ti, Pedro, para que tu fe no decaiga» (Lc 22,31s). ¿Ruega quien defiende, y no ruega quien se halla en peligro? Las palabras del Señor: ¿Creéis que cuando venga el Hijo del hombre encontrará fe en la tierra? se refieren a la fe perfecta. Esta apenas se encuentra en la tierra. Ved que la Iglesia de Dios está llena de gente; si no existiese fe ninguna, ¿quién se acercaría a ella? ¿Quién no trasladaría los montes si la fe fuese plena? (…)

Vengan, pues, los niños; vengan; oígase al Señor: «Dejad que los niños se acerquen a mí» (Lc 18,16). Vengan los niños, vengan los enfermos al médico; vengan los perdidos al redentor; vengan, nadie se lo prohíba. En la rama aún no cometieron nada malo, pero en la raíz perecieron. «Bendiga el Señor a los pequeños junto con los grandes» (Cf Sal 113,13); toque el Señor a pequeños y a grandes. Confió a los mayores la causa de los niños. Hablad en favor de los que callan, orad por los que lloran.

Si no sois mayores inútiles, sed protectores; proteged a los que todavía no pueden defender su causa. La perdición fue común, sea común el lugar de encuentro; juntos habíamos perecido, encontrémonos juntos en Cristo. El mérito es dispar, pero la gracia es común. Ningún mal poseen sino el que trajeron de la fuente; ningún mal tienen sino el que trajeron de origen. No le impidan la salvación quienes, a lo que trajeron, aún añadieron mucho personal. Quien es mayor de edad lo es también en maldad (Cf Dn 13,52). Pero la gracia de Dios borra lo que has traído; borra también lo que tú has añadido. Pues «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rm 5,20).

San Agustín, Sermón 115

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